Cuando Giorgia Meloni gobierna en Roma, cuando la Alternativa para Alemania roza la primera posición en las encuestas, cuando Javier Milei convierte Argentina en punta de lanza suramericana de Washington y Tel Aviv, cuando Nayib Bukele exporta sus megacárceles a Colombia y Ecuador, cuando Vox empuja al Partido Popular hacia posiciones cada día más autoritarias, no estamos observando episodios sueltos que la casualidad ha hecho coincidir en el tiempo. Estamos observando la misma fuerza política operando en distintos escenarios nacionales, con acentos propios, pero con un mismo repertorio de enemigos, de métodos y de objetivos. A esa fuerza, articulada más allá de fronteras y partidos, hay que llamarla por su nombre: internacional reaccionaria.
El concepto no describe una organización única con sede, estatutos y secretario general. Describe algo más difícil de negar y, precisamente por eso, más peligroso: una red de dirigentes, fundaciones, think tanks, plataformas digitales, medios de comunicación, grupos económicos y espacios de coordinación que comparten diagnóstico, enemigos y estrategia, y que intercambian entre sí asesores, técnicas de propaganda y campañas de desinformación con una fluidez que ninguna otra corriente política contemporánea alcanza. El nacionalismo que profesan resulta, paradójicamente, el fenómeno político más internacionalizado de nuestro tiempo.
Esta dinámica no nace con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Se viene construyendo desde hace décadas, alimentada por el desmantelamiento neoliberal del Estado social, por la desindustrialización, por la precarización laboral y por el deterioro de unas democracias que fueron perdiendo capacidad para explicar el mundo a quienes las sostenían. La izquierda dejó, durante demasiado tiempo, de disputar el sentido común —tratando de legitimarse ante el sistema al que debía combatir— y ese vacío no permaneció vacío: alguien lo ocupó. Trump no inaugura el fenómeno; lo acelera, lo legitima institucionalmente y le proporciona algo que hasta entonces no tenía —un centro de irradiación con la capacidad económica, militar, tecnológica y comunicativa de la primera potencia mundial. Su segunda administración actúa como caja de resonancia planetaria de un proyecto que ya estaba en marcha, y ese salto cualitativo distingue la fase actual de todas las anteriores.
Han desplazado el conflicto social hacia el terreno identitario
En Europa, la extrema derecha ha completado un tránsito histórico: de la marginalidad parlamentaria a la centralidad del debate político. Gobierna, condiciona gobiernos o encabeza encuestas en un número creciente de países, y lo ha conseguido siguiendo un método reconocible en cada uno de ellos. Convierte problemas reales —la crisis de vivienda, la precariedad, el deterioro de los servicios públicos— en explicaciones falsas que señalan al inmigrante, a la feminista o al ambientalismo como responsables, mientras desaparece de la conversación quién concentra la riqueza y el poder. Ese desplazamiento del conflicto social hacia el terreno identitario constituye su operación política fundamental. La instrumentalización del miedo, la construcción de enemigos internos y externos intercambiables, el ataque contra los derechos sociales y democráticos conquistados durante generaciones circulan de un país a otro porque circulan también los estrategas que los diseñan. El vínculo documentado entre dirigentes de la Alternativa para Alemania y funcionarios de la Casa Blanca, la presencia de Elon Musk amplificando desde su plataforma a esa formación y a Reform UK, o la intervención de JD Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich para legitimar a las fuerzas nacional-populistas frente a sus propios gobiernos, son piezas de una misma arquitectura, no coincidencias aisladas.
No podemos caer en la tentación de tratar a todas estas fuerzas como idénticas. Meloni no es Le Pen, y ninguna de las dos es la Alternativa para Alemania, cuyo núcleo dirigente mantiene una filiación neonazi explícita que otras formaciones todavía disimulan. Cada una adapta el repertorio común a su propia tradición política y a su propia correlación de fuerzas.
Lo que las une es la convergencia de sus enemigos y la disposición a apoyarse mutuamente en foros compartidos, en votaciones parlamentarias conjuntas, en la circulación de un lenguaje que, allí donde se instala, termina siendo adoptado también por la derecha tradicional. Primero se conquista el lenguaje, después el sentido común, finalmente el gobierno.
