“Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre”
Discurso de Fidel Castro el 12 de junio de 1992 durante la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro.
Es muy probable que muchas de las personas que leen esta columna, que sean habituales de Mundo Obrero o que conozcan mínimamente la figura de Fidel Castro, sean conocedores de esta famosa frase que pronunció el comandante en la Cumbre de la Tierra. Un hito histórico en el que Fidel puso sobre la mesa el gran problema civilizatorio que teníamos a puertas y que ahora, en resumen, llamamos crisis ecosocial.
Pues detrás de este gran discurso, y sin desmerecerlo un ápice, vamos a hablar hoy de la mujer que llevó a Cuba a ser uno de los primeros países en trazar una estrategia de lucha contra el cambio climático. Rosa Elena Simeón fue una persona clave en la estructuración de la política ambiental cubana como jefa de la delegación cubana en la Cumbre de la Tierra de 1992, poco antes de convertirse en la primera ministra del CITMA (Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente) en 1994. Y, sin duda, una de las científicas más reconocidas y prestigiosas dentro y fuera de su país.
Rosa Elena Simeón Negrín nació en Bejucal, en 1943, en una familia acomodada que le proporcionó una buena educación que supo aprovechar, destacando pronto como una estudiante excepcional. Y como dice la canción…. en eso llegó Fidel.
Nuestra protagonista, adolescente en ese 1959, se involucró en la campaña de alfabetización nacional enseñando a leer a los obreros fabriles de su ciudad. Y desde entonces el compromiso con la revolución acompañó hasta el final a Rosa Elena. La revolución siempre y la ciencia como su manera de expresar ese compromiso irrenunciable con su pueblo.
Unos años después ingresa en la Universidad de la Habana para estudiar Medicina y especializarse, posteriormente, en Virología y Salud Animal; colaborando para ello con el Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNIC) donde, gracias a su incansable investigación en materia vírica, acabó siendo directora de Microbiología.
Entramos en la década de los setenta y Rosa Elena ya tenía un nombre en el ámbito microbiológico y, concretamente, en cuanto a conocimiento sobre propagación de virus. Por ello el Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria (CENSA) piensa en ella para liderar un grupo de trabajo específico que abordara el reto de frenar la fiebre porcina que asolaba la isla y ocasionó una de las mayores crisis alimentarias de Cuba. Y vaya pensamiento más acertado, oigan, porque permitió no solo diseñar la manera de luchar contra esta terrible epidemia sino también conocer su origen. A partir del estudio de las cepas virales aisladas en aves migratorias muertas y su patogenicidad, Rosa Elena pudo demostrar sin lugar a duda que se trataba de cepas modificadas mediante biotecnología avanzada y que, por tanto, no había aquí un caso de mala suerte inevitable sino un auténtico ejemplo de guerra bacteriológica. No sería la única vez: en 1980 tuvo que volver a enfrentarse a una segunda epidemia, volver a analizar la propagación y otras características (volver a concluir que formaba parte de la guerra bacteriológica) y lo que, desde luego, importaba más a las autoridades y al pueblo cubano que era diseñar la estrategia que acabaría de modo exitoso con esta epidemia.
Pero entre hazaña y hazaña, Rosa Elena seguía formándose e investigando (ya saben, la ciencia también hace la revolución) y dedicó varios años a formarse, no solo en fiebre porcina africana sino en muchas más materias dentro de la virología, viajando para ello a distintos puntos del planeta: Francia, Canadá, Jamaica y Perú, concretamente.
Toda esta formación dio sus frutos también en cuanto a reconocimiento y acabó siendo, a mediados de la década, directora del CENSA. ¡Y más cosas! Presidió la Academia de las ciencias en Cuba, fue asesora de virología en la FAO y tuvo numerosos reconocimientos dentro y fuera de la isla a lo largo de toda su vida.
“La ciencia no avanza sin preguntas difíciles y la sociedad no mejora sin respuestas honestas”. Así decía nuestra protagonista y es verdad. Porque empezó a cuestionarse también cuál era la situación planetaria y cuáles los retos en esta materia. ¿Sería lo que hoy llamamos una activista ambiental?
Empieza este artículo con la cita de Fidel Castro en la Cumbre de la Tierra de 1992 y del papel que en ese discurso histórico tuvo la doctora Siméon. Y fue histórico no solo a nivel internacional por la importancia de ese discurso, novedoso por la mirada ecosocial de la lucha contra el cambio climático o la pérdida de biodiversidad, sino porque además anticipaba lo que hoy reflexionamos sobre la necesidad de un decrecimiento justo y democrático. Pero también fue importante para Rosa Elena y la política ambiental cubana y mundial.
Siméon participó en numerosos espacios internacionales donde se hacían preguntas incómodas o difíciles para dar respuesta a cuestiones aún más incómodas o difíciles: desde la Cumbre las Naciones Unidas sobre pequeños Estados Insulares, la Organización de Mujeres para el Medio Ambiente y el Desarrollo o como miembro del Comité Consultor de la Naciones Unidas para la Ciencia y la Tecnología, Rosa Elena quería dar una respuesta al reto ambiental desde una profunda convicción revolucionaria. O lo que es lo mismo, desde el convencimiento de que la lucha contra la crisis ambiental era de clase, de género y colonial.
La doctora Simeón dejó una profunda huella en Cuba pero también en los espacios donde disfrutaron de su trabajo incansable. En 2006 recibió a título póstumo, a los dos años de su fallecimiento a causa de un cáncer, el premio Campeones de la Tierra que otorga el programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
Esta brillante científica, Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba y receptora del más alto reconocimiento nacional a las personalidades científicas, fue también una comunista comprometida que participó en primera línea del Partido.
Solo que, a veces, la revolución y el trabajo político se hace entre batas blancas y preguntas difíciles.








