Las llaves de casa

Necesitamos un lugar para vivir, un espacio íntimo al que volver después de una jornada de trabajo, una casa para hacer comunidad, con un colegio y un parque que los niños no tengan que cambiar obligatoriamente.

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Llaves. Vivienda | Fuente: Olmo Calvo
Fuente: Olmo Calvo

Cuando yo era una niña, las casas en mi pueblo tenían las puertas abiertas. Eran las mujeres las que se encargaban por la mañana de abrirlas, cuando el esposo se iba al trabajo; colgaban la llave en un lugar cerca de la puerta y, por la noche, cuando se acababan las tareas y se juntaba la familia alrededor de la mesa camilla, la madre cerraba la puerta hasta el día siguiente. En aquellos años, la mayoría de las mujeres trabajaban en la casa —en los cuidados y en algunas tareas que ayudaban en la economía doméstica— pero incluso cuando tenían que salir a algún recado o cuando iban a trabajar al campo, la casa se quedaba al cuidado de una vecina o de una abuela y no se cerraba con llave.

Hace años, vi un documental sobre vivienda en Estados Unidos, en el que una mujer migrante decía que tenía toda su vida encerrada en una habitación que compartía con una hija pequeña —personas cuyas condiciones de vida son del cuarto mundo, aunque geográficamente estén en el primero— e hizo un gesto con la llave que me llevó inconscientemente al pueblo de mi infancia pues, en ambos casos, la llave simbolizaba la casa. Como las llaves que levantaban manifestantes en las movilizaciones recientes por el derecho a la vivienda.

En las últimas décadas, han cambiado muchas cosas, pero la necesidad de tener una vivienda digna de tal nombre sigue intacta en jóvenes y mayores y, sin embargo, cada vez es más difícil acceder a ella. Los seres humanos somos sedentarios y necesitamos un lugar para vivir, un espacio íntimo al que volver después de una jornada de trabajo o de un viaje; una casa para hacer comunidad, para repetir las compras en el sitio acostumbrado y saludar a las vecinas, con un colegio y un parque que los niños no tengan que cambiar obligatoriamente; un lugar, en definitiva, del que salgamos por propia voluntad y no por la fuerza. Y algo que necesitamos debe ser un derecho y no estar sujeto a la oferta y la demanda del mercado que favorece a quienes más tienen: eso es lo que estamos reivindicando, lo que ha pedido Maricarmen hasta el último día de su vida, antes y después de arrebatarle las llaves de su casa; lo que exigen los jóvenes acampados en la Puerta del Sol, hartos de precios abusivos de alquiler; lo que exigimos en cada una de las manifestaciones que han tenido lugar desde el pasado dos de octubre y una reivindicación que llevaremos a la Huelga General del próximo 11 de noviembre, convocada por los sindicatos CC.OO. y UGT, después de que el Partido Popular, VOX y Junts rechazaran en el Congreso los decretos del Gobierno sobre la vivienda, aunque han sido aprobados de nuevo en el Consejo de Ministros. Una casa no es un lujo, ni un privilegio, sino un derecho reconocido en el artículo 47 de la Constitución Española, pero tenemos enfrente al dios neoliberal del mercado que todo lo convierte en mercancía y hace de la vivienda un bien de cambio sujeto a la especulación. Las mujeres sabemos que un lugar para convivir y compartir forma parte de la reivindicación histórica del pan y las rosas y, por todo eso, para exigir condiciones dignas de trabajo y para tener las llaves de una casa que, en propiedad o en alquiler, reúna las condiciones necesarias de habitabilidad y, en ningún caso, sea una carga insoportable por su precio, iremos a la Huelga el 11 de noviembre. Nos vemos, compañeras.

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