Un lugar donde quedarse (This must be the place).
Título original: This must be the place.
Dirección: Paolo Sorrentino.
Países: Italia, Francia e Irlanda. 2011.
Intérpretes: Sean Penn, Frances McDormand, Eve Hewson, Judd Hirsch, Kerry Condon, Harry Dean Stanton.
Guion: Paolo Sorrentino y Umberto Contarello.
Música: David Byrne, con letras de Will Oldham.
Fotografía: Luca Bigazzi.
Distribuidora: Alta Classics.
Estreno en Italia: 14 Octubre 2011.
Estreno en España: 11 Mayo 2012.
Detrás del título en español, «Un lugar donde quedarse” (This must be the Place) que tiende a confundirse con otro idéntico firmado por Sam Mendes (cuyo título original es Away We Go, 2009) y más allá de un cartel con la efigie de Sean Penn, tan irreconocible que no parece el colmo del atractivo comercial, se esconde un filme tan apreciable como inclasificable que no dudo en recomendar a nuestros lectores, pese a las reticencias críticas que ha suscitado. Algunas de ellas tienen una carga de dudoso carácter político y pueden identificarse con posiciones claramente reaccionarias.
Aplíquese el consabido dicho de que las apariencias a veces engañan porque sin duda los nombres de la principal estrella, el mencionado Sean Penn, y del director, Paolo Sorrentino, merecen un voto de confianza. El realizador italiano es menos conocido en España que el actor norteamericano. Su primer trabajo estrenado en nuestro país, «Las consecuencias del amor» (2004), dejó sobradas muestras de talento y un gusto por una narrativa peculiar en un sorprendente thriller que contaba con la inestimable colaboración del enorme intérprete Toni Servillo. En «Il divo»(2008) el propio Servillo y similares virtudes de dirección propiciaron que Sorrentino deslumbrara en el Festival de Cannes de 2008 en el que consiguió el Premio del Jurado con un implacable retrato íntimo del democristiano Giulio Andreotti, figura clave en el poder italiano y sus cloacas a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado.
Entusiasmado con “Il divo”, Sean Penn, presidente de tan selecto comité, le ofreció sus servicios a Sorrentino y éste no dudó en ponerse a escribir un personaje a la altura de las inmensas prestaciones interpretativas del actor, director -y activista de dignas causas- norteamericano. Pagaríamos por conocer la reacción de Sean Penn tras la lectura del guión de “Un lugar donde quedarse”, pero resulta apabullante su capacidad para darle, no una, sino diez vueltas a su personaje, una retirada vieja gloria del rock, por momentos el vivo retrato de Eduardo Manostijeras, aunque esté inspirado en Robert Smith, líder del conjunto The Cure.
De apariencia y modales estrafalarios, gótico demodé y movimientos ralentizados, aburrido, apocado, silencioso pero cáustico cuando abre la boca, Sean Penn realiza un portentoso tour de force con la entrañable fragilidad de su personaje hasta convertirlo nada menos que en cazador de un nazi, antiguo torturador de su padre, como tributo póstumo a su semidesconocido progenitor. Sin duda este caballero de triste figura rompe todos los moldes en el oficio y se transforma en el más irreverente vengador justiciero que imaginarse pueda. Como puede imaginarse, algo inaceptable para los defensores de la ortodoxia judía, que figuran entre los críticos arriba señalados.
En el camino de la notable y peculiar road movie en que deviene esta rareza cinematográfica Sorrentino acomoda el tempo narrativo a la parsimonia de su protagonista, con una extraordinaria y gozosa coherencia formal, por cuyas costuras asoman influencias declaradas, como la de “Una historia verdadera”, de David Lynch (1999), y otras que podemos vislumbrar, como la del más celebrado Wim Wenders. De “Paris, Texas” Sorrentino ha extraído con su operador Luca Bigazzi una bellísima y contrastada paleta de colores y un cuidado en la composición que hará las delicias del espectador de paladar fotográfico. Incluso Harry Dean Stanton, el buscador incansable de Nastasja Kinski, disfruta de un papel pequeño en “Un lugar para quedarse”. También comparte el director italiano con Wenders la pasión musical; su película está plagada de guiños, comenzando por el título, tomado prestado a los Talking Heads, cuya canción interpretan en la pantalla, el personaje principal con galones de estrella del rock, el cantante David Byrne que aparece brevemente interpretándose a sí mismo… y una chica amiga del protagonista encarnada por la joven Eve Hewson, hija del líder de U2, Bono.
Sin duda merece nuestro aplauso el arriesgado ejercicio de convocar dos universos tan contrapuestos, confrontar la futilidad y la superficialidad de la fama rockera con la tragedia del holocausto judío (precisamente lo que han detestado los defensores de la ortodoxia) sobre el que se erige esta singularísima historia de sentimientos renacidos en un hijo ante el lecho de muerte de su padre.
RECOMENDACIONES
El sexo de los ángeles, de Xavier Villaverde. Un trío de personajes que parece haberse escapado de un viejo título de la Nouvelle Vague. Frescura, ingenuidad y aliento libertario en el amor.
Kiseki (Milagro), de Hirokazu Kore-Eda. Poético, como acostumbra, el director coreano pinta un nuevo y delicioso lienzo con la infancia como territorio de amistad, bondad e ilusiones.
The Pelayos, de Eduard Cortés. Mucho más liviano y pretendidamente entretenido que “La vida de nadie”, este retrato de la saga de los Pelayo no le hace justicia al patriarca y pierde mucho interés por ello.







