Ni dios ni amo

Constitución

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Es normal que, tras más de 500 años de dictadura católica, en este lugar llamado España por obra y gracia de los Reyes Católicos – aquella pareja de psicópatas asesinos al servicio de la banca que nos jodió el futuro y la existencia – , estemos acostumbrados a tener una suerte de ídolo sobre nuestras cabezas al que nuestros gobernantes invocan, a veces cuando las cosas se ponen feas – para sus intereses, por supuesto – y otras cuando les viene en gana – para sus ganancias, quiero decir -. El corazón de Jesús, los siete puñales de la Virgen de los Dolores clavados en su pecho de manera más que sospechosamente fetichista, la monarquía absoluta, la unidad de España, la patria una grande y libre… Son varias las imágenes de la divinidad idolatrada e intocable. Tantas como inescrutable es su inmovilidad que solo sirve como excusa para decir aquí se hace lo que yo diga y si no, garrote y más garrote.

Hoy el maldito idolillo al que toda esta chusma de cortadores y recortadores de derechos convoca en una suerte de aquelarre, se llama Constitución. Y resulta cuanto menos curioso que apelen tanto a ésta quienes ni siquiera la votaron por parecerles que iba mucho más lejos que lo que el dictador había señalado. Para ser sinceros yo tampoco la voté, aunque por razones distintas. Eso de que todos los españoles fuésemos iguales ante la ley, cuando la figura del monarca era impune, me echaba para atrás, aparte la existencia misma del Rey que había sido criado a los pechos del Sapo Iscariote y ladrón, como le llamaba León Felipe.

Una serie de normas dictadas bajo el miedo y el hastío tras años de terror y opresión, pudieron ser útiles – que no buenas – en determinado momento de nuestra historia. Pero ya han pasado años, la situación no es la misma y sobre todo, el número de la población que no tuvieron que ver con aquel desgraciado y maldito tiempo, ha crecido de tal manera que son mayoría. Quien se extrañe del grito que proclama “que nos nos representan”, que piense en ello. Más aún cuando la inviolabilidad del sacro santo documento, deja de ser tal cuando le viene en gana a sus defensores. La inclusión del apéndice en el que habla de la obligación de pagar la deuda contraída por todos para beneficiar a unos pocos – léase banca y banqueros – es una prueba contundente de que no van a caer sobre nuestros ya maltrechos cuerpos las siete plagas de Egipto ni nada parecido, si las tablas de la ley constitucional se alteran.

Pero sin embargo, a pesar de tantas voces que llaman a la defensa de la Constitución, a pesar de tantos sueldos ganados a base de defenderla, a pesar de tantos magistrados, expertos y catedráticos, llama la atención que ninguno de ellos haya reparado que la Constitución se viola a diario y desde el mismo día de su proclamación y rúbrica. Y es que los malditos papelillos sagrados se convierten en nada cuando no se hace realidad lo de la educación gratuita y universal.

Una educación pública que ve mermados sus ingresos en aras del dinero entregado a la escuela concertada – la tapadera perfecta para entregar el diezmo a ese viejo nazi vestido de faldones llamado Papa – , unos libros de texto que cuestan como si fueran perlas, un servicio de comedor casi igual de caro que el menú de una casa de comidas, sumado a la práctica desaparición de becas y subida de tasas universitarias, no responde en absoluto al dictado constitucional. Es más, mientras se mantenga esa situación, la Constitución no puede ser considerada más que una gran mentira. O mirado desde otro punto de vista, la práctica actual de la educación pública, como un delito y a quienes no la denuncian, como encubridores.

Así que, mientras la situación de las escuelas públicas siga siendo precaria, los libros cuesten y la comida de los niños también, a esta Constitución me la paso yo por donde ya podemos imaginar dónde.

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