El poeta francés Paul Eluard murió el 18 de noviembre de 1952, luego este año se conmemora el sesentenario de su muerte. Como es habitual, otra vez la voz de un poeta ha permanecido en el silencio y en el olvido, una costumbre ya crónica en la vida de nuestro país, porque al parecer todavía resulta peligroso evocar al poeta de Capital del dolor, que es lo mismo que hablar de surrealismo, amor y política. Una edificante y ejemplificadora obra que desenmascaró que el mal carecía de significación metafísica.
Este poeta que había nacido en Saint Denis, pueblo aledaño a París, estuvo siempre comprometido en su larga, intensa y productiva trayectoria poética con toda revuelta en contra de la guerra, el fascismo y la explotación, y en la búsqueda de una fraternidad enraizada en una sociedad sin clases, primero, desde posiciones independientes, y más tarde, militando en el Partido Comunista francés. Su vida y obra fue una incesante lucha en momentos históricos donde la barbarie quería imponer sus reglas, aunque su activismo cívico y político no fue obstáculo para indagar y cantar lo más noble del ser humano: El sentimiento amoroso.
Paul Eluard conoció bien pronto el sufrimiento individual y colectivo. En su juventud tuvo que permanecer temporadas en sanatorios suizos, concretamente en Davos, aquejado de una grave enfermedad respiratoria. En una de sus estancias medicinales conoció a Helena Dimitrivnova Diaconova, a quien bautizará como Gala, que será su primera musa y compañera. Una vez restablecido y ya de vuelta en París, es movilizado al iniciarse la Primera Guerra Mundial, y es enviado en un principio, a servicios auxiliares, y después, a un hospital de evacuación, donde es testigo del ingreso de más de tres mil soldados heridos, víctimas de lo que se llama “el desastre de 1916.” Ser testigo de tanta destrucción y dolor causados por la guerra le obligó a reflexionar sobre las sinrazones/ razones lo que le llevó a una profunda crisis de esperanza que le condujo a adoptar una actitud pacifista expresada en sus primeros libros. La conmoción de estos momentos queda reflejada en una carta a su madre: ”Todos estos pobres hombres están cubiertos de una coraza de fango y sangre. Los alemanes, también heridos, más numerosos, más miserables que los nuestros […] ¡Ah! Cuándo se firmará la paz.”
Nos encontramos en el momento en el que el joven poeta comienza a cuestionarse su propia sensibilidad y sus valores; situación moral y anímica –deseaba tener una vida más meritoria- que se concreta en solicitar el cambio de destino al considerar privilegiada su misión en el hospital. Tanto Gala como su madre le suplican que permanezca en su puesto ya que es una temeridad volver al campo de batalla, pero la decisión es firme: “Defender una vida más dura y menos servil… Dejad que me libere de esta vida, dejadme actuar.”
Ya en el periodo de su estancia en Davos comienza a leer y escribir poesía después de haber leído y estudiado a Walt Witman y los poetas franceses, no sólo a sus contemporáneos, sino también a los clásicos. Sus primeros poemas, que agrupa en dos colecciones: Primeros poemas y Diálogo de inútiles, se caracterizan por un lirismo decadente impregnado de una gran melancolía. No es casual que su primer héroe poético sea Pierrot, personaje, como sabemos, de La Comedia Del Arte. Esta poesía alejada aun de la vida -son afanes de adolescente- pero en la que se adivina un gran poeta, dará paso a otra nacida de la experiencia de la guerra. Hablamos de Le Devoir et l’Inquietude (El Deber y la Inquietud), (1917) y Poèmes pour la paix (Poemas para la paz) que aparecen en julio de 1918. En el poema “Fiel” comprobamos que la acusación dramática se inscribe en un lirismo seco, sin retóricas, que da paso a una afirmación de la vida: “Vivos en una ciudad calma / Donde el camino parte largo y duro / Por un lugar de sangre y de lágrimas / estamos limpios. // Las noches son cálidas y tranquilas / y vigilamos a los amantes. / Esta preciosa fidelidad / Entre todas: la esperanza de vivir.” En otro poema, “Crepúsculo”, ya se intuye “el otro” en medio de la ironía romántica: “No es la noche, es la luna: El cielo, dulce como un vaso de leche, te hace sonreír, viejo amante. / Y tú me hablas de ellos. Adornan tu espíritu, adornan tu casa, adornan nuestra vida. / Mi amigo, son demasiados: padre, madre, niños, mujer, para no ser felices. / Por tanto, tu sueño es tranquilo, / y yo calculo demasiado”.
