El anuncio del próximo e inexorable final de Mina La Camocha puede percibirse como un mero episodio, entre otros, dentro del continuado declive del sector económico que ha marcado la evolución de Asturias en los dos últimos siglos; o ser visto, simplemente, como un jalón más de la inacabable crisis industrial sufrida por la comarca gijonesa en las décadas recientes. Probablemente no constituya ni siquiera un caso de especial relevancia dentro de ese proceso.
Tal vez sea cierto, como se ha dicho, que el problema coyuntural de los 173 puestos de trabajo afectados va a resultar eficazmente paliado mediante jubilaciones anticipadas y el traspaso de parte de la plantilla a la empresa pública minera HUNOSA.
Sin embargo, más allá de lo que representa un nuevo cierre empresarial dentro del interminable goteo de crisis parciales que va clausurando, pieza a pieza, lo que aún sobrevive de la vieja historia industrial de Asturias, las resonancias que despierta el conocido pozo afectan también a una parte entrañable de la memoria popular. Con la Camocha desaparece una porción vital de lo que fue y representó esa Asturias roja que, alimentada con el recuerdo legendario de las huelgas mineras, «marcó el camino» de la lucha antifranquista en momentos decisivos.
La Mina de la Camocha, próxima a la ciudad de Gijón, comenzó a extraer hulla en 1935, adquiriendo en las primeras décadas del Franquismo un auge que le permitiría mantener su condición de explotación privada cuando, en la década de 1960, la mayor parte de las empresas carboneras asturianas optaron por integrarse en el lucrativo negocio de socialización de pérdidas que fue la HUNOSA del desarrollismo.
Para entonces, había sido capaz de inspirar cantos y evocaciones folklóricas de acento más o menos despolitizado, con mineros que se supone escuchaban a lo lejos el ruido del mar mientras se entregaban a su rudas tareas. Pero, sobre todo, había proporcionado ya el más conocido mito fundacional entre los que acompañaron al nuevo movimiento obrero surgido bajo la dictadura.
Se ha dicho, en efecto, que, allá por enero de 1957, en La Camocha se constituyó la primera Comisión de trabajadores, germen del futuro movimiento de las Comisiones Obreras. Allí un comunista, un católico, un independiente, un falangista ex-divisionario y otro trabajador más sin identificar habrían ensayado por vez primera esta fórmula explosiva destinada a imponerse. Sin duda otras localidades podían reivindicar, con los mismos derechos, similar primacía, ya que el origen de las Comisiones fue, como es sabido, multifocal. Pero La Camocha reunía todos los ingredientes para asumir el papel de mito originario: estar enclavada en una región (Asturias) y un sector (el minero) de épicas resonancias en la militancia obrera en nuestro país; y también haber sido impulsada sobre todo, pese a su carácter plural, por el trabajo tenaz de unos militantes comunistas por entonces empeñados en trenzar abnegadamente los mimbres de nuevas formas de resistencia que harán eclosión especialmente desde comienzos de los años 60.
En el caso de La Camocha, los sucesivos conflictos que se remontan ya a la huelga de brazos caídos de 1951, pero sobre todo los brotes huelguísticos de enero de 1957 y de 1958, se asientan sobre las particularidades de una explotación hullera geográficamente separada de las cuencas principales y también relativamente aislada con respecto a la vecina ciudad gijonesa. El contexto comunitario de una barriada construida ex novo en la década de los cincuenta y la acción organizada de un grupo de comunistas, muchos de ellos procedentes de otras comarcas (especialmente la del Nalón) y algunos con el bagaje acumulado de una trayectoria previa de lucha y represión, explican en parte el éxito de estas acciones, protagonizadas mayoritariamente, en todo caso, y de manera ideológicamente plural, por nuevas generaciones de luchadores.
Como fruto del denodado esfuerzo militante, las elecciones sindicales de 1957 darían el triunfo a una candidatura unitaria dentro de la cual convivía una nítida presencia comunista con algunos socialistas y otros obreros honestos. Y aunque la dura represión policial de 1958 afectó a la vanguardia organizada, no impediría que, en la primavera de 1962, dentro de la amplia oleada huelguística que marca un antes y un después en la resistencia antifranquista, La Camocha fuera, en la comarca gijonesa, la primera empresa en secundar el paro y la última en reintegrarse el trabajo. Los conflictos de 1962 y 1963 popularizaron, por iniciativa del PCE, el nombre de La Camocha unido al de las Comisiones obreras, y por supuesto entrelazado con los de otros pozos mineros pronto convertidos en leyenda, en aquellos tiempos en que -como decía el por entonces historiador comunista Tuñón de Lara-, las piquetas asturianas quebraban la noche e incitaban «a construir el alba». En esa geografía sentimental del antifranquismo, la familiar toponimia de los enclaves mineros asturianos, repetida de boca en boca, llegó a ocupar un espacio claro e insustituible.
Ahora se habla de que La Camocha va a convertirse en «parque empresarial» para «firmas de alta cualificación», en una de esas operaciones de postmoderno y tal vez cosmético reciclaje para un tejido industrial en período de desguace. Seguramente para evitar sospechas de especulación inmobiliaria que ya afectan, como una pesada sombra, a otros terrenos urbanos de uso industrial (los de los astilleros), la mayoría socialista del Ayuntamiento de Gijón ha rechazado públicamente la posibilidad de construir viviendas en los 400.000 metros cuadrados que el desmantelamiento de las instalaciones mineras van a dejar vacantes.
Ocasión tendremos de ver cuál será su destino posterior. Pero en la memoria de los trabajadores y los antifranquistas asturianos y españoles, La Camocha será siempre un lugar emblemático en el que los mineros, después de años de forzado silencio, volvieron a levantar la llama de la rebeldía en tiempos difíciles y marcaron un camino de futuro impulsando nuevas formas de organización y lucha.
* Historiador de la FIM






