Como era previsible, la conquista militar de Iraq no planteó grandes problemas a las fuerzas angloamericanas. Bagdad cayó el 9 de abril de 2003. Algunos, como Donald Rumsfeld, hablaban de la «liberación de Iraq» e imaginaban que las tropas serían acogidas con coronas de flores, como en París en 1944… la decepción fue grande cuando, casi simultáneamente, empezaron los ataques contra los estadounidenses, ataques que mostraban que la posguerra sería más complicada que la propia guerra.
También en ese momento, un buen número de observadores se sorprendieron al ver que el entorno de Bush no había preparado seriamente la ocupación de Iraq. Se habían creído su propia mentira: imponer la democracia a golpe de misiles, blindados y bombardeos.
Uno de los argumentos mencionados por Washington para convencer de la necesidad de la invasión era que la eliminación de Sadam Husein «reduciría la violencia en la región y el terrorismo en el mundo». Error monumental, prueba de una ignorancia abismal sobre la realidad de la región y de Oriente Próximo. La invasión de Iraq no ha hecho avanzar en nada la solución del problema principal: el conflicto palestino-israelí. E incluso lo ha agravado. Retrospectivamente, se puede afirmar que las cosas irían mejor si Washington hubiera situado en cabeza de las prioridades para esta región la paz entre israelíes y palestinos, y no la destrucción de Iraq.
(…) Iraq no es Vietnam. Pero ya se ha producido una inversión de papeles: los atacantes están a la defensiva. El cuerpo expedicionario estadounidense tiene ahora un objetivo prioritario: protegerse a sí mismo de los golpes que le propina una resistencia plural, multiforme y cada vez más audaz. Las cifras son explícitas: el 13 de noviembre de 2004 habían muerto en Iraq, desde el inicio de la invasión (20 de marzo de 2003), 1.186 soldados estadounidenses, a los que habría que añadir 146 muertos entre las tropas suplementarias británicas, italianas, polacas, etc.
Con una potencia de fuego apocalíptica los estrategas de Estados Unidos se limitaron, para conquistar Iraq, a aplicar el axioma del mariscal Foch, según el cual la guerra moderna consiste en buscar el corazón del ejército enemigo, el centro de su poder, y destruirlo en combate.
Una destrucción que resultó más fácil de lo que podía esperarse, porque el ejército iraquí se volatizó ante Bagdad y, por así decirlo, no frenó la cabalgata de los conquistadores. Había que preguntarse si no se trataba de una estratagema para dejar penetrar a los invasores y cogerlos luego en la trampa de un conflicto asimétrico de muy larga duración. Pues las fuerzas estadounidenses están ahora «fijadas» en Mesopotamia por mucho tiempo. Cualquier salida precipitada conduciría a una guerra civil y una «libanización» de Iraq que transformaría a este país, durante decenios, en un «foco perturbador» del mundo.
Espiral de violencia
(…) Con la preocupación de no proporcionar nunca una diana a los ocupantes, el objetivo de los insurgentes iraquíes consiste en imponer a los estadounidenses la mayor línea de defensa pasiva posible, que es la forma de guerra más costosa. La espiral de violencia se ha desplegado así inexorablemente. Para un número creciente de iraquíes moderados, la «liberalización» de la tiranía de Sadam Husein no ha tardado en revelarse como una ocupación extranjera despreciable, y combatirla se ha convertido para ellos en un deber imperioso. La represión ha reactivado la resistencia.
Alimentada por el odio del invasor, una dinámica de venganza domina a las desorientadas fuerzas de ocupación, que se esfuerzan en distinguir a sus adversarios de sus «amigos». De este modo, multiplican los «atropellos» contra éstos, que, considerados, por otra parte, como «colaboracionistas», constituyen un objetivo básico para los insurgentes.
Se habla sobre todo del «triángulo sunní», pero las zonas shiíes del sur están lejos de ser seguras para los ocupantes, como mostraron, en agosto de 2004, los violentos enfrentamientos contra el «ejército del Mahdi» las milicias del Moqtda al-Sadr en Nayaf.
