Venezuela ante el bloqueo económico, la injerencia política y la intervención militar

El secuestro del presidente Maduro y la violación de su soberanía nacional es una nueva fase en el largo conflicto de dominación colonial.
Mural de Hugo Chávez en el Estado de Anzoátegui (Venezuela) | Fuente: Guaiquerí / wikimedia commons / CC0 1.0
Mural de Hugo Chávez en el Estado de Anzoátegui (Venezuela) | Fuente: Guaiquerí / wikimedia commons / CC0 1.0

Dedicado a mi amigo Pascual Marín González

Los acontecimientos de enero de 2026 —“la captura” (un secuestro en toda regla) de Nicolás Maduro y Cilia Flores por militares estadounidenses y su traslado forzado a los EE.UU.— marcan una inflexión importante en la crisis venezolana, aunque no representa una ruptura con la lógica de dominio/resistencia de los países de la periferia del capitalismo (la jungla, que dijo Borrell) por las potencias occidentales desde que tras la Segunda Guerra Mundial, y como consecuencia de la victoria de la Unión Soviética sobre el proyecto imperialista alemán, comenzó el proceso de descolonización en todo el mundo.

Frente a los procesos de descolonización y a los proyectos de construcción de economías nacionales y Estados que garantizaran la soberanía nacional y económica de forma real con respecto a las metrópolis colonialistas, estas últimas reaccionaron con especial violencia. Recordemos, por poner solo unos ejemplos, los casos de la guerra de Vietnam, la de Argelia, las masacres en Indonesia, el asesinato de Lumumba en el Congo, el encarcelamiento de Mandela en Sudáfrica, el asesinato de Salvador Allende en Chile y la cadena de golpes de Estado e intervenciones de los EE.UU. en toda la América al sur de Río Grande, en Asia u Oriente Medio.

Todos los proyectos de construcción nacional de los países descolonizados han sido saboteados por las potencias del capitalismo central

Todos los proyectos de construcción nacional de los países descolonizados han sido saboteados por las potencias del capitalismo central, que tienen nombre y apellidos que conocemos todos y que Borrell describió con el idílico concepto de “jardín”. La idea ha sido siempre la de impedir que se constituyeran como entidades independientes con capacidad para gestionar sus riquezas, crear sus sistemas económicos, comerciar con el resto de países según sus intereses nacionales, crear sus propios sistemas de educación y científico-técnicos. En definitiva, sus Estados de acuerdo con sus propias ideas, proyectos e intereses.

Hugo Chávez fue elegido presidente de Venezuela en febrero de 1998 con el 56,20% de los votos con el proyecto de refundar el Estado sobre tres bases claves: participación popular, soberanía energética y redistribución de la renta petrolera entre la población de Venezuela. Los ejes de esta acción fueron a su vez cuatro: primero, la Reforma Constitucional de 1999 que fue aprobada por el 71,78% de los votos y que fortaleció al Ejecutivo en la tarea de tomar decisiones relacionadas con la redistribución de la renta nacional; segundo, las Misiones Sociales, que supusieron la ejecución práctica de la redistribución de la renta entre las clases populares, reduciendo la pobreza desde el 45% al 27% de la población; tercero, las nacionalizaciones del sector petrolero, las telecomunicaciones y el sector eléctrico; cuarto, los proyectos regionales de integración económica con los países del área con la creación de organizaciones supranacionales como ALBA, PETROCARIBE o el BANCO DEL SUR, que permitieron articular sobre bases más independientes con respecto a los EE.UU. a la economías de los países que las integraban.

Hugo Chávez fue elegido presidente de Venezuela con el proyecto de refundar el Estado sobre tres bases claves: participación popular, soberanía energética y redistribución de la renta petrolera entre la población de Venezuela

Semejante atrevimiento no gustó a las potencias económicas occidentales, y en especial a los EE.UU. Primero, porque se les escapaba el control económico de un área básica de la que se obtenían grandes recursos necesarios para el funcionamiento económico propio; segundo, porque se convertía en un ejemplo negativo que intentó ser seguido por otros países de América.

Como siempre, el Imperio recurrió a la vieja práctica de imponer las famosas “sanciones”, una cruel forma de guerra económica que convierte a los pueblos en rehenes de quienes las imponen, y que impide el acceso tanto a artículos de primera necesidad, en especial medicamentos, a las clases populares, como a tecnología de vanguardia imprescindible para el desarrollo industrial y científico-técnico. La idea era que ni el Estado ni las empresas venezolanas pudiesen comprar ni tan siquiera un tubo de ensayo, ni que hablar de productos químicos para la industria del refinado del petróleo o similares. Y la intención última: provocar el descontento popular, socavar las bases populares del proyecto bolivariano, destruir la producción y exportación de hidrocarburos y, en definitiva, evitar que Venezuela pueda afianzar su independencia y soberanía económica.

