El actual desastre social en América Latina (AL) ya no puede ser ocultado y se convirtió casi en un «nuevo consenso» desde el punto de vista del reconocimiento frente a las crecientes manifestaciones. En la mayoría de los países latinoamericanos, el ideario neoliberal todavía se impone también en el ámbito de lo social. Nos vemos frente a una enorme fragmentación de lo social en contraposición a una brutal globalización en lo económico. Las soluciones económicas siempre depende de lo «macro», mientras que las soluciones para lo social se limitan a lo «micro».
Al analizar los indicadores de la situación social en AL y Caribe, tratamos de identificar dos movimientos: la reproducción de las desigualdades sociales y de la pobreza; y, al mismo tiempo, el empobrecimiento generalizado de la población, configurando un cuadro social que implica muchas veces decantarse por «opciones trágicas» en las políticas sociales. A este fenómeno combinado lo estamos llamando ‘reproducción ampliada de la pobreza’, sobre lo que inciden las condiciones de recesión económica provocadas por las políticas de ajuste y de reforma en el aparato del Estado.
Los temas presentados por los dos últimos informes de CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe) correspondientes a los periodos 1999/2000 y 2000/2001 nos aportan datos muy significativos. Con relación a la evolución de la pobreza, el CEPAL concluye que hubo una interrupción de lo que se llamó «tendencia positiva» de los primeros ocho años de la década de los noventa, al apuntar que en la mayoría de los países el PIB (Producto Interior Bruto) se ha estancado o reducido, las tasas de desempleo han aumentado y han disminuido las remuneraciones reales.
Esto se traduce en un recrudecimiento de la pobreza: al final de los noventa, cerca del 44% de la población se encontraba en situación de pobreza (proporción mayor que en 1980) y alrededor del 19% en situación de indigencia. Por zonas, la pobreza rural sigue siendo más severa, pero en términos absolutos la pobreza urbana era el doble que la rural.
Al establecer una (discutible) relación directa entre crecimiento del PIB y reducción de pobreza, el CEPAL calcula que para reducir a la mitad la indigencia sería necesario un crecimiento del PIB per cápita no inferior a 2,3% hasta el año 1015. Mientras, para reducir a la mitad el porcentaje de personas pobres «no indigentes», sería menester un crecimiento del 3% por año para los países con mayor desarrollo relativo y un 4% para las demás economías de la región. Una vez más, se posterga la reducción de la pobreza, empujando las metas ahora al 2015.
Antiguos y nuevos pobres
Por otro lado, CEPAL reconoce que las políticas públicas de focalización del gasto social hicieron que sectores medios y medio-bajos de la población, en situación de crisis ocupacional y disminución de ingresos, se vieran forzados a pagar directamente -además de los impuestos- los costos de estos servicios públicos. De acuerdo a su capacidad de pago, se vieron afectados por la disminución de la cobertura y de la calidad de los servicios sociales, corriendo incluso el riesgo de quedarse totalmente privados de ellos por la pérdida de ingresos derivada del desempleo. O sea, los intentos de erradicación de la pobreza terminaron por no incluir a todos los «antiguos» pobres y dejaron fuera también a los «nuevos» pobres.
Sin embargo, si el diagnóstico admite que la mayoría de los hogares se encuentran expuestos a importantes grados de vulnerabilidad social, en cambio las políticas propuestas hablan de programas focalizados, negando así que el problema de la pobreza no es residual sino de la mayoría de la población.
Otra evidencia de esa ambigüedad se presenta en la afirmación de que una vez superada la crisis de los 80 en muchos ámbitos, parece importante recuperar algún grado de universalidad de las políticas sociales, especialmente en áreas tan sensibles como la salud. Así, se reconoce que hubo una pérdida de la universalidad en nuestras políticas sociales y que en algunas áreas (por ejemplo, la salud) la universalidad es imprescindible. El informe de CEPAL omite que la privatización en esas áreas sociales o «sensibles» trajeron enormes pérdidas para la gran mayoría de nuestros pueblos; se incrementó brutalmente la desigualdad social en el acceso a servicios sociales esenciales por parte de aquellos que no pueden pagar.
Nueva estratificación social
Al examinar el ingreso medio de los ocupados, combinado con la naturaleza de su trabajo, se constata el surgimiento de una nueva estratificación social que no ha favorecido ni una movilidad social ni, muchos menos, una distribución del ingreso. Al contrario, el 75% de los empleados en los países de América Latina y el Caribe tienen un promedio de ingresos que ni siquiera es suficiente como para acabar con la pobreza dentro de sus familias.
