Bigas Luna: ¡Viva la vida!

Decía Bigas Luna que lo que más le gustaba de su película “La camarera del Titanic” era que contenía una reflexión por la que se interesaría hasta el día de su muerte: el proceso de creación, los mecanismos mentales por los que un artista puede llegar a vivir más intensamente lo soñado, lo inventado, que mucho de lo “realmente vivido”. Tales palabras encierran una propuesta de vocación lúdica para que su cine permita gozar mientras dure en la memoria, tiempo después de que las luces de la sala se hayan encendido. Así nos pasa a muchos de quienes hemos tenido el privilegio de disfrutarlo a medida que se iba creando, convocados a un ejercicio de apertura de mente y goce de los sentidos. Algunas secuencias se huelen, se paladean, se sienten en la piel.

Expresión suprema de una insobornable vocación hedonista, el cine de Bigas Luna contiene el más alto grado de voluptuosidad de cuantos han cultivado este arte en nuestro país. Junto a Vicente Aranda y Pedro Almodóvar, pocos más han hecho tanto por ensanchar las fronteras de lo visible en la pantalla. Erotismo es vida, y en sus imágenes esta expresión cobra sentido verdadero. No sólo por la frecuente osadía de la puesta en escena (contemplada hoy en día, cuando se enseñorea el puritanismo, resulta increíblemente provocadora) sino por el modo en que el erotismo inunda sus historias, sea éste el foco de atención de los personajes o el lubricante de sus ambiciones.

Ágil y perspicaz retratista de la iconografía patria, de sus ritos, mitos y delitos, atento a las expresiones gráficas del signo de los tiempos que plasma apasionadamente, con ojo de pintor, de fotógrafo, de cultivador de las artes sin fronteras y comprometido observador de la actualidad, la obra de Bigas traza un arco muy amplio. Sus primeras películas, intimistas, obsesivas (“cuando veía algún rasgo de humanidad lo echaba a la basura”, decía él), Bilbao (1978), Caniche (1979) y Angustia (1987) son sus particulares pinturas negras -en paráfrasis de su admirado Goya, al que rinde tributo con la secuencia final de Jamón Jamón (1992); posteriormente el propio pintor, encarnado por Jorge Perugorría, sería el personaje protagonista en Volavérunt (1999)-. Las últimas se caracterizan por esa especie de blancura notarial de su trilogía inacabada, el díptico Yo soy la Juani (2006) y DiDi Hollywood (2010). En medio, Lola (1986), una tormenta de amor autodestructivo, con una Ángela Molina celestial. En medio también, la trilogía ibérica: Jamón, jamón (1992), Huevos de oro (1993) y La teta y la luna (1994), la más apreciada por él, la más autobiográfica, la más poética. En medio, por último, la volcánica Bambola (1996), las preciosistas La camarera del Titanic (1997) y Volavérunt, y el conmovedor drama amoroso triangular de la mediterránea Son de mar (2001), según el texto de Manuel Vicent (con Leonor Watling, Eduard Fernández y Jordi Mollá, impresionante trío de actores).

El dios Eros recorre de principio a fin cada una de sus películas y no es infrecuente verle solapado con los que estimulan el resto de apetitos, especialmente el de la gula. Tampoco falta a la cita en inevitable contienda el dios Tánatos, casi siempre disputando al amor su pretendida capacidad infinita de generar felicidad, condenando a los humanos a sucumbir a sus debilidades terrenales.

De tales fuentes mana la inspiración para la cumbre de su obra, Jamón, jamón, León de Plata a la mejor dirección en el Festival de Venecia, semillero de excelentes jóvenes actores con posterior proyección mundial, Javier Bardem y Penélope Cruz, los más señalados; también Jordi Mollá, que apunta propiedades consagradas en Son de mar.

Es una de sus reconocidas virtudes: descubrir futuras estrellas cuando aún no han eclosionado, siempre ávido de contagiarse con la savia nueva, como los citados arriba; como Francesca Neri, que sustituyó a Angela Molina, asustada por la elevada temperatura del relato de Almudena Grandes y las intenciones de Bigas para su plasmación en Las edades de Lulú (1990); como Valeria Marini, explosiva apuesta por una presentadora televisiva italiana, estilo mamma ciccio, oca alegre, cabeza hueca, de la que consiguió bellísimos instantes de naturalidad y drama, que Bigas definió como “neorrealismo en colores”, en Bambola; como Leonor Watling, que en contadas ocasiones ha tenido la oportunidad de demostrar la belleza y el talento que atesora al nivel de Son de mar; y como Verónica Echegui, la última perla del collar, abrumadora en su descaro, verismo y frescura, captura de pantalla de las generaciones actuales, abiertas en canal sus pulsiones vitales, en La Juani.

Bigas Luna falleció el viernes 5 de abril sin haber podido completar su última trilogía, versada sobre las ambiciones de juventud, las ansias de fama y triunfo y el precio dispuesto a pagar por ello, un asunto de inagotable actualidad en la televisión más popular y más bochornosa. Yo soy la Juani hacía presagiar mucho más de lo que ofreció DiDi Hollywood, pese a la encomiable entrega de Elsa Pataki, en una historia previsible y muchas veces contada -en esencia, Paul Verhoeven ya narró lo mismo en la muy apreciable, aunque subestimada por la crítica, Show Girls (1995)-. Lástima que no podamos ver si en la tercera entrega Bigas hubiera recuperado su mejor pulso de narrador. Ese magnífico pulso que levantó Huevos de oro, con un Javier Bardem excepcional en su ácido retrato del prototipo de constructor garrulo, machista hasta la médula, ahogado en sus delirios de grandeza; un espléndido y divertido relato de anticipación del desastre inmobiliario que hoy nos abruma.

El artista Bigas Lunas ha terminado su recorrido, pero su cine proclama: ¡Viva la vida! Honor a un gran cineasta.

P.S. Un reportaje con un contenido similar al de este artículo emitido en Días de cine (TVE) en la madrugada del viernes 12 de abril hubo de ser modificado y “suavizado” (por su grado de erotismo) para poder ser reemitido el sábado 13 a media tarde. Huelgan más comentarios.

RECOMENDACIONES

EFECTOS SECUNDARIOS, de Steven Soderbergh. Nos lleva por donde quiere, Soderbergh, con mano de mago: del terror psicológico al thriller policial.

TO THE WONDER, de Terrence Malick. La suspensión poética y filosófica en la que nos sumimos con Malick no tiene parangón en ningún otro director. Pero hay que dejarse llevar.

ALACRÁN ENAMORADO, de Santiago Zannou. El cine español no está para pedirle maravillas, pero sí ofrece, al menos en esta ocasión, honestidad y buen hacer. Zannou merece una oportunidad.

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