Ya sucedía en la antigua Roma. Cada vez que los generales al mando de victoriosas legiones regresaban a la metrópoli arrastrando tras de sí largas filas de esclavos, la población les aclamaba, no sólo por un exacerbado sentimiento de orgullo patrio, sino sobre todo porque sabían que tanta mano de obra gratuita – o al menos muy barata – les traería épocas de bonanza. Era la promesa del bienestar económico la que hurtaba la vergüenza de la visión de esos hombres y mujeres sometidos, humillados, apartados a la fuerza de sus familias. Nadie decía nada en contra de tal barbarie. Filósofos y sacerdotes acallaban las conciencias a base de razones con las que explicar las diferencias entre los seres humanos, por otra parte, esclavos y libres, tan iguales entre sí.
Pero la voracidad del Imperio que urgía a nuevas conquistas, acarreaba la llegada de más esclavos y al poco surgía el descontento entre artesanos y menesterosos. Temían que los patricios dejaran de encargarles trabajos que, con la esclavitud, podían obtener sin coste alguno o, en el peor de los casos, mucho más bajo que el que ellos podrían ofertar. Y así, de repente, los esclavos dejaban de ser una masa informe a ojos de los romanos menos favorecidos; adquirían el rostro del enemigo, de aquel que había venido a quitarles un poco de lo que tenían en su miserable vida.
Hoy ya no es la afilada punta del peplum de las legiones la que destruye los hogares de las regiones que están más allá del sur del sur del mundo, pero el saqueo continúa implacable. Tras el ejército de capitanes de empresa y especuladores, largas filas de excluidos de las ganancias – tan parecidos a los que seguían a los generales romanos – se acercan a nuestro bienestar, que, no hay que olvidarlo, se alimenta del expolio al que venimos sometiendo a sus pueblos durante siglos.
El mismo miedo que sentían los habitantes de Roma, aparece entre nosotros. La alarma cunde por la llegada de unos miles de valerosos navegantes que cruzan el Atlántico a bordo de insignificantes barquichuelas, desesperados, expulsados a golpe de beneficio empresarial de su rica y generosa tierra. Por un momento se aparcan las conversaciones sobre la hipoteca, la semana de vacaciones en el Caribe que proyectamos pasar o la futura compra del todoterreno, y se alzan las voces afirmando que aquí ya no cabe nadie más, exigiendo límites a nuestras fronteras.
De nada vale que gracias a su trabajo la comodidad de nuestra opulenta sociedad aumente. Basta que uno de nosotros, habitantes y partícipes del despilfarro, se haya quedado en el paro, no nos hayan concedido una beca en el colegio de nuestros hijos o esperemos media hora más en la consulta del médico, para que se califique a los recién llegados de inconveniente social, de lacra o de usurpadores del bien público.
La inmigración pasa entonces a ocupar los primeros lugares en la lista de preocupaciones de los españoles y aparecen en nuestro vocabulario cotidiano, adjetivos que más tienen que ver con el desprecio que con su pretendido carácter coloquial. Llamar moros a los árabes, cuellicortos a los andinos, morenos a los africanos, indios a los latinos o putas a las mulatas, no son sino insultos permitidos por su desfavorable condición económica. Si se comete un delito – y, por supuesto, no hay un gitano por los alrededores – todos los ojos se vuelven hacia ellos. Ya los medios de comunicación se encargan de que así sea, hablando de bandas latinas o mafias nigerianas, señalando puntualmente la procedencia del acusado si es que éste no ha nacido en Albacete o Palencia, pongamos por caso. Los niños – ni siquiera los pequeños están exentos del racismo – son negritos, chinitos, moritos o de color y poco importa que hayan nacido aquí; el lugar de origen de sus padres o abuelos les acompañará de por vida.
Las causas del racismo siempre son económicas, pero su uso se instala en nuestras mentes y actitudes con la rapidez de un cáncer, sin pudor alguno. El miedo a poseer algo menos, como el que sentían los antiguos romanos, se convierte así en miedo al otro. Y el otro siempre es el más pobre.
Eso sí, no nos importa que nuestras principales empresas y comercios estén en manos de extranjeros, o que la cultura y modos que consumimos vengan de otros países. Al fin y al cabo ellos son blancos. Y, sobre todo, ricos.






