Estamos de enhorabuena todos aquellos que amamos la poesía en la música y la melodía mimada entre ropajes sedosos y dulces caricias. Estamos felices pues el ser humano es capaz de sacrificar su alma por la belleza y no sólo el dinero. Somos dichosos al embriagarnos de notas, acordes, voces, instrumentos…, de CANCIONES. Recuperamos la dignidad del arte entre un mar de inmundicia y falsedad. Es así ante discos como ‘Old ideas’, la nueva obra del poeta, músico y compositor canadiense Leonard Cohen. Un hombre de aspecto anciano, que pareció haber entregado todo en su trabajo anterior, ‘Dear Heather’ (2008) tras una colección de canciones previas de sublime factura, ‘Ten new songs’ (2001).
No fue así. Resurge el poeta místico, el hombre carnal, la figura penitente, el sempiterno amante insatisfecho. Se hace hombre la palabra. La hombre se hace eco del desasosiego postrado ante la divinidad. El desconcierto da paso al sarcasmo como salvavidas. La dualidad alma-cuerpo busca refugios. Es ese hombre cuya voz levita y cuya presencia infunde paz.
El disco se ciñe a la regla clásica de ‘diez canciones’. Es el gozoso encuentro con aquel hombre siempre dispuesto a seducir, a morder, a inquietar, a ocultar sus intenciones en historias, voces e instrumentación balsámicas. Abandona el minimalismo del disco anterior. Otra vez las canciones están arregladas sin superar el borde del exceso, a sabiendas de que la voz de Leonard Cohen ha necesitado siempre de mucha mano experta para conjugar la instrumentación y la cadencia vocal. Y mucho más ahora que sus cuerdas vocales están fatigadas, que el tono grave ha descendido al escalón de la gravedad absoluta para recitar más que cantar.
Sí hay recitado, pero no es la tónica de ‘Old ideas’. Observa una evidente preocupación por un sonido agradable y la ambientación adecuada de piano, guitarras, violines y bases rítmicas. Está rodeado de un buen número de músicos e ingenieros de sonido. El disco tiene pulso, estribillos subyugantes, pasajes en los que atisbamos retazos de un Cohen con veinte años menos.
Ya intuíamos algo así cuando el pasado año leyó un discurso conmovedor al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras: «(..) Y una voz parecía decirme: eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a quien la merece: el suelo, la tierra, al pueblo que te ha dado tanto». Volvió la vista a sus inicios: «Sólo cuando leí a Lorca, en una traducción, encontré una vez que me dio permiso para descubrir mi propia voz, para ubicar mi yo, un yo que aún no ha terminado. Al hacerme mayor supe que las instrucciones venían con esa voz. ¿Y qué instrucciones eran esas? Nunca lamentar. Y si queremos expresar la derrota que nos ataca a todos tiene que ser en los confines estrictos de la dignidad y la belleza».







