Comunicación y Cultura

La mesa camilla…

«Mesa camilla: dícese del mueble formado por cuatro patas y una superficie circular, habitualmente de madera, que se recubre con ropa de abrigo para crear una campana de aire caliente. A su alrededor suele sentarse la familia, y cuando el brasero era de picón, le echaban cáscaras de naranja para perfumar la estancia…» Así empieza un largo artículo en el que un camarada joven, radical y crítico me comunica su opinión negativa sobre la situación actual de IU y del PCE.
Significativamente, su fortísima indignación no va dirigida hacia la línea política, la doctrina de los Padres Fundadores, o la oportunidad de la Revolución Socialista, sino hacia el talante y la capacidad de los cuadros y dirigentes de ambas formaciones. Y a la imagen de la mesa camilla añadía otra no menos explícita: la de que estamos jugando al juego de la silla, o sea, que las formaciones políticas ya no son agrupaciones de militantes sino familias de cuadros que se disputan los escasos asientos disponibles.

Empujado por su radicalismo, mi comunicante establece unas duras conclusiones sobre la probabilidad de que unos envejecidos y agotados dirigentes estén a la altura que demandan las circunstancias y puedan ponerse a tono con las expectativas y formas de percibir las cosas de los jóvenes de ahora. A título de ejemplo me citaba las clamorosas lagunas que tenemos sobre la manera de comunicar a través de las nuevas tecnologías. Nada que objetar a su requisitoria. También yo le hice notar a mi padre que había sido capaz de sacarse el carnet pero que nunca aprendería a conducir.

La cuestión principal es que mi joven comunicante está convencido de que los que disputan por la representación de la imagen de marca están alejados de los militantes y no saben aprovechar y desarrollar los recursos que aportarían quienes, como revitalizante savia nueva, pudieran sentirse llamados a organizar su lucha en nuestras filas. Y eso es lo más terrible. Llegar a pensar que tu militancia se limita de hecho a plantear tu disponibilidad dentro de una inoperancia organizativa: («Yo, que como joven repleto de hormonas, deseo enormemente aportar mi grano de arena para que esta sociedad cambie hacia una comunista, y que espero el momento para salir a la calle a convencer a quien haga falta de que el comunismo es, hoy por hoy, la única forma posible de organizar una sociedad justa y solidaria, no puedo caminar si detrás de mí no hay un PCE y una IU que sean una alternativa real al resto de partidos, y que demuestren con hechos que nuestro discurso … encuentra su primera forma de expresión en nuestro propio partido»).

Me parece muy bien que este joven esté cabreado. Yo también lo estoy y eso que soy más consciente de mis propias limitaciones. Pero bueno sería que nuestros dirigentes tengan en cuenta que este tipo de frustración en los militantes es un poderoso revulsivo para reconstruir una izquierda organizada y verdaderamente alternativa siempre que se actúe al aire libre, con total transparencia, poniendo las ganas de trabajar y los proyectos concretos por delante de tanta sesión de familias en torno a su mesa camilla y a tanto correteo y alboroto para no perder silla o escaño en el decreciente número de los disponibles. Como diría el poeta: «¡A la calle!, que ya es hora de pasearnos a cuerpo».

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