Israel contra Irán, una nueva aventura bélica sionista

Más que configurar un nuevo mapa mesoriental a mayor gloria del sionismo va a desplegar una inseguridad y un desquiciamiento geopolítico, con repercusiones mundiales.

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Bandera de Irán

El bombardeo de Israel contra Teherán, capital de la República islámica de Irán, marca un profundo y coercitivo giro de tuerca geoestratégico encaminado a culminar la reconfiguración completa del mapa del Medio Oriente en clave sionista. Objetivo político tan ambicioso como cargado de peligros para su inductor, Benjamín Nethanyahu, jefe del Gobierno israelí, que no solo se arriesga a fracasar militarmente o a sufrir una revancha militar iraní inesperada, misiles por medio, sino, además, tanto si fracasa como si no, corre el riesgo de perder la confianza de Estados Unidos, cuyos intereses geoestratégicos ni en esa ni en ninguna otra zona del mundo pueden seguir siendo fijados caprichosamente por Tel Aviv.

La parsimonia y la paciencia de China a la hora de tragar todos los sapos que se le va ocurriendo lanzar a Nethanyahu por doquier -China depende sobremanera del petróleo de Irán-, son percibidos ya como ofensas directas de Washington contra Pekín, pese a que la Casa Blanca aplica otra lógica en su confrontación con China. El apoyo militar y logístico de Estados Unidos a su socio israelí en esta y en la anterior guerra, compromete enormemente a Trump en un avispero del que difícilmente saldrá sin pagar un alto precio, quizá en vidas humanas de sus marines, quizá en reveses inesperados procedentes también del mundo del islam radical, hasta ahora distante del régimen iraní, que puede llegar a establecer ahora alianzas con Teherán, visto lo que se le viene encima. Ni Turquía ni siquiera Arabia Saudí ni los Emiratos pueden ver con buenos ojos que Israel se enseñoree tan arrogantemente de la zona como lo está haciendo: Iraq, Siria, Egipto, Libia…

Enredar militarmente a Rusia en Irán, su bajo vientre, y a China en su costado izquierdo, tras la curiosa declaración de guerra artillera entre otros dos vecinos de la zona, Pakistán y Afganistán, en la víspera del ataque israelí contra Irán, pone de nuevo en ascuas el Medio Oriente en su área más oriental, retaguardia geopolítica del país persa. Si alguien pensaba que Pakistán, o los chiíes afganos, podrían brindarse a coadyuvar a Irán en la guerra con Israel ha de tener en cuenta que, de momento, estos dos potenciales aliados iraníes, recordemos el poderío nuclear paquistaní, ya están enzarzados en otra sospechosa drea inducida, precisamente ahora, ¿por quién?

La ambición desaforada de Nethanyahu por devenir en superpotencia mundial exhibiendo la hegemonía en todo el Medio Oriente, teniendo como retaguardia un país como Israel de un tamaño no superior al de Cataluña, apenas 9 millones de habitantes; una guerra perpetua en su territorio ajeno contra los palestinos; media población harta de guerra y una supuesta democracia donde la autonomía política de las Fuerzas Armadas desdice cualquier forma de democraticidad, configuran un inevitable caos interior y exterior a medio o corto plazo, no solo en el Medio Oriente, sino en el interior mismo de Israel. Los imperios han dejado de tener sentido, ese es el único sentido de la historia.

La catastrófica conjunción de intereses coyunturales entre Nethanyahu y el yerno de Trump, judío también, Kushner, se prefigura como un tóxico potente contra las expectativas electorales del inquilino de la Casa Blanca en las elecciones de medio término el próximo otoño. No solo Trump no ababa las guerras en el mundo, sino que, como ésta, transige y la avala. Malos tiempos se avecinan para su fantasmal movimiento MAGA.

¿Qué se puede cobrar Nethanyahu en esta guerra? ¿La cabeza de Sayed Alí Jamenei, Guía de la República Islámica?: sí, tal vez. ¿Y luego qué, en un país como Irán con 90 millones de habitantes, un potencial petrolero inagotable, un enclave geoestratégico único, con control absoluto sobre el Estrecho de Ormuz y la posibilidad, hoy muy probable, de cortar el flujo de petróleo hacia Occidente -que no hacia China-, amén de un ejército regular considerable, Artesh, y otro irregular, Pasdaran, con casi dos millones de hombre en armas? ¿Calculan bien los estrategos de Tel Aviv el alcance de lo que quieren hacer? ¿El mundo debe pagar en sus carnes, en forma de precariedad, inseguridad, violencia criminal y desconcierto ingentes, el precio del delirio sionista por extender el dominio de Israel para devenir en el Gran Israel?

Estos son los retos que hoy se plantean. Derrocar el régimen de los ayatollas va a costar mucha sangre, si alguien con talento no remedia esta nueva locura. Ese régimen solo caería desde dentro, desde una oposición organizada en clave estatal propia, no desde una infiltración del espionaje extranjero, concretamente el Mossad, como parecen creer ahora que lo lograrán los espías israelíes, que, sin duda, han demostrado haber penetrado importantes resortes del aparato de Estado iraní. Los movimientos de masas dentro de Irán, pese a su masividad real y la indignación en la que se basaban, carecieron y carecen de organización. La izquierda laica real y sindical iraní, la única con capacidad real para poder enfrentarse al régimen islámico, fue descabezada casi al completo por los ayatollas, con Occidente ultraliberal frotándose las manos al respecto. La opción monárquica, que acaricia Tel Aviv como alternativa política al actual régimen, no convence a Washington, que preferiría seguir negociando con un sucesor islamista chií sumiso a sus dictados más que bouleverser del todo un régimen con 50 años de trayectoria y una configuración institucional político-judicial bien trabada doctrinalmente y en extremo resiliente, según los cánones victimistas del chiísmo. La alianza política interclasista sobre la que el régimen se ha sujetado todos estos años, la coyunda entre el bazar, burguesía comercial, gestora del comercio, y el lumpen, hegemónico en el aparato de estado Basidj y Padaran, si bien se ha erosionado tras la última huelga de los primeros, no se ha roto del todo.

Todo lo cual, más que configurar un nuevo mapa mesoriental a mayor gloria del sionismo va a desplegar una inseguridad y un desquiciamiento geopolítico, con repercusiones mundiales, propios de aventureros irresponsables, incrustados en la política internacional, como el criminal de guerra israelí que los promueve y su desnortado patrón transoceánico, al que Nethanyahu parece guiar, una vez más, con la yunta puesta sobre su cuello.

Fuente: elobrero.es

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