Néstor Prieto, periodista especializado en política internacional, impulsor del portal de análisis Descifrando la guerra, colaborador de numerosos medios como Público, elDiario.es, France 24, La Sexta y Mundo Obrero, y corresponsal de la Global Sumud Flotilla, acaba de publicar su primer libro en solitario. Lo ha titulado Imperio Herido. Trump y la transición a un nuevo orden internacional. Parte de la premisa de que el viejo orden muere ante nosotros y el nuevo orden ya está en camino, y para afrontar la incertidumbre de cómo puede ser ese nuevo mundo nos da herramientas para entender mejor el contexto en el que nos movemos.
Uno de los puntos de los que parte es que el imperio está herido. Sí, pero “cuando un imperio está herido, no sucumbe, ataca”. Por eso estamos en el momento en el que Estados Unidos intensifica y naturaliza la violencia y el poder del más fuerte y en el que el imperio dinamita lo que le molesta en su camino hacia una máxima desregulación internacional en la que no tener que rendir cuentas ante nadie de sus actos.

IMPERIO HERIDO. TRUMP Y LA TRANSICIÓN A UN NUEVO ORDEN INTERNACIONAL
Néstor Prieto Amador
Now Books, 2026
Para situarnos, Néstor Prieto nos explica que Trump no es la causa de la crisis, sino su consecuencia más elocuente. De igual modo que la política exterior de Trump no constituye una aberración en la historia, sino su intensificación. De la misma forma que Estados Unidos no es una democracia que ocasionalmente se excede, sino un imperio que por su propia naturaleza domina y somete, si es posible, a través de la persuasión económica, política y cultural, y no si no es posible, a través de la fuerza bruta. Y esa línea nos lleva a comprender que la Estrategia de Seguridad Nacional no es una anomalía sino la expresión más descarnada de una lógica imperial que recorre toda la historia de Estados Unidos y que cuando ha llegado el momento en el que siente el declive “relativo” de su hegemonía en el planeta, el imperio se quita el guante de seda que cubría el que siempre ha sido un temido puño de hierro. Darth Vader se quita la máscara y muestra su verdadero rostro.
Para entender bien el contexto en el que estamos, y conocer mejor a nuestro objeto de estudio, Néstor nos lleva a los orígenes de Estados Unidos y a cómo aquellas 13 colonias de la costa atlántica, que se independizaron del imperio británico, fueron ocupando, comprando, invadiendo, masacrando y repoblando todo lo que se les puso por medio hasta llegar a la costa oeste. Consiguieron unas fronteras naturales perfectas: flanqueados por dos océanos a sus costados, Canadá, por el norte y México por el Sur. A partir de ahí se volcaron en la expansión extraterritorial. Y ahí siguen, hasta hoy. Cambian las formas pero no el fondo. Ahora los imperios no necesitan invadir territorios sino someterlos y dominarlos. Así construyeron las herramientas para dominar desde tres frentes: el militar, con más de 800 bases repartidas por todo el mundo; el económico, con el dominio del dólar y con instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial; y el cultural, creando desde Hollywood y desde Silicom Valley imaginarios que naturalizan el liderazgo estadounidense. Un imperio de manual que no quiere llamarse imperio.
GEMA DELGADO: ¿Cuál es la base ideológica sobre la que se levantó y se sostiene hoy el imperio estadounidense?
NESTOR PRIETO: Estados Unidos tiene la semilla imperial desde su origen mismo, con una raíz ideológica, donde la religión y el liberalismo se repartieron el trabajo de justificar la expansión, y otra territorial que no ha dejado de crecer. Los primeros colonos del territorio, británicos movidos por una versión integrista del protestantismo, llegaron al actual EE.UU. convencidos de estar cumpliendo un designio divino y de que ir a Norteamérica era un negocio inmejorable. Aquellas élites, que llevaban el imperialismo en el ADN, acabaron sacudiéndose el imperio británico para controlar plenamente su economía. La independencia de las trece colonias fue una revolución de las élites.
