Se acaban de cumplir cien años de la publicación de la primera novela larga de Federica Montseny (1905-1994), escritora, política y sindicalista anarquista (ministra de Sanidad y Asistencia Social en la Segunda República, primera mujer en sentarse al cargo de un ministerio en España). Cien años de La victoria, un artefacto literario de tesis libertaria que lleva por subtítulo nada más y nada menos que “Novela en la que se narran los problemas de orden moral que se le presentan a una mujer de ideas modernas”. Porque de esto va La victoria: de los problemas morales y sociales que se le plantean a Clara Delval, su personaje principal, cada vez que trata de poner en práctica (bajar a la tierra) sus ideas. ¿Qué ideas? Pues unas muy concretas relacionadas con la emancipación de la mujer y con el amor libre. ¿Y por qué el choque? Porque son los años veinte y Clara, como pronto descubrimos, una mujer del mañana pensada desde el hoy, así que no hay manera de entenderse. O mejor: no hay forma ideológica hecha cuerpo que luche contra las estructuras opresoras sobre las que se yergue la desigualdad entre hombres y mujeres, así que Clara está sola. Es demasiado inteligente y apenas sentimental, luego poco femenina: enferma.

«La victoria»
Federica Montseny.
Editorial: La Oveja Roja, 2025.
Mujer del mañana pensada desde el hoy, la protagonista es objeto de admiración, pero también de odio y de miedo. Es una mujer de inteligencia extrema y rápida, emancipada, fuerte y segura de sí misma. Y, además —¡atención!—, bella y elegante, porque una cosa no quita la otra y, en todo caso, la inteligencia es cualidad femenina que está por encima de la belleza, tal como reivindica el texto. Clara es la encarnación de un modelo de mujer, el de Montseny, enfrentado tanto al del ángel del hogar como al de la garçonne, ambos inventos de la ideología burguesa con el objeto de mantener su hegemonía. Si hay algo, en este sentido, sobre lo que arroja luz el estudio introductorio de Carolina Fernández Cordero, encargada de la edición, es justamente sobre el lugar que ocupan la novela y el pensamiento de Montseny en el debate social, tanto dentro como fuera del anarquismo, sobre la emancipación de las mujeres. Gracias a ello, quedan esclarecidas las formas de oposición de La victoria contra la concepción burguesa y por ende dominante de la mujer y del amor, pero también contra los postulados de raigambre más feminista.
La novela narra un periodo corto en la vida de Clara, una joven que vive con su madre en una casita alejada del centro de la ciudad y se gana la vida como profesora en una academia de idiomas y de dibujo. Pronto dará el salto al Ateneo de Divulgación Ideológica, donde impartirá conferencias semanales a la clase obrera sobre justicia e igualdad social, dándose a conocer como figura intelectual destacada y mujer, por lo anterior, excepcional. Ciertos hombres no tardarán en pulular a su alrededor, y digo ciertos con conocimiento de causa: son hombres-prototipo, tres en concreto, enamorados de Clara, pero incapaces de entender y aceptar su independencia (el respeto mutuo por la libertad individual). Y es ese el gran drama, la imposibilidad del amor entre iguales, lo que evidencia en último término la contradicción que atraviesa al pensamiento obrerista en cuestión de género: ideas avanzadas para todo menos para la mujer, a la que se quiere —incluso ellos, los obreros, los progresistas, los anarquistas, los revolucionarios— sumisa y cariñosa, joya que acompaña como bello complemento.
Y aquí viene algo sumamente interesante, y con ello acabo: la forma de la novela, que es dialógica. Toda ella, o casi toda, construida a base de diálogo, de intercambio, de discusión entre la protagonista y los otros (porque son sobre todo ellos). Diálogos que conforman, las más de las veces, pequeños ensayos de corte filosófico y político a través de los que despliegan los personajes sus respectivas posturas ante las tres cuestiones más candentes: la feminidad, el rol de la mujer y la posibilidad del amor libre. Diálogos planteados como verdaderas disputas, como combates ideológicos que se vencen o se pierden. Y Clara gana en todos ellos, sobre todo en el último, pero no tanto por convencer como por mantenerse incólume: libre, jamás sumisa. Clara vence porque renuncia a una compañía que la coloca por debajo. Antes sola, sin duda, y esa es su victoria. La victoria.