La América Latina subordinada a Trump
América Latina atraviesa un proceso paralelo, con raíces propias que no debemos ignorar. Washington reconstruye, tras el ciclo progresista que abrió el continente a comienzos de siglo, un sistema hemisférico de subordinación que ya no necesita disfrazarse. La advertencia de Trump sobre el apoyo financiero a Argentina condicionado al resultado electoral, celebrada después con el triunfo de Milei, y el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro para apoderarse de sus recursos petroleros, muestran hasta dónde llega esta ofensiva: ya no se combate a los gobiernos no afines solo mediante la imposición de sanciones, se ejecuta directamente su descabezamiento. El mileísmo argentino, el pinochetismo reencarnado de Kast en Chile, la militarización permanente de la seguridad en El Salvador y Ecuador, comparten con sus homólogos europeos el fundamentalismo económico, el culto al orden y la autoridad, la criminalización de la protesta, y comparten también a los mismos operadores: consultores digitales que trabajan indistintamente para Bolsonaro, para Milei o para De La Espriella, reproduciendo en cada país una arquitectura de campaña idéntica.
Esa circulación se sostiene sobre una batalla que ya no se libra únicamente en parlamentos o urnas, sino en la percepción misma de la realidad. La internacional reaccionaria ha entendido que quien controla el relato controla la política: las redes sociales han dejado de ser canal de propaganda para convertirse en el terreno mismo del combate, y la desinformación circula más rápido que cualquier desmentido. Esta guerra cognitiva fabrica enemigos a la carta —el musulmán, el migrante, el comunista, el “woke”— y los amalgama en una misma amenaza siempre que resulten funcionales al relato. Frente a esa maquinaria, la respuesta democrática necesita construir su propia capacidad de intervenir en el terreno de los valores y las emociones, porque ninguna victoria será duradera si se pierde la batalla del sentido común.
En España hoy, la alternativa que se dibuja frente a este Gobierno no es un proyecto más avanzado, sino una derecha tradicional arrastrada por una extrema derecha autoritaria
España, México y Brasil resisten
España constituye, dentro de este mapa, un frente todavía abierto. Vox crece y arrastra al Partido Popular hacia posiciones cada vez más extremas, y la crisis migratoria de Ceuta del pasado julio, activada desde Marruecos en pleno pulso de España con Washington por el rearme y con Tel Aviv por Palestina, demuestra que el gobierno progresista de coalición se ha convertido en objetivo político de esa red internacional. Pero España sigue siendo también una anomalía: el reconocimiento del Estado palestino, la negativa a ceder Rota y Morón para la guerra contra Irán y la resistencia al 5% del PIB en gasto militar han convertido al Gobierno de coalición en un actor incómodo para el trumpismo y el sionismo, en gran medida gracias a Izquierda Unida como correa de transmisión entre la movilización popular y las instituciones. México y Brasil cumplen una función equivalente en América Latina: Sheinbaum sostiene frente a las presiones militares de Washington una fórmula tan sencilla como firme —cooperación sí, subordinación no—, y Lula defiende la permanencia de Brasil dentro de un proyecto de soberanía y multipolaridad.
Es legítimo y necesario mantener una crítica firme frente a los límites del Gobierno español, frente a su atlantismo, frente a cuanto en él resulte insuficiente desde una perspectiva antiimperialista. Esa crítica forma parte de la lucha política y debe sostenerse con firmeza y lealtad. Pero exige comprender la correlación de fuerzas real: la alternativa concreta que hoy se dibuja frente a este Gobierno no es un proyecto más avanzado, sino una derecha tradicional arrastrada por una extrema derecha abiertamente autoritaria. Practicar el maximalismo sin calcular a quién beneficia cada desplazamiento del tablero equivale a allanar, sin quererlo, el camino que aquí describimos.
El fascismo puede avanzar. También puede ser derrotado. La diferencia la marcará nuestra capacidad de organizarnos y de disputar, unidos, cada uno de los terrenos donde hoy se libra esta batalla
Frente a una internacional reaccionaria organizada, financiada y coordinada a escala planetaria, la respuesta democrática, popular, antiimperialista y antifascista necesita organizarse con la misma ambición internacionalista. Eso exige disputar primero la batalla ideológica, cultural y cognitiva, recuperando la capacidad de señalar las causas reales de la desigualdad frente a los chivos expiatorios que fabrica la extrema derecha. Exige también una base material: organización política y popular sostenida, implantación en los barrios, los centros de trabajo, las universidades, los sindicatos y los movimientos sociales, y una coordinación internacional capaz de tejer alianzas amplias entre partidos, sindicatos y sectores democráticos, desde la generosidad política que reconoce las diferencias sin renunciar a la acción conjunta. El fascismo puede avanzar. También puede ser derrotado. La diferencia la marcará nuestra capacidad de organizarnos y de disputar, unidos, cada uno de los terrenos donde hoy se libra esta batalla.






![Jiang Zhaohe (China), detalle de Liumin Tu [Refugiadxs], 1943.](https://i0.wp.com/mundoobrero.es/wp-content/uploads/2026/09/Jiang-Zhaohe-China-Refugees-1943-768x432-1.jpg?resize=150%2C150&ssl=1)
