Nos habíamos detenido en la entrega anterior a principio de los años treinta en los que Louis Aragón materializa su ruptura definitiva con el Surrealismo para iniciar su militancia comunista, una militancia que se prolongará hasta diciembre de 1982, fecha de su muerte. Durante este periodo, otros intelectuales se quedarían en los márgenes del Partido Comunista, otros lo abandonarían y algunos fueron compañeros de camino. Esta fidelidad no fue fácil, pues estuvo llena de contradicciones y desgarros, pero sostenida en una filosofía de la responsabilidad del intelectual de carácter social, comportamiento que en los años post-estalinianos mantuvo por encima de sus propias contradicciones con coherencia dialéctica.
La vida de Louis Aragon y su carrera literaria han sido objeto de innumerables estudios. Pierre Junkin ha escrito recientemente el primer volumen de una biografía de más de ochocientas páginas que abarca solo hasta 1939. El interés, tanto por los avatares de su vida como de su obra, crece en los ámbitos periodísticos, universitarios y extrauniversitarios. No es tiempo de lamentaciones, pero sí de dejar constancia de que aquí, en nuestro país, son muy escasas sus obras publicadas. El desconocimiento biográfico y literario, no solo debería explicarse por cuestiones de mercado, sino por el desprecio de lo que representó y perdura en su obra poética y narrativa.
Después de la publicación de Persecuté persecuteur, en los años treinta viajará a Rusia donde conoce los progresos de la Revolución y la gestación del denominado realismo socialista; pero también los primeros síntomas (1936) de los horrores de la política de Stalin. Después apoyará el Frente Popular en Francia, participará en la organización del I Congreso Internacional de escritores en defensa de la cultura en 1935 en París. Critica a André Gide por la visión negativa de la Unión Soviética que ofrece en su Retorno de la URSS y viajará a Valencia en 1937 donde asiste al II Congreso internacional de escritores. En el periodo prebélico de agitación y amenazas nazis y fascistas, se firmarán el Pacto de Munich y el Pacto germano-soviético (agosto 1939), que produjeron convulsiones y abandonos, como el de Paul Nizan, en la militancia comunista.
Y el surrealismo ya es historia. Louis Aragon creará un realismo enraizado en los presupuestos del llamado realismo socialista como arma de combate y teoría estética. Su obra, parafraseando su título Le Mouvement Pérpetuel, es un movimiento perpetuo. La evolución de su concepción del realismo a la del mentir-vrai confirma su aseveración: “He sido en mi vida el testimonio de muchas cosas que podrían transformarse en ficticias, pero esto es precisamente una de las grandes dificultades… Los realistas del futuro deben mentir cada vez más para decir la verdad”.
En el periodo que se extiende desde septiembre de 1939 hasta el final de la guerra mundial su actividad de resistente y su carrera literaria se multiplican. Escribe Le Creve-coeur entre 1939 y 1940 que representa un rebrote poético en medio del dolor y la derrota. El aliento poético renace después de años de silencio poético en un poemario de amor dentro del combate y la derrota.
Su libro siguiente, Les yeux d’Elsa, es un poema de amor y de/en la guerra. Con este libro, Louis Aragon inicia el ciclo dedicado a Elsa. Su significación es dual, porque convergen en él la poética cortesana francesa como respuesta a la degradación y humillación de un país invadido, y la sátira. El amor actuaría como contrapunto/respuesta a la barbarie: “La hiedra de tus brazos a este mundo me atan / No puedo morir Quien muere olvida // Me acuerdo de los ojos de aquellos que se embarcaron / Quién podrá olvidar su amor en Dunkerque.”
Otra aportación poética memorable durante la Resistencia, concretamente en el 1943, es el poema denominado Le Musée Grevin en un momento en el que los poetas, como Paul Eluard y John Cayrol, intentan también dar aliento a una población que es víctima de las torturas, las deportaciones y las ejecuciones. Son las peores circunstancias de un pueblo que empieza a conocer también el espanto de Auschwitz. En este tiempo de desesperanza, Louis Aragon, bajo el seudónimo de François-la-Colére, testimonia la realidad en “un poema de circunstancias,” definido y explicado por el propio autor, porque cada tiempo demanda su poesía y sus poetas, en este caso, una poesía épica de sátira, canto y amor: En el fragmento VII, leemos: “Escribo en un país devastado por la peste […] Escribo en este país que la sangre desfigura […] Escribo… para terminar con una evocación de la epopeya nacional y un “Os saludo mi Francia donde el pueblo es hábil / En los trabajos que hacen que los días sean maravillosos / y que de lejos venimos a saludar su ciudad / París mi corazón inútilmente fusilado.”
