Pocas, pero algunas narraciones hay donde la huelga, el nosotros, la nación obrera de la que hablaba Marx toma la palabra, es decir, se hace oír: y nada mejor para hacerse oír que el dejar de hacer lo que el Capital nos manda. La huelga como ese punto donde el “sujeto” trabajador se desata, desujeta, incluso de ese sueldo que nos amarra.
En cierto modo puede entenderse que la narrativa está conformada por todo el patrimonio de historias, sucesos, aconteceres, fantasías, testimonios, relatos, palabras en definitiva, a través de las cuales, hombres y mujeres, a lo largo de los tiempos han dejado memoria oral o escrita de sus miedos y deseos, de sus esperanzas y fracasos, de sus derrotas y logros, empeños y olvidos, mitos y angustias. La narrativa, entendida como el lugar donde habita el acontecer memorable, el que merece permanecer, devenir herencia, memoria y aviso. La narrativa, la novela, el cuento, el testimonio o reportaje como ese fluir de una historia en la que alguien, un narrador personal o impersonal, fiable, poco o nada fiable, pero siempre interesado en despertar y mantener la atención de su público cuenta, como diría Gyorgy Lukacs, el conflicto de un yo contra la realidad que lo rodea, construye o destruye, reconforta o inquieta. Hablo de un yo, pero también podríamos —pero menos— hablar de unos yo, un vosotros o un nosotros como sujetos protagonistas de esas historias. Pero menos, he dicho, porque en verdad y si miramos por ejemplo hacia la historia literaria, las novelas casi siempre hablan de los conflictos de un yo burgués, en disputa contra los intereses de otros yos semejantes. ¿Cuántas novelas nos vienen a la cabeza si pensamos en protagonistas que pertenezcan a la clase obrera? ¿Alguien ha leído alguna novela donde el héroe sea un carpintero? ¿Cuántas, sin embargo, en la que la escena la disfrute y monopolice un escritor, una escritora, un abogado, una especialista en informática o la hija o el hijo de un profesional bien instalado? La clase obrera, diríamos, parodiando aquella película del neorrealismo italiano, no va al paraíso. Pocas novelas donde sepamos el sueldo, el patrimonio y las plusvalías de uno de esos que solo tiene un sueldo por delante siempre a expensas de que alguien le permita “ganarse la vida” dándole trabajo. El trabajo, eso que nos constituye en seres en relación con la naturaleza, como algo que alguien te concede o deniega.
Sucede sin embargo que algunas veces esa condición de opresión real y continua, que el capital tiene a bien ofrecernos, nos muestra su verdadera cara: inestabilidad en el empleo, dificultad de subsistencia, precariedad, angustia inmobiliaria, paro, inflación, imposibilidad de imaginar horizontes favorables, la existencia de un tiempo que vaya más allá del huraño presente. Entonces, o una o uno se amarga solitaria y resignadamente o entra “en estado de conversación” con sus iguales. Eso que antes se llamaba política y hoy es un estar hasta las narices de que las empresas estén obteniendo fantásticos beneficios, que las febles cuentas de ahorro para los trabajadores solo significan robos en el pago de las cuentas corrientes. Entonces la realidad se hace conversación, indignación, manifestación y huelga. Huelga General por ejemplo.
Y sí, pocas, pero algunas narraciones hay donde la huelga, el nosotros, la nación obrera de la que hablaba Marx toma la palabra, es decir, se hace oír: y nada mejor para hacerse oír que el dejar de hacer lo que el capital nos manda. La huelga como ese punto donde el “sujeto” trabajador se desata, desujeta, incluso de ese sueldo que nos amarra.
De esas narraciones, pocas, donde la huelga es protagonista, queremos hoy dar cuenta. Cuenta, balance y razón. Si una mira hacia atrás, con ira, por supuesto, haría mal en ver solo la larga historia de una derrota. Nuestra historia, huelga decirlo, está en marcha y eso es lo que esas historias nos cuentan. Vayan ocho breves ejemplos de esto:
Non Serviam. Ni Dios, ni amo
No os asustéis, la obra original, —El paraíso perdido de John Milton— donde se cuenta esta historia, no es de fácil lectura aunque sí recomendable. Pero esta edición en formato cómic de Norma Editorial ilustrada por Pablo Auladell, se hace muy accesible. He decidido remontarme a los tiempos de antes del tiempo porque la historia de la rebelión de Satanás es, en verdad, La huelga de los Ángeles Caídos. Y, como todas, esa primera huelga tiene su origen y causa en el descontento frente a una injusticia. En este caso es el fuerte sentimiento de rechazo de una buena cantidad de ángeles y arcángeles cuando el amo, el tal dios, comete un acto de nepotismo y nombra al Hijo como único heredero: “Lo he proclamado jefe vuestro y he jurado por mí mismo que en el cielo todas las rodillas se doblarían ante él y lo reconocerían como su Señor”.