Otro hallazgo muy importante es el conocido como ‘desvaloración educativa’, definida como la incoherencia entre la expansión de abundante oferta de mano de obra con un mayor nivel educacional y la incapacidad de las economías para su adecuada absorción. En estudios anteriores, CEPAL llamaba ‘espacios de frustración’ al fenómeno de los jóvenes cualificados que, al ingresar al mercado de trabajo (cuando lo lograban), tenían que aceptar un trabajo inferior a su cualificación.
Estas constataciones sobre la estructura ocupacional son la causa de la inviabilidad de la conformación de sociedades de clase media en América Latina. En el último estudio de CEPAL, por fin se incluye un estudio sobre el desempleo en AL y Caribe. El número de desempleados ha aumentado a la razón del 10,1% al año. Eso ha significado que se hayan sumado más de 10 millones de personas en paro a las que ya existían. El desempleo llegó en 1999 al 9% de la fuerza de trabajo, casi el doble del porcentaje verificado en 1990.
En la población urbana, este fenómeno ha demostrado ser aún más grave, llegando al 11%. Los tres mayores países de América del Sur -Argentina, Brasil y Colombia- fueron los responsables de este aumento. El diagnóstico del informe atribuye las causas a la presión demográfica y la falta de dinamismo del mercado de trabajo para absorber esa presión. Como causas de esta falta de dinamismo son apuntadas la reducción del rol del Estado en la generación directa de puestos de trabajo, así como la reestructuración del sistema productivo, particularmente en los sectores primario y secundario.
Se constata que la reducción salarial tiende a perder peso como factor primario del ajuste del mercado de trabajo, dando lugar de modo creciente a la destrucción de empleos y a la disminución de la demanda de mano de obra. Las pérdidas salariales que afectan a las personas que se reintegran al trabajo después de un periodo de desocupación actuarían, según CEPAL, como un «mecanismo secundario» de ajuste en los mercados de trabajo, caracterizados por una creciente flexibilización de la contratación y por la expulsión de mano de obra. A pesar de esta división, evidentemente en la medida que aumenta el desempleo urbano en la segunda mitad de la década de los 90, esas estimativas de las pérdidas salariales tienden a incrementarse.
Mayor desigualdad
A pesar de afectar también a los sectores medios (donde una de cada diez personas en edad activa se encuentra desempleada), son los estratos de más bajos ingresos los más afectados: en 1999, en el 20% de los hogares más pobres la tasa de desempleo urbano fue del 22,3% (más del doble que la tasa global del 10%). Por tanto, podemos concluir que el desempleo sigue siendo -y hoy más que nunca- uno de los principales determinantes de la pobreza.
Las perspectivas no son nada halagüeñas: se plantea que el alto nivel de desempleo actual en la región tiende a mantenerse, haciendo necesarias políticas públicas de protección social.
Finalmente, al trabajar con las tendencias de la Distribución del Ingreso, la constatación es de que la desigualdad no sólo no ha mejorado, sino que en buena parte de los países ha empeorado. La fracción del ingreso que queda con el 40% de los hogares más pobres sigue siendo reducida, situándose entre el 9 y el 15% del ingreso total. Brasil es el ‘campeón’ (y no sólo en el fútbol) en todos los indicadores de concentración de ingreso: la distancia entre el ingreso del 10% más rico con la del 40% más pobre es de 32 veces, mientras que el promedio latinoamericano es de 19,3 veces. El índice de Gini brasileño es el mayor de la región, con 0.64 y Brasil es el único caso de América Latina donde más de la mitad de la población recibe un ingreso inferior al 50% del ingreso nacional.
Otra evidencia importante, en el campo de las desigualdades, es que los datos confirman que aún en los países que lograron mantener un alto ritmo de crecimiento económico, como Chile (siempre considerado el ‘ejemplo’), la distribución del ingreso ha demostrado una «enorme resistencia» a alterar su elevado grado de concentración. Es decir, que una vez más queda demostrado que no basta el crecimiento económico para la distribución del ingreso.
Como agravante, el modelo neoliberal de la década de los 90 ha empeorado más aún la concentración del ingreso y la desigualdad social. Fue una década más que perdida; fue una década de retrocesos.






