El diputado de Más Madrid, Emilio Delgado, generó una polémica cuando dijo que “durante mucho tiempo ha habido mucha gente que ha estado invisibilizada. Hay que hacer visible a toda esa parte de la población y tiene que tener sus derechos absolutamente reconocidos. Hay que hacerlo de tal manera que hagamos visible lo que ha sido invisible hasta ahora sin invisibilizar lo que siempre ha sido visible, es decir, sin sustituir, sin desplazar a la población que siempre ha gozado de mayor visibilidad. Y en esto no siempre acertamos”.
Es evidente que con “los que siempre han sido visibles” se refería a los sectores mayoritarios de hombres, heterosexuales, blancos… Y daba en el clavo reconociendo que muchos de ellos se han visto ignorados en el discurso de la izquierda y se están yendo a la derecha.
Parafraseando la tesis de Daniel Bernabé que acuñó en su libro “La trampa de la diversidad”, creo que ahora podemos hablar igualmente de “la trampa de la visibilidad”.
Llevamos años escuchando a colectivos sociales reivindicar su visibilidad. Lo hacen convencidos de que, debido a su sexo, su orientación sexual, su enfermedad, su nacionalidad o una determinada problemática no tienen presencia en la sociedad. Es evidente que, por presencia y visibilidad, se están refiriendo en gran parte a los medios de comunicación.
Pero reivindicar visibilidad consiste en competir con el resto de la ciudadanía, es decir, es una batalla de todos contra todos. Es obvio que el espacio y el tiempo mediático es limitado. Si una televisión da visibilidad a los enfermos de ELA tendrá menos espacio para los enfermos de autismo, si da más visibilidad a las víctimas de accidentes de tráfico, se limitará la presencia de las víctimas de errores médicos. Si se da visibilidad a las personas sin hogar, quizás ya no haya sitio para las que llevan meses en listas de espera médica.
Entre los ciudadanos pasa lo mismo, no es verdad que puedan mostrar igual interés por todos los grupos “necesitados” de visibilidad. El ciudadano no se estremece por igual por los niños enfermos de cáncer, las víctimas de errores judiciales y los perros abandonados. Cuando esos grupos están pidiendo visibilidad se hace inevitablemente a costa de los otros.
De esta manera la competencia por la visibilidad se convierte en un acto de buscar protagonismo para lo tuyo a expensas de los problemas de otros. No es que me parezca mal, es comprensible, pero eso no tiene nada de solidario ni de izquierdas.
Por otro lado, y esto me parece todavía más grave, tampoco sé en qué ayuda la visibilidad. ¿Qué se pretende con la visibilidad? ¿Que el Estado dedique más recursos a ese grupo? Entonces habrá que decirlo así: más dinero para los enfermos de ELA. ¿Que se cambien las leyes para proteger a ese colectivo? Pues habrá que decir que se pide más sanciones a los errores médicos o más sanciones a los responsables de muertes en accidentes de tráfico. ¿Más visibilidad para las personas bisexuales o para los gitanos? Habrá que explicar cuál es el problema que tienen y qué políticas se están reivindicando.
Reivindicar simplemente visibilidad es un discurso vacío si no va acompañado de hechos, y presupuestos
Quiero decir que simplemente reivindicar visibilidad es un discurso vacío. Es como esos carteles a la entrada de un pueblo donde se lee que en esa población están en contra de la violencia de género, o en contra del racismo. No creo que ningún pueblo esté a favor de la violencia de género o del racismo. Si solo se pone un cartel con eso es como decir que se está en contra de los terremotos o de las inundaciones. ¿En qué beneficia a una mujer o una minoría racial ese cartel? Les beneficia disponer de unos recursos destinados a esa problemática (educativos, asesoría jurídica, atención psicológica), no poner un cartel con una declaración de intenciones.
Para algunas conciencias de izquierda hablar de visibilidad o declaraciones de estar en contra de algo, les parecerá una señal de posición política muy acertada, pero el ciudadano sabe diferenciar entre lo que se traduce en algo útil y lo que es solo humo. Si algo aprende el ciudadano en nuestras democracias es a desconfiar de las palabras que no van acompañadas de hechos, y presupuestos.








