El libro recoge los testimonios de 86 personas. ¿Fue difícil contactar con ellas desde Madrid?
«Quise hacer un libro basado en tantos testimonios, además de una bibliografía de 333 títulos y muchísima documentación dispersa, porque rescatar la memoria histórica de la izquierda es una tarea política de gran importancia hoy. Los contactos los logré a través de los compañeros del movimiento de derechos humanos y del Partido Comunista de Chile. Algunas personas entregan su testimonio por primera vez, como por ejemplo un compañero indígena mapuche y su sobrina, y también hay muchos documentos inéditos que enriquecen el libro: Gladys Marín -presidenta del Partido Comunista- me entregó las cartas que le envió Jorge Muñoz, su compañero desaparecido, desde la clandestinidad y algunas de ellas se publican por primera vez en mi libro, de lo que me siento muy orgulloso.
Es impresionante, por ejemplo, cómo evoca Joan Jara, viuda de Víctor Jara, aquellos días.
«Evidentemente Joan lo pasó muy mal después del terrible asesinato de Víctor en el Estadio Chile -hoy llamado Estadio Víctor Jara-. Su relato conmueve porque la tragedia de Víctor simboliza todo aquel horror y su recuerdo continúa muy presente hoy en Chile. También entrevisté al camarada Boris Navia, quien salvó su última e incabada canción de las hogueras del fascismo».
¿Qué supuso el hallazgo de los cadáveres de quince campesinos en los hornos de cal de Lonquén?
«Para todos los familiares de los detenidos desaparecidos fue la primera evidencia de que la dictadura los había asesinado, el comienzo del tortuoso proceso de asumir que jamás volverían a verles con vida. Y ahora sabemos, además, que fue el inicio de una operación por la que Gladys Marín acaba de presentar otra querella criminal contra Pinochet: la exhumación de las fosas clandestinas de los restos de centenares de víctimas y su desaparición definitiva arrojándolos al oceáno o dinamitándolos. Hoy los hijos de las víctimas de Lonquén pretenden construir un memorial donde estuvieron los hornos y protestan porque el Gobierno del socialista Ricardo Lagos ha instalado un enorme basurero a tan sólo un kilómetro de aquel lugar emblemático».
Pero ¿frenó la represión posterior o se mantuvo con la misma intensidad?
«La disminución de la represión física (no así de la económica y la psicológica) se produjo a partir de la caída de la segunda dirección comunista clandestina en diciembre de 1976. En ello influyeron las denuncias internacionales, las condenas en Naciones Unidas y las luchas de los familiares de los desaparecidos, que habían realizado dos huelgas de hambre. Pero también hay que tener en cuenta que un millón de chilenos estaban exiliados y que la junta militar ya había cumplido entonces su objetivo de aniquilar el movimiento popular».
Dices que Chile está muy lejos de la democracia.
«En Chile no ha habido una transición, hubo un cambio de modelo, de una dictadura a una ‘democracia protegida’, que hasta ahora no ha sido posible transformar porque la derecha está atrincherada en el legado del pinochetismo y la Concertación (coalición de democristianos y socialistas en el gobierno desde 1990) ha traicionado su programa reformista de 1989. Pero lo más preocupante es que, si bien las reformas políticas podrían ser posibles después de largas negociaciones, es muy difícil cambiar el modelo neoliberal tras el tratado de libre comercio con Estados Unidos firmado por Lagos. Frente a todo ello, el Partido Comunista ha promovido una amplia alianza, el Poder Democrático y Social (PODEMOS), que intenta forjar una alternativa democrática y socialista y que espera avanzar en las elecciones municipales de octubre.
¿Es ese legado institucional y económico de la dictadura más preocupante que la vigencia del decreto-ley de amnistía de 1978?
«Sí, porque desde hace cinco años la mayor parte de los jueces sostienen que esta ley no impide investigar los casos de detenidos desaparecidos, ni siquiera impide condenar a los responsables por el delito de secuestro permanente. De hecho, decenas de militares y miembros de la DINA están procesados gracias a la tenaz lucha de la izquierda y el movimiento de derechos humanos y el año pasado la cúpula de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), a excepción de Pinochet, fue condenada por la desaparición de Miguel Ángel Sandoval, compañero del MIR».
Ahora estás preparando tu tesis doctoral sobre Antonio Llidó, un sacerdote valenciano desaparecido en Santiago de Chile en 1974.
«Antonio llegó a Chile en 1969 después de realizar un revolucionario trabajo educativo en dos aldeas de Alicante que le costó la sanción de su obispo, que le envió a cumplir el servicio militar a El Ferrol. Tanto en Alicante como en Galicia, Llidó realizó su labor con la ayuda de militantes del PCE. En Chile volvió a hacer un extraordinario trabajo con los estudiantes, los campesinos, los obreros y como dirigente del MIR tras el golpe de estado pasó a la clandestinidad, hasta que en octubre de 1974 fue detenido, torturado brutalmente por la DINA y hecho desaparecer. Un mes después Pinochet dijo ante dos obispos sobre Llidó: ‘Ese no es un sacerdote, es un marxista, y a los marxistas hay que torturarles para que hablen. La tortura es necesaria para extirpar el marxismo’. Si Pinochet hubiese sido extraditado a España, estas palabras hubieran bastado para condenarle ya que prueban que conocía al detalle los crímenes de sus subordinados».
¿Se podrán recuperar los cuerpos de los desaparecidos?
«En Chile no se ha hallado ni siquiera el diez por ciento de los detenidos desaparecidos y creo que se encontrarán muy pocos ya porque la DINA organizó un operativo para hacer desaparecer los cuerpos en el mar, los ríos, los volcanes… desde el aeródromo de Tobalaba, en Santiago, en el más absoluto secreto. Y después, a partir del terrible hallazgo de Lonquén, el ejército se encargó de exhumar y destruir los restos óseos de muchos compañeros para evitar nuevos descubrimientos».






