Constitución europea

Los del sí, los del no y otros comportamientos curiosos

Vaya por delante que siempre permaneceré al lado de los míos, que son los que pierden a lo largo de la Historia, porque, desde siempre, somos la mayoría, incluyendo en ésta a algunos que creen que ganan aunque sea renunciando a todo. Quede claro que ya he apreciado la indignante manipulación sentimental que ejercen los poderes para que les otorguemos nuestra confianza electoral y que me he sonreído de las disputas fraternales entre progres y rojeras de toda la vida por un sí o por un no, como si estuviéramos en la posibilidad de cambiar el curso de la Historia, cuando se vé claramente que lo único que podemos conseguir es que el coro desafine un poco sobre la partitura que nos han colocado en los atriles. Y entiéndase que mi pesimismo es grupal y no individual. Que no me doy por vencido ni renuncio a mis ideas y que sé que la pelea continúa y que tengo que participar en ella porque quiero ser humano de los de dignidad personal, ideas personales y posicionamiento individual que aspira a coincidir con el de otros muchos pero que no se deja condicionar por los índices de audiencia.

O sea, que una vez más me han facilitado la lúcida comprensión de lo que valgo, de por quién me toman, de qué lugar ocupo en esta sociedad y de cuáles son las expectativas de futuro para la gente que pensamos más o menos lo mismo aunque tardemos mucho tiempo en elaborar un comunicado conjunto. Ya lo sabía, pero es mejor no llamarse a engaño y comprobar las coordenadas para no desubicarse. Desde luego, analizando la campaña publicitaria del sí, no hay despiste posible.

Observo, sin embargo, que gentes que se mueven en mi entorno, cultas, con estudios superiores, con puestos de trabajo de cierta responsabilidad, con profesiones que exigen razonamientos muy ajustados, se lían con los conceptos y con los argumentos. Las ideas, en general, son respetables y mucho más el derecho a exponerlas y defenderlas, pero resulta escandaloso que cualquier paparrucha pueda colarse en una conversación con la aparente fuerza de un silogismo del que nadie percibe su premisa falsa.

El otro día, una persona muy querida y respetada por mí apoyaba su intención de votar que sí en un espíritu de antiamericanismo a lo progre. O lo que es lo mismo: anunciamos que trabajamos para la paz mientras aseguramos a los fabricantes de armas que vamos a incrementar los gastos militares. Como dijeron los romanos: «Si vis pacem para bellum», de donde viene una conocida marca de pistolas y mi convencimiento personal de que nos ametrallan con frases ingeniosas que preparan el camino para lo contrario de lo que anuncian.

Lo más urgente, sin embargo, no es dolerse en banderillas, ni demostrar que uno es tan listo y tan independiente que ninguna organización te ha condicionado el voto. Lo más urgente es darse cuenta y asumir personalmente que para que haya otra Europa tiene que haber otra política, no simplemente otra opinión. Los individuos hacemos, algunos, lo que podemos en pro de otra forma de entender la vida, la militancia, la participación en las instituciones. Algún partido tendría que ser capaz de recoger ese caudal de recursos y aplicarlos con eficacia y eficiencia, que no estamos para derroches. Pero, si esto no ocurriera, siempre nos quedará la batalla ideológica en una sobremesa familiar entre restos de paella y con el telediario a medio digerir. Esa será la única guerrilla posible y os aseguro, camaradas, que será una larga marcha en busca de nuevas complicidades hasta que cambie la correlación de fuerzas.

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