Y en cuanto fueron independientes se lanzaron a la expansión. La génesis de EE.UU. son trece colonias, una franja pegada al Atlántico que por conquista, por compra y con el exterminio de los pueblos indígenas de por medio termina convirtiéndose en el tercer país más grande del mundo; pasan de ser dos veces el tamaño de España a ser casi veinte. En ese proceso cristaliza el Destino Manifiesto, la idea de que expandirse no era conquistar sino cumplir un derecho, un deber y un destino. Completado el continente llegaron Alaska, Hawái, Puerto Rico, Guam, una docena larga de territorios administrados en distintas partes del mundo y las ochocientas bases militares.
Es un imperio que se niega a sí mismo porque llamarse imperio ya no resulta elegante, pero sigue marcado por el evangelismo y el capitalismo. Mientras le bastó con Hollywood, el sueño americano y la persuasión, tiró de ese poder blando; cuando dejó de bastarle volvió a la coacción, que es el extremo al que ha regresado Trump y que estaba en el origen del país.
G.D.: El expansionismo del Gran Israel tiene elementos en común con el expansionismo estadounidense. ¿Cuáles son y cómo actúan?
N.P.: Hay un parentesco que no es metáfora. La teología que legitimó la expansión estadounidense se construyó sobre una relectura del pacto bíblico. Los colonos de Nueva Inglaterra se pensaron como el nuevo Israel y a América como su Tierra Prometida, y la consecuencia era explícita. Si uno es el pueblo elegido y la tierra le está destinada, quienes ya la habitan no son propietarios sino un obstáculo providencial. El exterminio de los pueblos originarios primero y la esclavitud negra después muestran hasta qué punto aquella élite concebía la expansión como empresa reservada a hombres blancos y puros.
Los mecanismos coinciden. Una frontera que se desplaza y se llama seguridad, una población nativa reducida a estorbo y un relato de excepción que exime de rendir cuentas. Cambia la fase histórica, no la lógica. Y hoy funciona en ambas direcciones, porque Gaza ha sido y es laboratorio, con violencia masiva para reordenar una región entera, inteligencia artificial aplicada a la selección de objetivos y desprecio absoluto a los tribunales internacionales.
G.D.: Sostienes que la alternancia entre demócratas y republicanos altera las formas, pero no el consenso. Parece un callejón sin salida.
N.P.: El imperialismo no es una política exterior que un presidente adopte o abandone, es el marco desde el que el Estado interpreta el mundo. Truman crea la OTAN; Eisenhower patrocina los golpes de Irán y Guatemala; Kennedy, Bahía de Cochinos; Johnson, Vietnam; Nixon, Chile; Reagan, la contra; Clinton bombardea Serbia sin autorización de la ONU; Bush invade Iraq; Obama bombardea Libia e impone las primeras sanciones a Venezuela. Cambian el instrumento y el vocabulario: invasión o intervención humanitaria, sanciones o presión internacional coordinada. Lo que no cambia es el derecho que se arrogan a intervenir.
Ahora bien, el callejón no está cerrado por decreto. Esa continuidad solo es posible gracias a un andamiaje material que ningún partido ha cuestionado porque a ninguno le conviene, el de las ochocientas bases, el dólar, el FMI y la industria cultural. Lo que erosiona esa arquitectura no es un relevo en la Casa Blanca, sino el desgaste de las condiciones que la hicieron posible. Y eso ya está ocurriendo, aunque no por voluntad de nadie en Washington.
«La base social que se rebela contra Trump no lo hace contra el imperio, cuya existencia ni percibe en esos términos, sino contra el establishment bipartidista que lo administra»
G.D.: También planteas que las resistencias internas en Estados Unidos no tienen vocación antiimperialista.
N.P.: No es que falten antiimperialistas, es que todo está dispuesto para que nunca lleguen a alterar la trayectoria del poder interno del país. La oposición realmente existente al establishment demócrata es, eminentemente, socialdemócrata. Las organizaciones netamente antiimperialistas tienen un desarrollo lastrado por una estructura política y constitucional que concentra la representación en dos partidos y encarece cualquier candidatura hasta hacerla inviable. Lo que ese andamiaje no bloquea lo bloquea la criminalización de la caza de brujas anticomunista del siglo pasado a la declaración de ANTIFA como organización terrorista en nuestros días, y todo ello en una sociedad culturalmente bombardeada. El imperio que seduce fuera de sus fronteras persuade todavía mejor dentro.
