El caso es que me largué al Norte, no para acercarme a la Estrella Polar, esa que orienta a los navegantes que no quieren perderse, distraídos por los cantos de sirena y el fulgor titilante de estrellitas que quieren lucir como astros reyes, sino en busca de un sol fresco que me calentara las neuronas sin achicharrarme la piel, …que para eso (el calentón irreversible) ya están los whatsapp y los twiter y sus profundas batallas ideológicas con pocos caracteres y mucho emoticono. Y, mira tú por donde, me encontré curioseando huellas de dinosaurios y visitando cuevas donde estuvieron refugiados nuestros ancestros. Digo bien, refugiados, porque, aunque sin papeles, no eran emigrantes ni, mucho más, emprendedores con movilidad juvenil entusiasta. Ambas dos actividades turísticas me resultaron metafóricas y paralelas a lo que uno encuentra ahora mismo cuando busca, en lo que nos empeñamos en llamar información de prensa, una descripción de nuestro mundo y nuestra vida, aunque debo decir que tanto los dinosaurios como los grafiteros de entonces me parecen más simpáticos que sus herederos de hogaño.
A los dinosaurios, hasta que Spielberg consiguió que los niños disfrutaran con sus monstruosidades, se les achacaba una ferocidad depredadora en su forma de entender la vida. Menos mal que el dichoso meteorito hizo hueco cargándose el noventa y tantos por ciento de las especies animales y permitiendo (no sé si fue peor el remedio que la enfermedad) que apareciéramos como mamíferos supuestamente evolucionables.
El caso es que, aunque no tuvimos tratos con ellos sino con sus descendientes, los pájaros (sean de cuidado o avecillas que te cantan al albor), los dinosaurios han quedado estigmatizados como retrógados y, hasta que nuestros amaestradores de opinión encontraron la palabra «obsolescencia» (que ahora la usan mucho contra los rojos marxistas-leninistas), ser un dinosaurio político era ser un personaje eterno, agarrado a su o sus cargos. (Ahí, los rojos españoles comunistas de toda la vida, no podíamos ser incluidos en la lista de perseverantes en roles políticos salvo si se contaban los años de cárcel).
Las huellas de los dinosaurios de entonces son menos catastróficas que las que nos están dejando los de ahora aunque, quién sabe, a lo peor un día hay que montar un Centro de Interpretación junto a las ruinas de cualquier «Ciudad de las Artes» o «Ciudad de la Justicia». El caso es que lo que hayan construido nuestros arquitectos galácticos no aguantará tanto como el acueducto de Segovia (y eso que el contratista -¿romano, indígena espabilado y colaboracionista?- seguramente escamoteaba parte del presupuesto).
Pero las huellas que más me dieron que pensar fueron las de los grafiteros del Magdaleniense, y las explicaciones que nos ofrecen hoy sobre sus actividades en aquel ayer lejano. Pintaron, durante ocho mil años, alumbrándose con lámparas de piedra y con tuétano como combustible, una sucesión de imágenes casi superpuestas con un realismo al que no le faltaban destellos de fantasía y técnicas que se consagraron como el no va más muchísimo más tarde. Lo que nadie se atreve a asegurar es el por qué del grafitti. Cuál era el afán que los ponía a pintar paredes y techos (altos) de una caverna oscura. Bien contados, tampoco son muchos animales para ocho mil años y tampoco cabe pensar que lo hacían por matar el tiempo. La comunidad de individuos era escasa (una treintena de seres resguardándose del final de una glaciación que ellos no sabían que estaba terminando) y no sabemos si lo de ser artista era una vocación o un castigo. Tampoco sabemos si los que mandaban ordenaban o, simplemente, eran respetados porque sabían o podían más que los demás. Platón aún no había nacido para ofrecer sus explicaciones.
Lo que sí tengo claro es que me encontraba ante una pretérita exhibición de emoticones que son, en estos tiempos que transcurren contra reloj, la nueva representación de la alegoría de la caverna. Claro que ahora no nos pintan caballos ni ciervos… ni siquiera seres antropomórficos como los que aparecen en el fondo más oscuro y lejano de la cueva prehistórica (¡vaya desplazamiento cargado con los utensilios de pintar y cuidando de dónde pones los piés!).
Ahora salen nuestros gobernantes en la tele y parece que representan algo que corresponde a nuestras necesidades y expectativas. Yo, sinceramente, prefiero disfrutar de la duda sobre lo que quiere decirnos la cabeza de caballo de la cueva de Tito Bustillo.







