La noticia del fallecimiento de Ernesto Caballero Castillo se ha recibido como un mazazo entre la izquierda cordobesa. Ernesto Caballero(Villanueva de Córdoba, 1935 – Córdoba, 2026) fue secretario provincial del PCE muchos años, miembro del Comité Regional y del Central, diputado regional de Sevilla y en el Congreso de Madrid, entre otros cargos, todo ello llevado con dedicación y sencillez, luchador y afable, con una durísima infancia de posguerra, por su lucha personal y por ser hijo de quien era, Julián Caballero Vacas, ex alcalde del Frente Popular en Villanueva, y luego máximo líder de la guerrilla antifranquista en Sierra Morena (3ª Agrupación Guerrillera, Córdoba), exterminado con su Estado Mayor en 1947 (11-junio, Umbría de la Huesa, Villaviciosa, Córdoba).
Ernesto Caballero está vinculado a toda una saga de dirigentes campesinos, que allá por 1921 participaron en la fundación del PCE en Villanueva de Córdoba: Julián (su padre), Bartolomé (caído también en la guerrilla en 1946) y Miguel (encarcelado, exiliado y miembro luego del Comité Central). Los Caballero sufrieron cárceles y dificultades ya durante la República, en huelgas y protestas, hasta que en marzo de 1936, Julián accedió a la alcaldía por el Frente Popular. El golpe militar trastocó la vida de todos. Después de la guerra, Julián, Bartolomé y otros huyeron al monte, hasta que en el otoño de 1945, “Mario de Rosa” o “Ángel”, enviado por el PCE a la sierra de Córdoba nombró a Julián Caballero jefe militar de la 3ª Agrupación Guerrillera, la de Córdoba. Situados en las sierras de Villaviciosa a finales de 1946, cayeron acribillados, Julián y su grupo, en junio de 1947.
En ese tiempo, según cuenta su hijo Ernesto, el padre nunca se presentó ante sus hijos, pero sí ante su mujer, Dolores Castillo. Y se ponían de acuerdo con ella para ir a caminar con los hijos, mientras Julián los observaba escondido. Ernesto sólo pudo ver a su padre ya muerto, en 1947, en el cementerio de Villanueva.

Ernesto, con 6 años en la posguerra, pasó por todas las penurias entonces imaginables, junto con su madre Dolores Castillo, y sus hermanos, algunos de los cuales fueron repartidos por su madre en algunos cortijos a cambio de sustento. Ernesto vino a caer en el cortijo “La Alameda” o “Alcarria”, de Francisco Muñoz “El Cardito”, que lo acogió con toda solidaridad, en torno a 1948, cuando el terror de la ley de fugas del franquismo. Luego, la familia emigró a Córdoba capital, al Barrio del Naranjo, donde ha fallecido (26-10-2026).
Ernesto nació marcado por la trayectoria política de su padre, se convirtió en activista del PCE, al que se adhirió en 1957. Desde entonces sufrió gran cantidad de peripecias, perseguido por la policía franquista. Cambiaba de lugares de residencia, de provincias e incluso salió algún tiempo a Francia. Pero a finales de la década de 1960 fue detenido en Barcelona y sufrió tres años de cárcel. Todavía en 1972 hubo de soportar año y medio de cárcel más. Hasta que llegó esta deseada democracia y se multiplicó en diversos cargos y responsabilidades, ya mencionados. Hablar de Ernesto Caballero es hablar de la historia del PCE de Córdoba, tanto clandestino como legal. Y todo ello lo llevaba a cabo como si no hiciera nada importante, sencillo, afable, conversador, de ademanes tranquilos, sin exaltaciones, machadiano, digamos.
Conozco a Ernesto desde los años de la Transición, que ha participado en varias presentaciones de mis libros, que hemos compartido tribuna en bastantes mítines y que fue mi “padrino” político, al que debí el ser concejal en mi pueblo en 1983 y diputado en el Congreso en 1988. Siempre nos hemos profesado sincero afecto. Hemos coincidido en todo tipo de actos en Córdoba, Madrid, Villanueva, Hinojosa, Almodóvar, Castro del Río, etc., etc. Una vez, en una de mis charlas, alguien a su lado le murmuró: “Paco Moreno siempre dice lo mismo”. Y Ernesto le contestó: “Pero es el único que lo dice”. Siempre de pelea con la memoria histórica.
Recordaré que Ernesto escribió sus libros de memorias: “Vivir con memoria” y “La democracia inconclusa”. Hoy diríamos “la democracia despellejada”. Nos ha dejado Ernesto en el peor momento, huérfanos de referentes, apedreados por el neofascismo y señalados por la Neo-Inquisición. Él ya no sufrirá. Ya sufrió y luchó bastante. A nosotros nos queda lo peor. Por todo ello, permítasenos esta exclamación elegíaca: “¡Ay, amigo y paisano Ernesto, ‘aprendimos a quererte’, como diría Carlos Puebla, viviremos de tu ejemplo, seguiremos tu honradez y firmeza, y ojalá heredemos un poquito de tu dignidad”.