El sentimiento de injusticia tiene aquí su Iskra o primera llama en la figura de Satán (llamado así ahora porque su primer nombre no se pronuncia ya en el cielo). Este era, si no el primero de los arcángeles, al menos sí grande en preeminencia, y devorado por el rencor no pudo soportar aquel espectáculo”. Sera Satán quien introduzca desde fuera en sus compañeros la conciencia sobre la arbitrariedad y el atropello del amo y, al grito de Non serviam, propone a sus colegas el cese de sus angelicales funciones. Y sí, será Dios y los Ángeles cómplices quienes acabarán arrojando a los huelguistas al infierno. Quizá desde allí ellos también nos digan, como Sartre, que el verdadero infierno son los Otros: el capital y sus rentistas y empresarios.
Lisistrata de Aristófanes
Pero la huelga de los ángeles no es ni mucho menos la única huelga premarxista, ni la única que no tiene como eje el estricto mundo del trabajo. Así, por ejemplo, según se nos cuenta, en la antigua Grecia, Lisistrata convocó a una huelga sexual contra los hombres para poner fin a la guerra civil que vivían los atenienses, convirtiéndose sin duda en la primera huelga feminista. En la obra la protagonista proponía un juramento de las mujeres frente a sus hombres:
Lisistrata: todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Cleónica: No tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante.
Lisístrata: Aunque venga a mí en condiciones lamentables.
Cleónica: Aunque venga a mí en condiciones lamentables (¡Oh, Lisístrata, esto me está matando!).
Lisístrata: Permaneceré intocable en mi casa.
Cleónica: Permaneceré intocable en mi casa.
Lisístrata: Con mi más sutil seda azafranada.
Cleónica: Con mi más sutil seda azafranada.
Lisístrata: Y haré que me desee.
Cleónica: Y haré que me desee.
Lisístrata: No me entregaré.
Cleónica: No me entregaré.
Lisístrata: Y si él me obliga.
Cleónica: Y si él me obliga.
Lisístrata: Seré tan fría como el hielo y no le moveré.
Cleónica: Seré tan fría como el hielo y no le moveré […]
Lisístrata: ¿Todas han jurado?
Mirrina: Todas.
Peterloo
El 16 de agosto de 1819, una multitud pacífica de unos 60.000 trabajadores y manifestantes se reunió en St. Peter’s Field, Manchester, para exigir reformas parlamentarias, la extensión del voto y la abolición de las Leyes del Maíz (que encarecían drásticamente el pan). La caballería real cargó contra la pacífica multitud. Hubo 18 muertos y decenas de malheridos. Se conoce el episodio con el nombre de «Peterloo» a modo de ironía sobre la famosa batalla de Waterloo.
El poeta romántico, Shelley, gran amigo de Lord Byron, indignado, escribió el poema,The Masque of Anarchy, con un lenguaje cargado de condena y oprobio, denunciando la masacre y pidiendo a los trabajadores que lucharan contra la tiranía . Sus últimos cuatro versos son parte insoslayable de lo que bien podemos llamar la mejor literatura revolucionaria:
Levantaos como leones tras el letargo
En número invencible
Sacudid vuestras cadenas a la tierra como el rocío
Que en el sueño había caído sobre vosotros
¡Vosotros sois muchos; ellos son pocos!
El poeta escribiría también otro poema, el Canto de los hombres de Inglaterra, del que reproducimos dos estrofas:
La semilla que sembráis, otro la cosecha;
la riqueza que encontráis, otro la guarda;
los ropajes que tejéis, otro los viste;
las armas que forjáis, otro las porta.
Sembrad la semilla, pero que ningún tirano la coseche;
encontrad la riqueza, pero que ningún impostor la acumule;
tejed ropajes, pero que los ociosos no los vistan;
forjad armas, para portarlas en vuestra defensa
El 1 de Mayo y la Fiesta del trabajo
Quizás los hechos que más huella han dejado en nuestro calendario y memoria laboral tuvieron lugar en el Chicago de 1886, cuando los trabajadores, convocados bajo el lema de «8 horas de trabajo, 8 horas de descanso y 8 horas de ocio», provocan la llamada revuelta de Haymarket donde estalló una bomba que causó víctimas mortales. La policía acusará y detendrá a varios líderes sindicales, cinco de los cuales —los mártires de Chicago— fueron condenados a la horca tras un juicio muy cuestionado que, pocos años más tarde de la ejecución, sería reconocido como fraude e indultando “post mortem” a los ejecutados.
