Movimiento Obrero

Realidades, lecturas y preguntas en torno al movimiento obrero

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El diagnóstico
Que el movimiento obrero, y por consiguiente la clase obrera, tras protagonizar durante más de un siglo las principales luchas y conflictos en el seno de las sociedades capitalistas, comenzaba a finales de los cincuenta del siglo pasado a perder capacidad de influencia y de visibilidad, fue un hecho, aunque escasamente observado, si apuntado por algunos analistas. «Una fase de nuestra historia social debe cerrarse definitivamente, la fase religiosa del proletariado» escribía Michael Croizer por aquellas fechas. Y si por entonces el proletariado como el sujeto que encabezaría la revolución socialista comenzaba a enviarse al basurero de la historia (véase el conocido libro de A. Gorz, Adiós al proletariado, 1981); durante los setenta y ochenta con el inicio de la crisis económica a nivel mundial, y una vez comprobado los límites del «capitalismo keynesiano domesticado», algunos autores comenzaban a interrogarse en torno al destino del movimiento obrero: ¿Crisis de la conciencia obrera? (J. F. Tezanos, 1982); ¿Ha muerto la clase obrera? (E. del Río, 1982). A lo largo de los noventa más allá del diagnóstico las preguntas girarían en torno a los porqués y las causas: ¿Todavía la clase obrera? (R. Diez-Salazar, 1990); ¿Por qué la clase obrera ha perdido la partida? (R. Castel, 1995). En estos últimos años confirmadas buena parte de las anteriores previsiones, y aunque cada vez con una menor atención, no pocos han continuado interrogándose en torno a ¿Qué fue de la clase obrera? (A. Recio, Mientras Tanto, nº 93, 2004), así como otros han venido insistiendo en las Continuidades, transformaciones y cambios en La clase obrera en España (D. Lacalle, 2006).

La «extraña derrota del movimiento obrero», tal como en alguna ocasión lo hemos definido, no sólo ha venido acompañada de una realidad social palpable, sino que a esta crisis le ha seguido un claro desinterés en el estudio de su formación y desarrollo. «Dado que parece cada vez menos probable que la clase obrera organizada asuma el papel liberador que le asignaban tanto los discursos revolucionarios como reformistas, el estudio de la historia de la clase obrera ha perdido parte de su apremio», concluía W. Sewell (Post-materialist Rhetoric for Labor History, 1993).

El análisis
De obreros a ciudadanos (A. Bilbao, 1995) o Del obrero consciente al currante posmoderno (D. Ruiz, 2001) han sido algunas de las expresiones para tratar de ejemplificar los cambios habidos. Contexto en donde el trabajo ha sido redefinido en las sociedades postindustriales, con cada vez una menor capacidad para generar una identidad como vehículo para construcción de un nosotros colectivos. Desregulación, desindustrialización, deslocalización, reformas laborales, flexibilidad, modernización, y un largo etcétera son algunas de los conceptos-ideológicos más repetidos en estos últimos treinta años, y tras ellos se encuentra una consecuencia aún escasamente asumida por parte de las fuerzas políticas y sindicales de este país: la pérdida de la centralidad del mundo del trabajo para cada vez una mayor parte del conjunto asalariado. Lo anterior no significa, ni mucho menos, que la explotación, la miseria, la precariedad… hayan desaparecido (al contrario han crecido exponencialmente), sino es la propia degradación del trabajo -observado crecientemente desde su perspectiva salarial- una de las claves que dificultan la conformación de un nuevo movimiento obrero. Fragmentación, rupturas, dualización…, se encuentran, por tanto, en la base misma de la progresiva pluralidad de experiencias de la clases trabajadoras. Lo que a su vez ha generado en su mismo seno «fronteras excluyentes», como indicara B. J. Silver, a través de la defensa de intereses particulares en el propio conjunto asalariado; como a través de la clara fractura generacional en el proceso de transmisión de una memoria histórica colectiva compartida, que han terminado por finiquitar una unidad (que nunca fue completa) debilitando su capacidad de acción, ampliamente reflejada ésta en la disminución de la conflictividad social como se manifiesta en el actual «modelo social de paz español».

El pronóstico
De lo que se trata, por tanto, es de preguntarse de forma crítica si la actual crisis del movimiento obrero es coyuntural o si por el contrario nos encontramos ante una crisis terminal. No han faltado, por un lado, quienes inclusive desde posiciones francamente progresistas, han venido a indicar como «la clase obrera y el movimiento obrero ya son historia. Una historia de aproximadamente sesenta o setenta años, entre el fin de la segunda década y los años ochenta…» (R. Cruz, «El órgano de la clase obrera», Historia Social, nº 53, 2005). Sin embargo, dos obras con escasa repercusión en España, desde mediados de los noventa, advirtieron de la necesidad -desde una mirada a largo plazo- de contextualizar adecuadamente esta crisis. De ahí que R. Castel (La metamorfosis de la cuestión social, 1995) planteara como debíamos ser cautos y entender que aunque «El edificio se agrieta precisamente en el momento en que esta «civilización del trabajo», parecía imponerse de modo definitivo bajo la hegemonía del salariado…no se trata del eterno retorno de la desdicha sino de una metamorfosis completa, que hoy día plantea de manera inédita la cuestión de enfrentar la vulnerabilidad después de las protecciones». Un tiempo más adelante B. J. Silver (Fuerzas de trabajo, 2003) apuntaba, también, como a pesar de que la clase obrera ha sido la gran derrotada en la configuración del nuevo modelo de producción, una visión global de las crisis del capitalismo de finales de siglo XIX y XX, teniendo en cuenta además la actual dinámica del mercado, viene a mostrarnos como «las crisis de los movimientos obreros a finales del siglo XX es coyuntural y será probablemente superada con la consolidación de nuevas clases obreras «en formación».

Por este camino es por donde debería comenzarse a transitar a la hora de estudiar lo que ha venido a definirse como la Generación de la precariedad: ¿será ésta la nueva clase obrera aún en formación? A pesar de estos tiempos de crisis, un análisis que supere la mera coyuntura, y absurdos conceptos -la generación mileurista-, y recoja la experiencia acumulada de los ciento cincuenta años de historia del movimiento obrero como punto de partida, podrá, probablemente, observar la salida del túnel con mayor optimismo. Mientras tanto, y para reorientar nuestra mirada hoy un tanto difusa no estaría de más retomar algunas grandes preguntas para comenzar dicha tarea: ¿Cómo domina la clase dominante? (G. Therborn, 1978).

* Univ. Complutense de Madrid

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