Llama la atención que sean los derechos de las mujeres los que más se cuestionen, no como derechos humanos —eso sería demasiado—, pero sí cuestionando el feminismo, la teoría y la praxis sustentada en la experiencia de siglos, por la que sabemos que la conciencia feminista existe desde que las mujeres, en algún momento y en algún lugar, se dan cuenta de que no tienen los mismos derechos que los hombres, señalan como patriarcado el poder que las ignora, las discrimina y las domina de distintas maneras y tratan de superar ese sistema injusto que ha construido el mundo en masculino y utiliza todos sus recursos —y todas sus trampas— para que el poder patriarcal se naturalice.
Explicamos muchas veces que feminismo no es lo contrario de machismo, porque machismo es la prevalencia de los hombres sobre las mujeres y feminismo es igualdad; decimos que nuestra lucha no es contra los hombres, que sabemos que muchos de ellos abrazan nuestra causa y están a nuestro lado y que la estrategia de transformación social que elaboramos tiene como objetivo una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales. No olvidamos que, en el camino de la igualdad, hay mujeres que han dedicado su salud, sus fuerzas, su tiempo y su vida a hacer del mundo un lugar más justo y más habitable; que han participado en todas las luchas y en todas las revoluciones y que lo han tenido que hacer desde un segundo plano e incluso han sido apartadas de los derechos conseguidos, como en la Revolución Francesa. Estudiamos y conocemos nuestra historia, construida tantas veces desde los márgenes, pero con la voluntad inequívoca de debatir y de sintetizar las distintas propuestas y las distintas posturas, porque todas compartimos las consecuencias del poder patriarcal que nos asigna espacios y papeles y nos conmina a no traspasar ese umbral, a veces con la persuasión; otras, haciéndonos cómplices de su poder y culpabilizándonos, y otras, con amenazas, con violencia física, verbal y sicológica.
Es cierto que hemos avanzado mucho en las últimas décadas, pero no podemos pensar que hemos llegado al modelo social de igualdad y libertad por el que el movimiento feminista lleva una lucha de siglos. Hemos avanzado en el acceso a la educación y al empleo; podemos tomar la palabra y ser sujetos y no solo objetos literarios; los hombres se han incorporado a compartir los cuidados en el ámbito doméstico y las mujeres tenemos protagonismo en todos los ámbitos públicos: judicatura, política, sindicalismo, medios de comunicación, empresas… Pero todo eso, con ser importante, no significa que estamos acabando con el patriarcado porque, en la punta del iceberg de la desigualdad de género, está el horror de veinticuatro mujeres asesinadas en España en lo que va de año. Sabemos que, por debajo de esa punta del iceberg, sigue existiendo el mundo construido en masculino que el feminismo combate y sabemos también que ese mundo construido en masculino se resiste a perder sus privilegios y trata de rearmarse en contra de las mujeres para frenar nuestros avances y limitar nuestros derechos. Por eso, la respuesta a quienes preguntan qué queremos las feministas y hasta dónde queremos llegar en nuestras conquistas, la respuesta sigue siendo la misma: queremos libertad e igualdad, queremos acabar con el patriarcado.