Louis Aragon solo escribió una novela Aurelien (Aureliano) durante los años de la Resistencia para volver al espacio narrativo de “Le monde reel”. Una vez terminó la contienda redacta la novela Les Communistes con un proyecto previo que abarcaría desde febrero de 1939 a junio de 1945, pero al final solo escribió el periodo de febrero de 1939 a Junio de 1940, año del desastre de Dunkerque. Una segunda versión aceptada por la Editorial Gallimard para su colección “La Pléiade” fue reescrita entre 1966 y 1967. El autor en esta segunda versión modifica su punto de vista por exigencias editoriales y condicionado por los acontecimientos históricos de los años cincuenta y sesenta.
Una lectura de esta novela debería tener en cuenta la situación del Partido Comunista –le parti des fusillades (el partido de los fusilados), según Elsa Triolet– que, por su trabajo en la Resistencia, se había convertido en la primera fuerza política de Francia y en un gran partido nacional que le permitió entrar en el gobierno en 1947, pero que por razones sociales y políticas de orden interior y por la creación de bloques tuvo que abandonarlo. Y una vez se crea el Kominform como respuesta al agresivo Plan Marshal, el Partido Comunista pasa a la oposición afianzándose en su defensa de la política soviética, mientras que el anticomunismo faisant ragé (rabiaba) azuzado `por el proceso Kraschenco y la situación laboral entraba en una gran conflictividad fuertemente reprimida.
Les communistes es una novela inserta en “el mundo real” que representa una página de la historia contemporánea de Francia y del papel heroico del partido comunista durante la guerra. Es una novela de tesis en la que Louis Aragon explica y persuade para defender una ideología que paradójicamente empezaba a ser perseguida. Su urdimbre no nace de las cenizas del tiempo, sino en las candentes llamas de los acontecimientos que no son sino los sucesos bélicos y descripciones del drama de los refugiados, los problemas de la población civil diezmada por los bombardeos, los terribles asesinatos de las SS, las acciones contradictorias de los militares franceses, elementos que forman el entramado del discurso narrativo, cuyo personaje colectivo, los comunistas, emerge con heroicidad edificante: “No es una novela de propaganda. El convencimiento nace de lo narrado, de los hechos y no de la discusión”, manifiesta Roger Garaudy.
En el periodo que va desde finales de los cuarenta hasta su muerte, Louis Aragon va a vivir una existencia agobiada por sus contradicciones y conflictos políticos dentro y fuera de su militancia, una existencia trágica se ha escrito, pero que no serán obstáculos para acrecentar su poder creativo. Sería un error no recordar novelas como La Semaine Santa (1958), Théatre/Roman (1974) y poemarios como Les Poetes, Le roman inachevé -su autobiografía poética- Le fou d’Elsa (1965) es un poema escrito en plena guerra de Argelia que reinventa y recrea un pasado, la Granada del rey Boabdil, atravesado por múltiples voces y discursos -narrativos y poéticos- y elementos de las culturas cristiana y árabe. Es como una sinfonía polifónica, para apelar y nombrar un nuevo futuro.
Su última colección de poemas, Les chambres Poéme du temps qui ne pase pas (1969) (Las habitaciones Poema del tiempo que no pasa), escrito en vida de Elsa es un libro de “adioses;” en el su carácter deconstructivo niega la melancolía. No fue fácil la etapa última de Louis Aragon. El desprecio y ataque de los jóvenes de mayo del 68 con los que quería dialogar, su postura ante la invasión de Checoslovaquia, el cierre de su revista Les Lettres françaises, el ejercicio incesante de explicar su pasado estalinista y la edad, el tiempo que no pasa: “Mi lección es no dejar lección alguna no haber extraído jamás / una sola ni aun la sombra de una sola / A quién dejar mi herencia un cianuro / De palabras caídas desde las utopía [… ] Qué largo es vivir durante toda una vida. Sin embargo, todo pasa, pero no, el aliento de haber amado y de seguir amando”.
Sí: El amor deshace todo mentir-verdad.








