Qué sea la literatura es una pregunta difícil de responder por más que algunas teorías hablen de la especificidad del texto literario. Y más imposible o polémico resulta delimitar qué sea la “buena literatura” aunque sí es posible entender qué es lo que en cada momento histórico se entiende por buena o mala literatura. Cada época tiene su propio canon y su correspondiente estética que se ocupa de dirimir en qué consiste el buen y el mal gusto literario.
Para la crítica literaria hoy dominante, una buena novela, además de estar bien escrita, que es un concepto subjetivo que nunca se acaba de definir, debe plantear complejos conflictos de carácter individual generalmente protagonizados por personajes de clase media caracterizados por su ambigüedad psicológica o ideológica. Esas complejidades de clase media exigen argumentos en las que las preguntas sobre el sentido de la vida abunden y en donde la tentación de ofrecer respuestas es algo contemplado como un grave pecado mortal desde el punto de vista de esa estética dominante que condenara por doctrinaria o dogmática toda obra que a tal se atreva.
Pues bien, ¡No pasarán! Un relato del sitio de Madrid, escrita con un lenguaje claro, más próximo a lo cotidiano que a lo artificioso o retórico, es precisamente una novela que plantea un conflicto: la guerra de España como momento de la lucha de clases y se atreve a dar respuestas: si se quiere derrotar al capitalismo hay que combatirlo y combatirlo con las armas en la mano si fuera necesario. Nada extraño por tanto que la crítica literaria dominante, que parte del entendido de que la literatura solo debe enjuiciarse desde los estrictos valores literarios, la descalifique y, con desdén, la aparte del canon.
De Upton Sinclair, su autor (1878-1968) de quien cabe recordar que formó, junto con Theodore Dreiser y Sinclair Lewis, una de las mejores generaciones de la literatura norteamericana del siglo XX, es hoy un escritor al que apenas se le concede un lugar dentro de lo que, con gesto paternalista, se viene calificando como mala o mediocre literatura aunque escrita con buenas y muy humanas intenciones. Es así que, con ocasión de una lejana reedición, un crítico de Babelia no dudó en calificarla como “ una tierna y simpática novela de idealistas”. Ya se sabe que para el canon dominante la política y la literatura se llevan mal sobre todo si esa política es política prorrevolucionaria y esa literatura propone una visión de la realidad en la que la necesidad de cambio está bien argumentada.
Esta es una novela revolucionaria y nada mejor para dar cuenta de su talante ideológico que traer a cuenta una de sus frases más significativas y sabias: «Es difícil hacer que un hombre entienda algo, cuando su salario depende de que no lo entienda». Un pensamiento que sin duda firmarían sin problemas Marx y Lenin.
Upton Sinclair, hijo de padres trabajadores, que con esfuerzo llegó a graduarse en la Universidad de Columbia, es también el autor de títulos tan imprescindibles como La Jungla o Los dientes del dragón. En 1937, cuando sí era un escritor altamente considerado y leído, llevado por su interés por la guerra en España, escribió y financió la publicación de esta novela sobre la queya en 2015, con ocasión de una antigua reedición, Antonio José Domínguez, aquel excelente y crítico literario que durante muchos años desarrolló con aguda inteligencia su trabajo en Mundo Obrero, escribió el acertado comentario al que poco podría añadirse y con el que hoy, en homenaje a su memoria, cerramos esta reseña: “La novela tiene dos partes, una, la más extensa, en la que el lector asiste a lo que podíamos llamar ‘Historia de una concienciación’, una bildungsroman o novela de formación; y la otra, la menos extensa, en la que la narración predomina sobre lo documental, y donde se cuenta el viaje de los siete voluntarios a España, vía París, hasta llegar al frente de Madrid, después de permanecer unos día en Barcelona, y un tiempo de aprendizaje militar en Albacete. El sentido de su lucha en el frente de Madrid quedaría reflejado en un cable de un periodista americano: ‘Hoy se ha asestado un duro golpe a las tropas de Franco’, pero lo que golpeó aquel día a las tropas de Franco, nos dice el narrador, fue la dignidad humana, fue el sentido de la moral, la ciencia, la justicia, y el futuro de la humanidad.”








