Últimamente vengo escuchando muchas tonterías, más de las habituales. Digo yo que será por tanta mierda y tanto bulo que se nos cuela en el cerebro a través de las dichosas pantallas. Pero si tuviera que elegir la más inconsistente de todas ellas, escogería la que nos remite a una parte de nuestra historia, tal vez la peor explicada y, desde luego, la más utilizada de manera perversa. Me refiero a la supuesta invasión musulmana que según algunos se está repitiendo en la actualidad.
Hay en todo ello un afán de cruzada, un orgullo de soldadesca, que, como todo lo que atañe a ese tipo de cosas, se basa en las mentiras que perduran gracias a la incultura, porque aquí, en la península ibérica, ni existía España, ni hubo invasión alguna, ni Don Pelayo era tan machote, ni Guzmán el Bueno era tan bueno, ni don Julián, el de Ceuta, tan malo. Quien derrotó a las tropas comandadas por Don Rodrigo, que no era español porque eso no existía y si era algo, era descendiente de germanos, fue el obispo Don Opas de Sevilla, visigodo también él. La llamada invasión del territorio peninsular no fue sino el enfrentamiento entre las dos culturas que resultaron del desmembramiento del imperio romano.
Sin embargo, durante demasiado tiempo se nos ha venido repitiendo lo de los ocho siglos de ocupación musulmana, aunque ser musulmán, al igual que ser cristiano, judío, budista o ateo, no tenga nada que ver con la nacionalidad, sino con aceptar unas u otras reglas morales. Y ahí está el hecho perverso, se escaquea al imaginario popular el hecho de que los diferentes califas y reyes de taifas musulmanes habían nacido en Zaragoza, Pamplona, Sevilla, Murcia, Toledo o en cualquier parte de la geografía peninsular. Todos ellos eran tan de por aquí cerca como Trajano, por más que éste fuera emperador romano. Pero de esa manera aparecen como invasores y no como vecinos.
La Reconquista es una mera falacia, ni siquiera existía España y el entendimiento entre las diferentes culturas era algo cotidiano. Vivieron aquí ocho siglos pero aparecen como invasores, no como vecinos
Bastaría revisar el Romancero para darse cuenta de la falsedad de la crónica castellana, porque fue Castilla y no España, que no existía, quien llevó el peso del avance del oscurantismo. Insisto, basta con revisar el Romancero para, aparte disfrutar con las historias que ahí se narran, comprobar que la Reconquista es una mera falacia y que el entendimiento entre las diferentes culturas era algo cotidiano.
Pero ahora, amparándose en la mentira de la invasión que duró ochocientos años y en la otra de la victoria de la España imperial, aunque ésta aún no existiera, se ataca a la libre circulación de las personas reconocida en la carta de los derechos humanos, se criminaliza a quienes hemos expulsado de sus hogares por culpa de nuestro saqueo y, lo que es aún peor, se crea un clima de odio contra todo lo que huela a Islam, aunque el perfume solo exista por cercanía geográfica.
De repente, contagiados por la ola de fascismo que atraviesa Europa, resulta que el primer problema para los españoles es la inmigración. Curioso cuando son precisamente los inmigrantes quienes permiten la bonanza, quienes cultivan el campo, quien cuidan de nuestros hijos o atienden a nuestros mayores, quienes ayudan en las tareas que nadie del mundo rico quiere hacer. Pero si la emigración se refiere a la que viene de los países de cultura árabe, entonces la preocupación se traduce en enemistad. Molesta que tengan su religión, que mantengan sus costumbres, que hablen su idioma. Se dice que no se integran. Pero también los ingleses, franceses, rusos o alemanes que ocupan la costa de Levante, mantienen su propio mundo sin integrarse en nuestras costumbres. Aunque, claro, ellos son ricos y eso no preocupa.
La verdad, las mentes más indeseables de la nomenklatura fascista han encontrado un filón. Les vale incluso para decir que Israel, el Estado sionista de Israel, se defiende de aquellos que nos ocuparon durante ochocientos años. Acabar con ellos, exterminar a los árabes, es por lo tanto lícito.
Eso sí, siempre y cuando sean pobres. A los millonarios, ni tocarlos.