Corresponsal en EE.UU. de La Nación de Buenos Aires, el escritor cubano José Martí, desde el exilio, escribió esta crónica al pie del patíbulo, de la que reproducimos un dramático fragmento.
“Les echan sobre la cabeza, como el apagavelas sobre las bujías, las cuatro caperuzas. Y resuena la voz de Spies con un acento que a los que le oyen les entra en las carnes; “La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora”. Y Fischer dice, mientras el vigilante atiende a Engel: “Este es el momento más feliz de mi vida”.
“¡Hurra por la anarquía!”, exclama Engel, que había estado moviendo bajo el sudario las manos amarradas hacia el alcaide. “Hombres y mujeres de mi querida América…”, empieza a decir Parsons… Una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen a la vez en el aire, dando vueltas y chocando.
La horda como clase social
El escritor valenciano Blasco Ibañez es hoy, a pesar del éxito que tuvo en su momento la serie de televisión Cañas y barro, uno de los grandes escritores olvidados de la generación del 98. Lo curioso es que antes de convertirse en el millonario de la Malvarosa por el éxito comercial de sus novelas más cursis y grandilocuentes, escribió, con instinto y rencor algunas de esas pocas novelas españolas donde el proletariado cumple papel protagonista. La horda (Ed. Barataria 2013) tiene como centro los primeros vaivenes del proletariado madrileño. Tiene como personaje central a un intelectual desclasado que acaba conviviendo con el golferío marginal y el proletariado madrileño.
“Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa, junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón”.
La novela desemboca en la huelga que se convoca como protesta por la muerte/asesinado que los guardas cometen contra dos pobres rateros de poca monta. Su entierro dará lugar al motín, la huelga y al enfrentamiento con las fuerzas armadas, a las que describen, como pueden leer, con profundo conocimiento de causa: “sin dejar de hacer frente al formidable empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso”. Novela muy singular, sin duda muy próxima a la narrativa del Baroja más radical.
Las mujeres y el comienzo de la Revolución Soviética
El 8 de marzo de 1917 (27 de febrero según el calendario juliano que regía en Rusia en aquel momento) miles de obreras textiles de Petrogrado, reunidas en el barrio obrero de Viborg, se declararon en huelga espontánea por el Día Internacional de la Mujer, desobedeciendo incluso a los comités locales de los partidos de izquierda que aconsejaban no parar.
En Las obreras que voltearon al zar, la escritora y periodista argentina Olga Viglieca Strien reconstruye una de las partes menos conocidas de este proceso, cuya omisión de los libros de historia no es una mera casualidad. El libro publicado en Argentina por Indie Libros como parte de la colección #MiráCómoNosLeemos, (se encuentra también en webwww.Bajamos.com) da cuenta de cómo esa huelga es el verdadero punto de partida para la Revolución Bolchevique:
“Ese año hubo dos revoluciones, una en febrero y otra en octubre. Las mujeres no fueron la chispa de la revolución de febrero, sino sus organizadoras. Eso trata de demostrar este breve libro que cuenta que las mujeres tenían armas, que las distribuyeron, que organizaron el transporte, entre otros elementos primordiales de esa revolución. Ellas conducían los tranvías de San Petersburgo porque los hombres estaban en el frente, antes sólo los limpiaban.
El 8 de marzo de 1917, millares de obreras textiles de San Petersburgo se declararon en huelga general y abandonaron las fábricas del principal distrito fabril de esa ciudad, la barriada de Viborg. Marchaban juntas con las soldatki, las mujeres que tenían a sus maridos en el frente, con las que compartían interminables horas de cola buscando por toda la ciudad alimentos, leña, petróleo.
Muchas eran a la vez obreras y soldatki y constituían el sector social más revulsivo contra la autocracia zarista, que las había arrastrado a la guerra, aunque posiblemente la mayoría no lo tuviera claro ni los partidos de la izquierda tampoco les reconocieran ese poder. Pero sí sabían que estaban hartas de sus padecimientos, y horas después de celebrar el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, abandonaron sus herramientas, se votaron en huelga y tomaron las calles. La totalidad de los partidos, incluido el Bolchevique, habían desestimado por prematura una medida semejante”.
