Ha querido la (mala) fortuna que en la misma madrugada del mismo día de este cálido julio madrileño nos hallan dejado dos militantes, dos amigos, dos camaradas cuya perdida te hace sentir como mascando ortigas.
Maria Toledano, longeva camarada, que defendió la República combatiendo al fascismo con uñas y dientes, que padeció la gélida posguerra y sufrió la posterior larga noche de piedra del franquismo.
Maria Toledano cuyos escritos disfrutábamos en pequeñas dosis en el Mundo Obrero, desde cuya atalaya trataba de entender (y hacernos entender) este proceloso mundo turbocapitalista que ella en modo alguno ( de casta le viene al galgo) asumía ni aceptaba.
Sus ojos veteranos, ya casi curados de todo espanto, nos transmitían la fiereza del ansia capitalista en contraste con la firmeza de sus convicciones y principios: para ello muchas veces echaba mano del testimonio/ayuda/visión de su joven nieta, cuyas andanzas de iniciales compromisos políticos, movilizaciones y demás le servían a María de excusa para instruirnos de manera suave, cómoda -a veces tierna pero siempre firme- con esa pedagogía que sólo puede dar la experiencia en el compromiso.
Manolo – caro Manolo- se nos ha ido como del rayo, sin despedirse y sin avisarnos: siempre tan tuyo, maestro.
Manolo destilaba en su trato bonhomía y tranquilidad a la par que erudición y extremada educación. Quien no haya podido compartir una tertulia/río con Manolo sobre cualquier materia o cuestión (nada humano nos era ajeno) no sabe lo que se ha perdido.
Cuesta recuperar el aliento viéndole charlar plácidamente – siempre entregado-con el cigarrillo en la mano ( ah, esa forma de fumar) y con la mirada celeste que te cautivaba y a veces embaucaba.
Manolo de mente y verbo rápido, afilado, irónico, cáustico, que conservaba siempre ese difícil equilibrio de ser culto sin caer en lo pedante, de ser cortés sin el exceso ceremonioso, de ser divertido sin caer en la superficialidad, de mantenerse escéptico sin pecar de cinismo.
Sus artículos, comentarios, escritos destilaban siempre la profundidad telúrica de su pensamiento y su capacidad de síntesis y conexión con autores o textos que engrandecían aún más el suyo propio, donando generosamente a aquel que lo leía un caudal de argumentos y razones contra lo que nos esta ocurriendo como civilización, como sociedad, como seres humanos…
Manteniendo una capacidad crítica envidiable y una amplia libertad de criterio – fruto sin duda de su vasta formación y su hambre de lecturas- nos espoleaba cotidianamente contra el “esto es lo que hay”, ayudándonos a arrancar la costra del pensamiento único y -desde el compromiso y la militancia en el PCE- darnos alas ideológicas y argumentales para confirmar que no es que llueva, es que nos están meando.
Nos divertimos mucho siempre contigo, Manolo, y eso es muy de agradecer: estupendas veladas al sol de Córdoba o a la luna de Madrid. Daba igual. Siempre disfrutábamos de tu sagacidad, de tu socarronería, de tu ingenio, de tu astucia…
Comentábamos el otro día tras tu breve paso por el tanatorio sobre qué crónica que tu mismo hubieses hecho sobre tal lapso. Hasta eso, Manolo. Hasta eso nos hizo reír pensando en todo lo que tú hubieses destilado de semejante momento. Hasta eso, Manolo. Hasta nos hiciste reír después de habernos dejado. Gracias por ello. Gracias por todo.