Resulta revelador que la base social que se rebela con Trump no lo haga contra el imperio, cuya existencia ni percibe en esos términos, sino contra el establishment bipartidista que lo administraba.
«Estados Unidos conserva ventajas militares, tecnológicas, financieras y geográficas que ningún rival iguala, y a la vez ha perdido su hegemonía. No asistimos al final del imperio, sino a su reconfiguración bajo presión»
¿Es una herida de muerte? El fin del imperio lleva profetizándose décadas. Hay teorías que hablan de la sobreextensión imperial, el desajuste entre los compromisos globales y la base económica que debe sostenerlos, y esa tesis tiene sentido hoy. Pero conviene no confundir erosión con colapso. Estados Unidos conserva ventajas militares, tecnológicas, financieras y geográficas que ningún rival iguala, y a la vez ha perdido la hegemonía incontestada que ejerció entre 1991 y 2008. No asistimos al final del imperio, sino a su reconfiguración bajo presión.
«Los BRICS no dibujan un horizonte de gobernanza alternativo. No cuestionan el capitalismo, sino la posición dominante que Estados Unidos ocupa. No proponen otro modelo sino un mejor lugar dentro del mismo»
G.D.: En el libro rebajas las esperanzas depositadas en los BRICS y en China. ¿En qué situación están?
N.P.: Los BRICS expresan algo real, porque el orden internacional está cambiando y la transición avanza de forma caótica y sin brújula ideológica. Pero estas coaliciones y alianzas nacientes, entre ellas los BRICS, no dibujan, al menos por ahora, un horizonte de gobernanza alternativo. No cuestionan el capitalismo, sino la posición dominante que Estados Unidos ocupa dentro de él. No hay compromisos de seguridad mutua ni mecanismos vinculantes, y los intereses divergen. India mantiene disputas fronterizas con China y pertenece a la vez a alianzas militares impulsadas por Washington. Miembros como Brasil u observadores como Bolivia han demostrado que basta un cambio de signo político para enfriar la agenda hasta dejarla reducida a lo comercial. La ampliación de 2024 incorporó al mismo tiempo a Irán y a Emiratos, rivales regionales declarados. Y cuando Washington atacó a socios del bloque como Venezuela, Cuba o Irán, la respuesta colectiva no pasó del comunicado. Autores del Sur Global como Samir Amin o Patrick Bond lo formularon antes que nadie. Los BRICS no proponen otro modelo sino un mejor lugar dentro del mismo.
China es otra cosa. Es una potencia en crecimiento sostenido que se piensa a sí misma en plazos largos y que ha ordenado su diplomacia en torno a lo que considera vital, el mar del Sur de China y Taiwán. Que no proyecte fuerza en el Caribe no es tanto un fracaso como una elección. Pekín avanza además en el terreno que va a decidir el siglo, y la irrupción de DeepSeek demostró que la brecha tecnológica no es insalvable. Su horizonte no se mide en ciclos electorales de cuatro años.
G.D.: ¿Qué papel tiene la Unión Europea en el orden que se está fraguando?
N.P.: La Unión Europea es un actor subordinado y reactivo, que llega tarde a la transición internacional y actúa a destiempo en un mundo que no termina de entender porque ya no se rige por sus patrones. Washington no la concibe como un socio con el que negociar de igual a igual, sino como un actor que debe cumplir un papel al servicio de sus intereses y desde la asimetría. Le exige el 5% del PIB en defensa, le impone aranceles unilaterales invocando su propia seguridad nacional, negocia a sus espaldas el conflicto de Ucrania y llega a proponer por escrito, en la Estrategia de Seguridad Nacional, «cultivar la resistencia» dentro de las naciones europeas, un respaldo explícito a la extrema derecha del continente. El imperio ya no solo somete a sus rivales, remodela a sus aliados a su imagen.
Siendo justos, el margen europeo está condicionado por décadas de dependencia estructural, económica, militar y energética, sin ejército propio y con la OTAN como único paraguas creíble. Pero la autonomía estratégica se ha revelado como lo que siempre fue, un eslogan para documentos oficiales. En mi opinión no peligra la existencia de la Unión a medio plazo. Sí su capacidad de ser un actor con proyección propia tal y como proclaman en Bruselas.