Sobre esos mismos hechos, el 5 de marzo de 1917, las hermanas Ulianov, Anna y Mariia, escribieron en Pravda:
“En el Día de la Mujer, el 23 de febrero, se declaró una huelga en la mayoría de las fábricas. Las mujeres estaban en un estado de ánimo muy militante, no sólo las trabajadoras, sino las masas de mujeres que hacían cola para comprar pan y queroseno. Celebraron asambleas políticas, tomaron las calles, se trasladaron a la Duma de la ciudad exigiendo pan y detuvieron los tranvías. “¡Camaradas, salgan!”, gritaban con entusiasmo. Fueron a las fábricas y talleres y convocaron a los trabajadores para que abandonaran el trabajo. El Día de la Mujer fue un éxito tremendo y dio un enorme impulso al espíritu revolucionario”.
El Gran Apagón. La Huelga General del 14 D de 1988
En Lo real ( DeBolsillo 2013) , quizás la novela más sólida y lúcida a la hora de contar esa espera decepcionada que los distintos gobiernos del PSOE han venido significando para las frustradas esperanzas que en ellos depositan las fuerzas “a la izquierda de la izquierda del PSOE”, la escritora Belén Gopegui da cuenta de manera casi palpable del momento clave y más significativo de aquella histórica, exitosa y referencial huelga contra las reformas laborales del gobierno socialdemócrata en diciembre de 1988. Valga la cita:
“Me contó entonces que Enrique del Olmo le había llamado a la una menos veinte de la mañana. Al parecer estaba exultante y quería compartir con Edmundo el primer éxito de la huelga, el sorprendente pistoletazo de salida. Lo habían logrado, habían cortado el telediario. Televisión Española había ido al negro durante unos segundos y después sólo había podido emitir imágenes grabadas de ciudades españolas. Enrique le llamaba rebosante de orgullo, le contó lo que yo misma había vivido en directo: cómo Torrespaña se había ido llenando de trabajadores; cómo, durante la asamblea transcurrida en el vestíbulo, surgió la idea de formar una gran cadena humana que, diez segundos antes de las doce de la noche, corease una cuenta atrás. De este modo, los compañeros del control escucharían las voces y sabrían que no estaban solos, y no recaería sobre ninguno la obligación de ser el primero en levantarse sino sobre el fin de la cuenta atrás. A las doce en punto de la noche, cuando la locutora del último telediario aseguraba que la programación del catorce de diciembre iba a ser normal, el operador de sonido bajó la regleta de la mesa de audio y el estudio quedó en silencio, el mezclador de cámaras dejó la pantalla en negro y los trabajadores del centro de emisión de Navacerrada sustituyeron la emisión por un código de barras que se mantuvo en varias zonas de la península. Justo cuando se pretendía ofrecer a los españoles una imagen de normalidad, todos los televisores de España se fueron al negro; ni siquiera el pobre recurso de los espacios grabados con el que se pretendía salvar la cara provisionalmente iba a llegar a todas las casas. Por fin el comité de huelga tenía poder suficiente para renegociar los servicios mínimos con la directora general”.
Las cigarreras contra las máquinas
Estamos, sin duda, ante la última, aunque no la única, narración española —recordemos La Tribuna de Emilia Pardo Bazán o el reciente reportaje en la revista Tiempo de cerezas dedicado a Rosa Fernández García y su lucha feminista en la Tabacalera de Gijón— que tiene como centro la fuerte contestación con que, en 1851, “las tabaqueras” de la fábrica de farias, puros y puritos de A Coruña, lucharon contra la “amenaza tecnológica” que suponía para su estabilidad laboral la llegada de maquinaria que abaratase el valor de su mano de obra. En Lar, (Alfaguara, 2026) Bibiana Candia narra con especial acierto según voces críticas más recientes (confieso que esta es una recomendación en plan “cita a ciegas” pues ni tiempo ha dado para poder leerla desde su edición) una historia de huelga y rebelión que habla con voz coral “desde la carne y la sangre de sus protagonistas: madres, hijas, viudas, ancianas y jóvenes capaces de enfrentarse a un ejército con tal de defender su sustento. El relato de veinticuatro horas de un hecho histórico que deja al descubierto una tragedia cotidiana”.
Ella misma la resume y comenta: «Una marea de mujeres no se mueve sola. La suya no es como la fuerza de los esclavos, que se alimenta del deseo de huir. Esta viene de otro lugar, de la raíz misma que las ata al suelo, como árboles, como un bosque, como las piedras. La furia de permanecer, de quedarse».







