Armando López Salinas: entre la hoz y la lumbre

Este texto fue publicado en la edición impresa de Mundo Obrero nº238-239, de julio-agosto 2011, con motivo del homenaje a Armando López Salinas y Carlos Alvarez en el Ateneo de Madrid.

En 1960 la literatura española configura en el terreno de la narrativa, en el poético y en el teatral, avanzadillas de resistencia política y social al franquismo, aunque con enormes dificultades de difusión y edición. La censura, el perro guardián del franquismo y nacionalcatolicismo, impide un normal desarrollo del arte y el pensamiento español. En esta situación -los escritores luchan denodadamente para publicar y representar sus obras – surgen dos respuestas: el imposibilismo y el posibilismo, es decir, ir de frente o utilizar la elipsis como estrategias de simulación. Armando López Salinas, como Alfonso Sastre, decide en medio del debate político-intelectual entre posibilistas e imposibilistas, reconocer y plantear en sus obras problemas abiertamente de denuncia social y política con lo que la batalla con los medios represivos, la censura, fue el escollo, a veces insalvable de desarrollarse el arte y la cultura.

En esta encrucijada, Armando López Salinas es finalista del premio Nadal con su novela La mina. Cuando se publica alcanza una aceptación notable por parte de la crítica periodística, que señala la variedad y autenticidad de los personajes, su sincero y eficaz realismo y el dominio de sus temas y de los medios expresivos. Posteriormente, en los estudios de novela del siglo XX, se amplifican y desarrollan estas ideas. Gonzalo Soberano, por ejemplo, afirma que la trama de sus sucesos y situaciones impone veracidad convincente al relato, algo que hoy día nos conmueve porque el drama de sus protagonistas y su denuncia no son de entonces, sino de nuestro tiempo. El viaje de Joaquín – protagonista de la novela – y su familia a los infiernos, y no precisamente metafísicos, es el mismo que hoy día programan las agencias del mercado para seguir con la expoliación y la pobreza. Sólo ha cambiado el medio de transporte porque al tren de tercera clase le han sustituido los vuelos a bajo precio o la patera. La mina, en contra de los detractores del realismo social, es un relato verosímil, no idealizado de la clase trabajadora, con lo que su poder de documento, denuncia y esperanza no pierde su honda significación humana. Al final, después de la tragedia, la decisión de Angustias, esposa de Agustín, no es sino una afirmación de futuro: Ya no puede ni quiere volver atrás porque sus hijos, piensa ella, años más tarde estarían obligados a exiliarse otra vez.

En su segunda novela, Año tras año, A. López Salinas ahonda y lleva al límite de lo que se denomina «imposibilismo» su crítica y denuncia con la consecuente respuesta de la censura. Sobre esto, Lucía Montejo Gurruchaga apunta que Año tras año es una novela de esperanza en el cambio futuro, una novela política de ideología socialista que defiende la lucha de clases, una propuesta excepcional en la novela de medio siglo. Seguramente autor y editor sabían que presentarla a censura era un suicidio. El imprescindible artículo de esta autora, «La narrativa de Armado López Salinas: realismo crítico contra censura,» nos relata la vicisitudes de un proceso que terminó en París, es decir, Año tras año, fue publicada en la capital francesa en 1962. El ensayista Gil Casado dice que Año tras año es una crónica novelada del hambre, opinión que es matizada por Eugenio G. De Nora: «Sí, pero no sólo del hambre; y más que crónica, algo así como sinfonía coral, que avanza sobriamente, sin grandes agitaciones ni estridencia, reflejando, a la vez que la pobreza, el miedo difuso, las delaciones, y condenas por delitos de opinión, las cárceles, los fusilamientos.» Pero también una parte de la clase trabajadora que empieza a organizarse y actuar en contra de las injustas condiciones sociales. Si comparamos La mina con Año tras año, comprobamos que se ha producido un cambio cualitativo, no sólo en la elección de técnicas narrativas diferentes, sino en la selección de sus temas. Los cambios sociales y económicos y las propuestas de Camilo J. Cela en La Colmena necesitaban dialécticamente una respuesta.

S. Manzini nos recuerda que Armando López Salinas es el ejemplo más extremo del marxismo abnegado que se entregó a la literatura, pero después de Año tras año, Armando López Salinas abandona la actividad literaria para seguir desarrollando con más intensidad, como dirigente del PCE, una intensa vida política en varios sectores, pero sobre todo en fraguar alianzas entre el trabajo y las fuerzas de la cultura. Quizás, cuando se escriba su biografía, estemos ante su más edificante novela.

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