Paul Eluard ha escrito y publicado hasta este momento sin tener contactos literarios ni estar vinculado con los modernistas ni con Tristan Tzara que, en Zurich, había creado el grupo Dada, cuyos manifiestos asumirá años más tarde nuestro poeta, por su significado iconoclasta y rebelde. Su revuelta integral le fascina ante el mundo degradado de la posguerra europea. Comienza entonces, a principio de los años veinte, uno de los periodos europeos más enriquecedores de la cultura europea: Es la Europa de los vanguardismos, pero también de la que tiene como referencia la Revolución rusa.
En este periodo dadaísta, la actividad literaria de Paul Eluard es múltiple. Escribe en la revistas de este movimiento, organiza y anima sus provocadores actos y escribe varias colecciones de poemas como Les nécessités de la vie et les conséquences des rêves, 1921 (Las necesidades de la vida y las consecuencias de los sueños) y Les malheurs des immortels, 1922 (La infelicidad de los inmortales) y Mourir de no morir, 1924, (Morir de no morir). Estos poemas constituyen una ruptura formal con su anterior obra y una búsqueda de un nuevo lenguaje que nombrara una “nueva realidad” y, al tiempo, fuera un instrumento de renovación. Paul Eluard se manifestaba así en 1920: “Intentémoslo, es difícil permanecer puros. Nos daremos cuenta entonces de todo lo que nos une. Y el lenguaje desagradable que es suficiente a los charlatanes, lenguaje tan muerto como las coronas en nuestras parecidas frentes, transformémoslo en un lenguaje seductor, verdadero, de cambio común entre nosotros”.
En 1924 escribe: Toda la inquietud del mundo / y mi amor por los suelos / como una bestia desnuda, versos que delatan que la revuelta dadaista no responde a sus preocupaciones esenciales. Entonces, cansado y decepcionado, realiza un viaje absurdo –un “voyage ridicule”-, según él, por el mundo, del que a nadie dio noticias ni antes ni después Cuando vuelve a París el grupo liderado por Andre Breton y Louis Aragon publican en 1924 El manifiesto del surrealismo, que significa una superación del dadaísmo y de sus prácticas nihilistas. El surrealismo no es un movimiento exclusivamente literario pues su objetivo es cambiar el mundo y cambiar la vida, lo que es lo mismo que hacer revolución poética y política, aunque en su camino se producirán escisiones y contradicciones que alcanzan su punto culminante en 1931 cuando Louis Aragon asiste al Congreso internacional de escritores revolucionarios en Khakrocv y asume los planteamientos de la Tercera Internacional. Este acontecimiento es el desencadenante de la escisión posterior del grupo. La publicación El Surrealismo al servicio de la Revolución es el acta definitiva de la división en dos grupos del movimiento surrealista.
Entre tanto, estos poetas han desarrollado una gran obra literaria y formulado una teoría poética basada en los principios freudianos y filosóficos, y algunos, como Paul Eluard, viven en los delirios de los sueños y del amor. Estos son los materiales de Capitale de la Douleur, 1926, (Capital del dolor), que será una de las mayores contribuciones al surrealismo.
Capital del dolor está formada por tres colecciones de poemas: Repétitions, (Repeticiones), Mourir de ne pas Mourir (Morir de no morir) y Les petits justes (El pequeño justo). Este libro es de una gran complejidad por las rupturas formales, los descoyuntamientos de las frases y la aparición de metáforas sorprendentes, pero, sobre todo, por el juego entre poesía y realidad. En el poema l’Invention (La invención), el poeta, después de enumerar determinadas artes (actividades) afirma: «Y por tanto nunca encontré lo que escribo en lo que amo.” Esta dualidad concluye con la vitalidad afectiva del poeta: “Canto la gran alegría de cantarte, / la gran alegría de tenerte o de no tenerte, / El candor de esperarte, la inocencia de conocerte, / Tú que suprimes el olvido, la esperanza y la ignorancia, / Que suprimes la ausencia y que me plantas en el mundo. / Canto para cantar, te amo para cantar / El misterio o el amor me creó y se libera.”
La historia de la poesía continuará enriquecida por las aportaciones de grandes poetas como Louis Aragon y Paul Eluard, pero los años treinta exigen otras poéticas y otros compromisos. Los fantasmas totalitarios amenazan y la poesía, como pocas veces en la historia, será un instrumento más de combate. Pero esto lo veremos en la próxima entrega.
* No hemos querido seleccionar ningún libro en particular de Paul Eluard. Creemos que el lector puede hacer su elección entre los libros citados posteriormente a la lectura del artículo.