El siguiente paso fue la manipulación de los precios internacionales del petróleo que llevó a la caída de los mismos en 2014, con lo que la renta petrolera dedicada a la financiación de los proyectos sociales y a la eliminación de la pobreza se vio bruscamente disminuida, lo que alentó el descontento social y la emigración de una parte importante de su población que no pudo o no quiso establecer la relación entre la presión del imperialismo, las sanciones, la caída de los precios y la falta de recursos del Estado. En conclusión, la Revolución Bolivariana democratizó la renta, eliminó una parte considerable de la pobreza, llevó la asistencia sanitaria y la educación a las clases populares, pero no tuvo tiempo de construir una independencia económica que le permitiera sortear el acoso imperialista de los EE.UU.

La presión exterior fue siempre acompañada por la interior. Intentos de golpe de Estado, acusaciones de fraude electoral, organización de disturbios en las calles y el acoso permanente de una oposición política liderada por la burguesía criolla venezolana

La presión exterior fue siempre acompañada por la interior. Intentos de golpe de Estado, acusaciones de fraude electoral, organización de disturbios en las calles y el acoso permanente de una oposición política liderada por la burguesía criolla venezolana que no se resigna a perder parte de sus privilegios y que, fiel al mandato de la Unión Europea y de los EE.UU., intenta por todos los medios desestabilizar el Estado venezolano y recuperar el control del petróleo y los demás sectores nacionalizados.

En realidad, la recuperación de ese control sobre los recursos y las empresas que lo gestionan tiene como última finalidad ponerlos inmediatamente al servicio de las empresas e intereses directos de los EE.UU. y de la Unión Europea.

El secuestro del presidente Maduro y de la diputada de la Asamblea Nacional Cilia Flores es un paso más para volver a tomar el control total y directo sobre los recursos naturales y la economía de Venezuela

La intervención militar directa de los EE.UU. y el secuestro del presidente Maduro y de la diputada de la Asamblea Nacional Cilia Flores el tres de enero de 2026 es un paso más, decisivo quizá, para volver a tomar el control total y directo sobre los recursos naturales y la economía de Venezuela. Así lo ha manifestado el presidente de los EE.UU., que ha sorprendido al mundo, no por la acción en sí, que ya en la historia contemporánea se repite con una periodicidad pasmosa, sino por su arrogante sinceridad. Qué tiempos aquellos en los que a Henry Kissinger y a Richard Nixon les daba pudor reconocer en público el golpe en Chile y el asesinato de Salvador Allende.

Lo que viene para Venezuela en el futuro no será una dominación territorial clásica, será más bien el control de los circuitos comerciales de los recursos naturales, fundamentalmente de los hidrocarburos, y de los flujos financieros y tecnológicos (control del refinado del petróleo).

Lo que viene para Venezuela en el futuro, si Dios no lo remedia, será una de las muchas formas refinadas de dominio que aplica el imperialismo. No será una dominación territorial clásica e incluso puede que evite el control directo del poder político. Será más bien el control de los circuitos comerciales de los recursos naturales, fundamentalmente de los hidrocarburos, y de los flujos financieros y tecnológicos (control del refinado del petróleo).

Para este tipo de control, los EE.UU. no necesitan la presencia de la oposición venezolana en Caracas; será suficiente con que el Estado venezolano cumpla con los compromisos impuestos a la fuerza por Trump. A cambio, Venezuela podrá continuar con la parte de sus proyectos que pueda atender con los recursos económicos que el Imperio le permita quedarse.

La causa bolivariana todavía no ha dicho su última palabra y sigue siendo todavía una pieza clave en Venezuela

No obstante, y a pesar de la incontenible logorrea del Imperio, la causa bolivariana todavía no ha dicho su última palabra y sigue siendo todavía una pieza clave en Venezuela que muestra y seguirá mostrando evidentes y claras resistencias a las presiones de los EE.UU.  

Las perspectivas inmediatas para Venezuela van a estar condicionadas por varias contradicciones: la unidad y el apoyo de las clases populares al proyecto bolivariano; la fidelidad de cuadros dirigentes e instituciones a la causa, el conflicto entre los distintos sectores de la burguesía venezolana —que compiten entre ellos— con el proyecto bolivariano por el control del Poder, es decir, el Estado y sus instituciones claves y los recursos naturales y/o de sus beneficios y rentas; la capacidad de flexibilidad táctica del chavismo actual y futuro en el conflicto entre el Estado venezolano y las formas que adopte el control o administración norteamericana de los recursos y los capitales, sobre todo porque las grandes empresas norteamericanas y europeas van a exigir al Estado venezolano garantías legales que aseguren la apropiación de los recursos sin riesgos inmediatos de expropiación.

Para Venezuela y su entorno regional, el secuestro del presidente Maduro y la violación de su soberanía nacional es una nueva fase en el largo conflicto de dominación colonial frente a la liberación nacional de la que viene. O dicho de otra manera, un intento de reubicación como periferia administrada del capitalismo. La gran cuestión es… ¿Qué capacidad de resistencia mostrará Venezuela y durante cuánto tiempo podrá el Imperio mantener la presión que ahora ejerce y la forma de dominio que ahora quiere imponer?

En Espartal, aprovechando el sol de enero, que es poco duradero.

(*) Historiador

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