El capitalismo, basado en la codicia, la propiedad privada y la descentralización de las decisiones, es cíclico y está sujeto a los vaivenes de la enfermedad maníaco depresiva financiera. No hay un subastador que arbitre el conjunto de la economía ni un encargado de aplicar sistemáticamente «condiciones de transversalidad» que eviten la explosión periódica de burbujas de precios de los activos en los mercados especulativos. Desgraciadamente es así ,tenemos que aceptarlo. La última vez que la humanidad trató de poner fin a estos excesos del capitalismo fue con la planificación central, y todos conocemos los resultados (Willem Buiter, profesor de Economía Política en Londres y desde Enero de este año economista jefe del banco estadounidense Citigroup. Recogido del Informe anual de Libertad Económica en el Mundo de 2009 y publicado por el diario El Economista).

El texto anterior constituye la muestra más acabada y sibilina de la línea argumental con la que el capitalismo se erige en la única vía posible. Renuncia a hacer una alabanza del sistema. Simplemente lo presenta como inevitable. Busca provocar en los lectores la resignación. No hay opción alternativa que sea viable. Del discurso que presentaba a los alternativos y luchadores contra el sistema, como equivocados, locos, rojos o desviados se ha pasado a la descalificación basada en la inanidad, en la irrelevancia y en la falta de consistencia de cualquier otra propuesta distinta. Del infierno al que se nos condenaba se nos ha pasado directamente al limbo. Y para ello sitúa como único ejemplo de propuesta alternativa seria, lo que llama la «planificación central». El hundimiento de la URSS sigue dando mucho juego.

En consecuencia, para el autor el capitalismo queda como mal menor al cual se deben someter voluntades, políticas, valores, programas y apuestas de futuro. Desde el «dejad toda esperanza» que Dante colocaba en la puerta del infierno para información de los que iban a entrar en el mismo, no ha habido otra línea argumental más cargada de inexorabilidad. Aquí está el epitafio a la Política, la creación social, la voluntad de cambiar el mundo, los anhelos de justicia o la lucha por la dignidad humana. Nada que hacer.

En 1992 Francis Fukuyama a través de su libro «El fin de la Historia», anunció que la desaparición del llamado socialismo real no sólo había constatado el fracaso del comunismo sino que además había proclamado la superioridad del capitalismo. En consecuencia y a través de lo que él llamó liberalismo democrático se abría una nueva etapa de la historia de la humanidad en la que las ideologías- innecesarias ya- serían sustituidas por la Economía. En esa nueva etapa que Fukuyama preveía, USA sería el lugar en el que se haría posible el sueño marxista de una sociedad sin clases.

Como comprobarán los lectores desde Fukuyama a Buiter ha habido una degradación notable. El primero pretendía lanzar un mensaje optimista; tras el comunismo el mundo recuperaba la posibilidad de desarme, justicia, bienestar y un nuevo orden social regido por el Derecho (recuerdo que esta tesis, bastante candorosa, era compartida por altos dirigentes de IU). Buiter no fantasea, no augura un nuevo orden, no plantea un ideal de mejoras; simplemente nos dice: resignaos.

En consecuencia tanto el FMI, la OCDE, la UE, el BCE o «los mercados» ya no se escudan en la promesa de venturosos días de pleno empleo tras los tijeretazos a los derechos de los trabajadores o después de terminar la demolición del llamado Estado el Bienestar. Incluso los denominados partidos socialistas, con el coro de medios de comunicación afines, no dudan en retomar palabras y expresiones como patriotismo, España, «deberes bien hechos» o «Europa reconoce nuestro esfuerzo» para justificar algo que subvierte la ejecutoria de sus raíces, la memoria de sus luchadores y los ideales éticos y revolucionarios que les dieron -otrora- sentido a su existencia. (continuará).