Después de leer y contemplar el anteproyecto de la ley orgánica de mejora de la calidad educativa, sólo puedo decir, imagino que como cualquier docente, que me siento engañada.
Durante toda mi formación universitaria me han enseñado a ver la escuela como un lugar donde formar personas criticas y libres, capaces de afrontar problemas, de vivir en una sociedad heterogénea; un lugar en el que transmitir valores y fomentar la cultura. Además, siempre me han inculcado la importancia del desarrollo de las destrezas técnicas y teóricas básicas, pero también, y como punto importante, el desarrollo de la creatividad, y de la inteligencia emocional como base para el desarrollo de la personalidad de los escolares.
Pero hoy, en cambio, nos situamos ante un proyecto educativo que trata el término “educación” como un concepto totalmente mercantilista y utilitarista, que quiere ligar completamente nuestras escuelas al sistema económico actual, tratando a nuestros alumnos como pura mercancía.
Además, compara las escuelas con empresas. Intenta aumentar la competitividad entre ellas, para que así obtengan los mejores resultados. La intención es “castigar” a las escuelas según su productividad, formar entre los centros una lucha continua por tener los mejores alumnos, eliminando parte de la financiación de los centros que no obtengan los resultados exigidos.
La sensación que me queda con todo esto es que con la LOMCE no solo retrocedemos en el tiempo, volviendo a potenciar valores que han sido retirados por inservibles, sino que nos acercamos a un camino de obstáculos, donde sólo sobrevivirán los más “fuertes”, aquellos que sean más capaces y, sobre todo, quienes tengan más dinero, medios y recursos para llegar a la meta exigida.
La educación cada día se aleja más del concepto de “igualdad de oportunidades para todos”, y, por el contrario, anima a los alumnos con dificultades a abandonar el sistema, obligándoles a hacer pruebas de nivel durante toda su formación académica, y así demostrándoles que no pueden seguir adelante, dejando de esta manera de ser un gasto para esta sociedad segregacionista.
Para mí, el educador tiene la responsabilidad de trasmitir unos valores y una forma de vida acorde con las circunstancias del alumno. Ayudando a este a desenvolverse adecuadamente en la sociedad en la que va a vivir. Por todo esto, me indigna que las aulas se estén convirtiendo en el reflejo de una cadena de producción de niños “iguales”, sin tener en cuenta su diversidad, y en las que se acepta como positivo que sigan existiendo todavía colegios segregados por sexo concertados, y se eliminan asignaturas que dan la opción de aprender valores y enseñanzas cívicas.
En mi concepto de educación, y en el de casi todos los docentes, ésta sirve para crear buenas personas y prepararlas para la vida. Pero claro, a los docentes no se nos ha preguntado cuáles debían ser los cambios, sino que se han decidido desde fuera de las escuelas, desde un punto de vista que antepone la economía a la propia educación.
Desde el momento en que se ponga en marcha esta nueva ley, estaremos juzgando a todos nuestros alumnos, cada uno de ellos tan diferentes, por un mismo patrón, sin contar con ninguna de las múltiples virtudes que no pueden verse en un papel. Y es que como una vez dijo Einstein “Todos somos genios. Pero si juzgas a un pez por su habilidad de trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es inútil”.