Los invasores de Iraq apostaban por la complicidad de los shiíes, conforme al siguiente razonamiento: si esta comunidad había sufrido tanto bajo el yugo de Sadam Husein, era probable que se convirtiera en su aliada para destronar al tirano y luego se sintiera obligada hacia ellos. Razonaban como lo habían hecho en otros tiempos otros conquistadores. Pero la situación en Iraq no era en absoluto comparable.
Mosaico de pueblos y religiones, Iraq está compuesto principalmente por dos grupos étnicos, los árabes y los kurdos, que no hablan la misma lengua, y de dos grupos religiosos dominantes. Sunníes y shiíes, dos ramas de una única religión, el islam. En el mundo musulmán, los sunníes son más numerosos, pero en Iraq los shiíes son mayoritarios. Estos se encuentran en el sur del país y en los barrios pobres de Bagdad. Los kurdos, también musulmanes, son sunníes, como los árabes del centro de Iraq, pero tienen una lengua distinta, el kurdo, de la familia indoiraniana, próxima al farsi que se habla en Irán y sin relación con el árabe.
Cisma sunní y shií
El shiísmo es el principal cisma del islam. Se constituyó pocos años después de la muerte de Mahoma (8 de junio de 632) en torno a una cuestión fundamental: la sucesión del profeta. Los primeros califas que sucedieron a Mahoma eran nombrados por los discípulos directos de éste. En 656 designaron como cuarto califa a Alí, primo y yerno de Mahoma. Pero, cinco años más tarde, en 661, se produjo un levantamiento y Alí fue asesinado. Sus partidarios, legitimistas, se organizaron para defender los derechos califales de los sucesores de Alí contra los califas oficiales. Entonces fundaron un partido, el chi’a, que daría nombre a esta corriente, el shiísmo.
Este movimiento sitúa al imán -descendiente de Alí- en el centro de la organización religiosa. Doce imanes, enviados de Dios, han perpetuado el ciclo de los profetas; ciclo que, para los sunníes, acaba con Mahoma. Entre estos imanes, Husein, hijo de Alí, ocupa un lugar fundamental. Perseguido por un califa oficial, Husein se refugió en la ciudad iraquí de Kerbala en octubre de 680. Con 72 compañeros resistió al sitio. Pero, finalmente, se rindió y él y sus compañeros fueron martirizados. Este calvario -que se conmemora cada año durante el mes sagrado de Muharram con espectaculares ceremonias de expiación- desempeña un papel central en la mitología sacrificial de los shiíes (un poco como la Pasión para los cristianos).
El elevado sentido del sacrificio propio del shiísmo (que roza el fanatismo) y su filosofía de muerte han hecho de los shiíes unos combatientes fuera de lo normal y los ha convertido en temibles adversarios. Los 130.000 soldados estadounidenses [sin mandato de la ONU, las fuerzas de ocupación alcanzan un número de 155.000 hombres procedentes de 34 países. Entre ellos, no hay ningún Estado árabe o musulmán], de los que sólo 56.000 son auténticos combatientes [compárese con los 39.000 hombres que mantienen el orden sólo en la ciudad de Nueva York] se revelan ya insuficientes para «dar seguridad» a un país en estado de insurrección.
Medio millón de soldados
(…) Al ser la población de Iraq de unos 25 millones de habitantes, el número de militares necesarios para mantener el orden debería ser de medio millón de soldados. Y Estados Unidos está lejos de disponer de esta cifra. (…) Por eso, han apostado por los mercenarios. Las embajadas extranjeras, las empresas occidentales beneficiarias de los contratos de reconstrucción (especialmente estadounidenses ligadas a la administración Bush), los ministerios y otros edificios públicos están protegidos por miles de mercenarios reclutados por oficinas privadas.
(…) En lugar de disuadir al terrorismo internacional, la ocupación de Iraq lo ha estimulado y reactivado. (…) Más pronto o más tarde, a este ritmo es posible que terrorismo y armas de destrucción masiva acaben por encontrarse en el seno de una misma organización violenta cuyos golpes podrían ser terroríficos.






