La Atalaya

¿Qué República? (I)

La Transición veló con un manto de olvido pactado todo aquello que hiciese referencia a la II República y al sistema republicano en general. Cuando alguien intentaba retrotraer el tema en debates o en encuentros políticos, el comentario de la oficialidad zanjaba la cuestión y con ello la posibilidad de verla en el orden del día siguiente. No era una negativa rotunda sino una consideración llena de «realismo» y «sentido común». Decían que la forma de Estado, en sí mismo considerada, no significaba gran cosa porque lo importante era una sociedad justa con Democracia política y social. Se argüía que abundaban los ejemplos en los que una monarquía parlamentaria podía ser mucho más avanzada que una república conservadora o que sirviera de fachada para una dictadura fascista.

El fraude de tal argumentación no estribaba en la formulación del ejemplo (la Historia demuestra con ejemplos la justeza del mismo) sino en que se aislaba la cuestión de lo sucedido en España: una sedición militar contra un régimen político democráticamente constituido. La Transición no fue otra cosa que una restauración alfonsina con la vuelta de la monarquía derrocada, las palatinas élites políticas pastoreadas, los intereses de las oligarquías salvaguardados y la corrupción institucionalizada «democráticamente».

Sin embargo, hoy en día, cuando el sentimiento republicano y las actividades en torno a él crecen diariamente debemos transformar el sentimiento en propuesta política concreta y útil para la mayoría. Plantear a palo seco el dilema monarquía o república, en este momento político preciso, es gastar en salvas unas energías que van a ser necesarias para el combate de fondo. Recordemos la idealización taumatúrgica de la palabra Democracia durante aquellos años setenta y ochenta. Recordemos los Pactos de la Moncloa «para estabilizar la Democracia» y recordemos el antidemocrático sistema electoral, por decir algo.

La III República española será posible si concitamos en torno a ella una mayoría social cohesionada por la conciencia de saber qué quiere, cómo lo quiere y para qué lo quiere. Ese período que podemos llamar constituyente está caracterizado por labores de organización, difusión, información, recuerdo histórico… pero sobre todo por la elaboración de aquellos contenidos que estructuran la identidad del proyecto republicano.

A partir de ahí todas las actividades difusoras del ideal republicano y su posible instauración son impulsos de carácter ético-ideológico que elevan a la categoría de Alternativa la propuesta programática inherente a una III República.

En el artículo próximo expondré los contenidos y fundamentos que, a mi juicio, dan al proyecto republicano la consistencia de una sociedad plenamente democrática y un estado que constituido por ella sea democrático y por ello necesario, válido y realizable.

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