Caminando por el entorno de Vialia —un complejo intermodal y comercial diseñado por Thom Mayne para la nueva estación de ferrocarril de Vigo— encuentro hoy a Jorge, un amigo y compañero de muchos años de actividad ingenieril, con el que pese a vivir en el mismo barrio hacía meses no coincidía. Decidimos rápidamente que tal casualidad, bien merecía un rato de conversación distendida.
Después de interesarnos por nuestras familias respectivas y otros temas convencionales, llegamos, ¡cómo no!, a los profesionales. Menos mal que a los pocos minutos habíamos alcanzado el consenso de no intentar analizar una vez más toda la información del Gran Apagón, caída sobre nuestras limitadas inteligencias desde el nefasto 28 de abril, y que la práctica totalidad de lo leído no eran más que versiones parciales de la realidad, necesitadas de un proceso de síntesis que las integrara en una más compleja.
—¿Recuerdas la parábola del elefante? —le pregunté.
—No me suena. ¿Tiene algo que ver con lo que me contabas de la inercia de un elefante y las trescientas gacelas?
—Poco o nada. Me refiero a la parábola de origen indio que se ha utilizado frecuentemente para ilustrar las reflexiones sobre la verdad, el conocimiento analítico y la perspectiva holística.
—¡Ahora sí que me he perdido!
—Lo del grupo de científicos ciegos que se encuentran con un elefante, un animal que nunca antes habían visto…
—¡Ni a ningún otro si eran ciegos!
—¡Palpado, leches! ¡Qué contigo hay que andar con pies de plomo! Cada uno de ellos palpa una parte diferente y luego describe al animal basándose únicamente en lo que les ha tocado…
—¡Tocar! Tocado tocar.
—¡Palpar! Uno palpa la pierna y opina que el animal al que llaman elefante es como el tronco de una palmera. El segundo que le toca la cola…
—Que huele muy mal por allí atrás…
—…que es como una cuerda terminada en un cepillo. El de la trompa que es como una gran serpiente, como un abanico el de la oreja, como una lanza el del colmillo y como una pared el del costado.
—Sería bajito el elefante; en caso contrario, diría que es como un depósito de Estrella Galicia.
—¡Estamos graciositos hoy!
Lo dejé por imposible. Estaba claro que no era el momento de hablar de cosas serias por lo que nos dedicamos a comentar cosas de la política internacional y disfrutar del pincho de tortilla recién hecha con la que nos obsequiaron en el bar.
Llegado a casa me doy cuenta de que en mi discusión con Jorge me he cargado la parábola de los ciegos y el elefante con la que pretendía ilustrar la necesidad de compartir conocimientos entre las distintas disciplinas científicas, superando la percepción subjetiva e incompleta que conduce inexorablemente a conclusiones erróneas. Y llego rápidamente a la conclusión de que, imitando a muchos otros profetas que me precedieron, debo formular esta teoría en forma de cuento.
El Buda opina del Sistema Eléctrico de Potencia
En el bosque de Jeta, también conocido como Arboleda de Jeta o Jetavana, estaba un día cualquiera el Buda, meditando según era su costumbre, cuando llegaron hasta él muchos ingenieros de diferentes escuelas y tendencias políticas. Algunos sostenían que el sistema eléctrico de potencia puede asumir sin peligro cantidades ingentes de generación no convencional, mientras que otros decían que dicho sistema no es inmune a la nefasta influencia de las fuentes de energía conectadas a través de inversores; unos que el futuro de la energía eléctrica está en el autoconsumo y otros que en las grandes instalaciones y su economía de escala; unos que la generación convencional tiene sus días contados y otros que no tardaremos en darnos cuenta de lo nefasto que es para el planeta el esfuerzo industrial invertido en los sistemas no convencionales. Y así cada uno sostenía sus puntos de vista y polemizaban sobre el asunto.
Todos los argumentos fueron escuchados por el Buda que, al terminar su meditación, les habló así:
—¡Me hartáis con vuestros argumentos! Sois ciegos tanto a la verdad como la no verdad, tanto a lo real como a lo no real. Ignorantes, polemizáis y os irritáis sin escuchar a los demás.
Y para seguir con su argumentación, les contó la historia de los ciegos:
—Había un maharajá que mandó reunir a todos los ciegos que había en Sabathi y pidió que los pusieran ante un elefante y que contasen, al ir tocando al elefante, qué les parecía. Unos dijeron, tras tocar la cabeza: «Un elefante se parece a un cacharro»; los que tocaron la oreja, aseguraron: «Se parece a un cesto de aventar»; los que tocaron el colmillo: «Es como una reja de arado»; los que palparon el cuerpo: «Es un granero». Y así, cada uno convencido de lo que declaraba, comenzaron a debatirse entre ellos llegando casi a las manos en su afán por defender su criterio».
Para terminar, advirtiendo:
—Pues de la misma forma que los ciegos os comportáis, insignes ingenieros, orgullosos de vuestra verdad chiquitita que divulgáis ufanos a la más mínima oportunidad. ¿No os dais cuenta de que, como los ciegos de Sabathi, todos tenéis una parte de la verdad, que no se hará verdad completa si no la compartís?”
Así habló el Buda y, terminada esta enseñanza, volvió a su meditación. Sin pararse a pensar que la población actual es incapaz de mantener su atención en algo —por muy interesante que sea— más allá de tres minutos, por lo que sus palabras no fueron tenidas muy en cuenta y cada uno permaneció firme e inquebrantable en su opinión, que ¡de algo hay que vivir!