G.D.: La inteligencia artificial ya se emplea en las guerras de quinta generación. ¿Cómo se está aplicando y cómo reconfigura la relación de fuerzas?
N.P.: El caso mejor documentado es el de israelí. En Gaza se emplearon sistemas capaces de generar un centenar de objetivos diarios, allí donde veinte analistas humanos habrían tardado meses, y de asignar a cada residente una puntuación según la probabilidad estimada de pertenecer a un grupo armado. El tiempo medio de revisión humana por ese objetivo diseñado por la IA fue de veinte segundos, lo justo para confirmar que el señalado era varón y encajaba con el perfil que había generado la propia máquina. Lo más grave es que esa cifra no es un punto de llegada, es una estación intermedia.
Lo decisivo es una dinámica que nadie ha decidido y que todos aceptan. Cada generación de sistemas tecnológicos comprime el ciclo que va de detectar a ejecutar, y quien mantenga a un humano verificando cada decisión operará con una latencia que su adversario no tiene. La presión competitiva empuja hacia la automatización total no por convicción ideológica, sino por supervivencia. El ser humano pasa de decidir a supervisar, de supervisar a ratificar, y de ratificar a ser notificado.
Quien domine la cadena completa —captación, procesamiento y decisión— tendrá una ventaja difícilmente compensable con medios convencionales, y ahí Estados Unidos lleva la delantera. La bomba atómica tenía propietario identificable y cadena de mando; un algoritmo que selecciona objetivos puede operar en la opacidad total. En la guerra que viene, si viene, puede que no haya trece días para negociar.
«Los señores de Silicon Valley necesitan un Estado que no regule y Trump una infraestructura tecnológica que le permita controlar la opinión pública y dominar en el terreno militar. La convergencia es estructural, no puntual»
G.D.: ¿En qué medida la alianza entre los magnates de Silicon Valley, propietarios de las plataformas digitales y Donald Trump está reconfigurarán el poder y redefiniendo la democracia?
N.P.: Los señores de Silicon Valley necesitan un Estado que no regule y Trump necesita una infraestructura tecnológica que le permita controlar la opinión pública y dominar en el terreno militar. La convergencia es estructural, no puntual, y produce algo que no encaja en las categorías clásicas. El modelo de ese gran capital occidental reaccionario, fundamentalmente estadounidense, es un poder que combina la violencia estatal con la capacidad de modelar la realidad informativa a escala planetaria.
Hay autores que hablan de tecnofeudalismo. Quien controla la plataforma extrae renta de todo lo que circula por ella, igual que el señor feudal con la tierra. Solo que estos señores ya no se conforman con la renta, aspiran al poder político directo.
«El modelo del gran capital occidental reaccionario, fundamentalmente estadounidense, es un poder que combina la violencia estatal con la capacidad de modelar la realidad informativa a escala planetaria»
Un episodio lo resume muy bien. Cuando Anthropic se negó a permitir un uso sin restricciones de sus sistemas, la Casa Blanca rompió el contrato y recurrió a Musk, y semanas después esa tecnología se empleaba en la planificación del bombardeo sobre Irán. No hablamos ya solo de empresarios que financian campañas, como los magnates del siglo XX, sino de actores que poseen a la vez la infraestructura comunicativa, la capacidad de procesar datos y el acceso al aparato militar del Estado.
G.D.: En esta transición, ¿qué se vislumbra al final del túnel? ¿Otro mundo mejor es posible?
N.P.: No lo sé, y desconfío de quien lo afirme sin dudas. El nuevo orden no está decidido y su configuración depende de lo que ocurra en estos años. Lo único que puede afirmarse con certeza es que la transición está siendo más violenta.
Me aferro a la idea de que esa violencia agudizará las contradicciones del capitalismo en su fase imperialista. Guerra y muerte pagadas por los sectores populares, tensión creciente entre capital y trabajo, un cambio climático insaciable. De esa acumulación puede surgir una reacción popular, y la imagino antes en las periferias de Asia, África y América Latina que en Europa o Estados Unidos. Entonces sí cabría ver un horizonte mejor al final del túnel. No sé cuánto durará. Sé que cruzarlo será duro y violento.







