Nuestros oídos y lo que es peor nuestra conciencia y nuestra capacidad de asimilación, se han ido acostumbrando como a una referencia cotidiana homologada con el vivir de cada día a la palabra precariedad. Ese dato de un 34% de contratos impensables en un autodenominado Estado de Derecho es únicamente un aspecto, una faz, un dato de una realidad salvaje.

Existen además otras precariedades tan injustas, lacerantes e ilegales como ese porcentaje de hombres, y sobre todo mujeres, para los cuales los Derechos Humanos, las constituciones, la UE y todo el montaje restante son puros entes ínsitos en cualquiera de los limbos creados por la mente humana.

El nivel salarial de un porcentaje mayoritario de la población laboral española es notablemente insuficiente para una vida sin dispendios de ningún tipo. Es estremecedor comprobar como la mítica cantidad de mil euros como salario «normalizado» es un referente cada vez más alejado de jóvenes trabajadores e incluso de trabajadores ya no tan jóvenes.

La precariedad en el acceso, uso y disfrute de una vivienda digna es ya un tópico. Alquileres caros y leoninos, precios de pisos que condenan a la gleba bancaria a quienes se atreven a embarcarse en la aventura.
Precariedad en pensiones y jubilaciones que no pueden ocultar los ejercicios numéricos de los ministros del ramo.

Precariedad comparativa con la UE respecto a Gasto Social y a Presión Fiscal y precariedad fiscal con las rentas del trabajo en beneficio de las del capital. Precariedad distributiva a la hora de subvenciones comunitarias a la Agricultura; en Andalucía el 20% de las ayudas recibidas son para el 0,9 % de los agricultores.

Precariedad ética y moral de organizaciones e instituciones nacidas a la Historia como defensoras y concienciadoras de los oprimidos que en esta hora coadyuban con su silencio y su discurso evasivo a que se siga perpetrando esta ofensiva brutal.

Precariedad analítica y de servicio público de medios de comunicación, formadores de opinión y vividores de la cosa que un día sí y el otro también ensalzan los crecimientos económicos pero obvian sus causas y ocultan que las diferencias son cada día mayores. Se deleitan en el crecer y no reparan en el repartir. A estas precariedades se le añade otra: la de aquellos que renuncian a saber, a inquirir o a opinar porque prefieren el sueño de la cultura del espectáculo (incluido el político) a conocer la verdad.

Reorganizarse para plantear una lucha política, ideológica y social en tantos frentes pero con un denominador común es una tarea urgente para una fuerza política que se sepa portadora de un instrumental de análisis y de una capacidad de lucha ideológica en el seno de la sociedad y de todas las organizaciones que en ella hay.

Quizás no haya habido en la Historia un momento como éste en el que la alternativa social bascule sobre dos pies exactamente iguales en importancia y dedicación: La Cultura y la Movilización consecuente. Combatir las precariedades y las indigencias de todo tipo es una tarea que no espera.