Ay, Derecha!: Parece que volvemos atrás, dando el espectáculo, con los toros en TVE y tus chicos con el brazo en alto y la palma tiesa. Un verano de «chiquilladas», turismo y fiestas, para que quede claro lo que somos. Generalmente, cuando hablamos de fiestas pensamos en diversión, relajo, alegría, disfrutar en grupo. Las fiestas sugieren un ambiente de pueblo, de barrio, de tradiciones y nos anuncian la ruptura con lo diario: el calendario laboral, por ejemplo. Bien es verdad que la mercadotecnia promueve fiestas, con nombres muy calculados (Día del Padre o de la Madre) o trata de infiltrarse en todo tipo de eventos, aún los más rupturistas (Día del Orgullo Gay, por ejemplo)… pero, las Fiestas Populares suelen proceder de tradiciones antiguas, poseen su propia personalidad y significado y fomentan las identidades de una colectividad, la que convoca y celebra.
Pero con esta crisis, en que la ruptura con lo diario sería pasar del paro y la estrechez económica a la fiesta (que significa mayormente consumo tal y como ha venido evolucionando en los últimos tiempos) nos obligamos a pensar, a hacernos preguntas y a buscar respuestas a algunas características que se están dando en nuestras fiestas populares y que, incluso, se han convertido en notorios puntos negativos que ensombrecen el proclamado ambiente festivo-permisivo, como ha ocurrido recientemente en las Fiestas de Pamplona.
No les extrañe tampoco que una sociedad carpetovetónica, pobre, austera, dura y resistente antaño, a la que, ahora, las autoridades creen necesario ofrecer consejos obvios para sobrevivir a una ola de calor (¡en Castilla La Mancha, en Andalucía!…) pueda necesitar también que una voz amiga empiece a aconsejar sobre cómo tiene que divertirse.
Una formación política como Izquierda Unida, sensible a la Cultura, está interesada en cómo vive la gente la fiesta. Porque las fiestas populares han expresado siempre una concepción del mundo.
Por eso no extraña que se empiecen a cuestionar ciertos aspectos de las fiestas populares que constituyen lo que algunos llaman “estado de excepción jurídico-festivo” y que consiste básicamente en el principio de que el que se sienta perjudicado tiene el deber de callar… porque en fiestas “todo está permitido”.
Se han llegado a enumerar algunos aspectos donde los derechos ciudadanos ceden a favor de lo festivo. Quizás el más evidente es el relacionado con el ruido. En Fiestas se permite que el derecho al ocio y a divertirse a su manera esté por encima del derecho al descanso.
Otro aspecto a resaltar que también flaquea en fiestas “populares” (permíteme un guiño que no atañe tan sólo a tu partido favorito) es el de la igualdad de género y dignidad de personas implicadas en cualquier tinglado. Véanse los videos de Pamplona o reflexiona sobre si se previenen comportamientos y medidas que se puedan interpretar como sexistas, cosificadoras de la mujer y transmisoras de una imagen de su rol social subordinado y decorativo.
Tampoco rigen las normas en materias tales como la separación Iglesia-Estado. No te hagas un lío entre tus creencias personales, la aconfesionalidad del Estado y unas fiestas populares que empezaron siendo paganas, después fueron reconvertidas en cristianas y ya van camino de pertenecer a las Grandes Superficies, o a los grupos empresariales que aconsejan el alza y baja de unas fiestas en detrimento de otras, según interese al Sr. Mercado.
Se ha publicado recientemente que “la crisis económica (perdón, la estafa) ha puesto de manifiesto las miserias de una economía sustentada en el pelotazo inmobiliario. El estallido de esa burbuja dejó en la calle a miles de iletrados que abandonaron sus estudios por los cantos de sirena del dinero fácil. Existe un cierto consenso social en que conviene no repetir el error y apostar por un modelo laboral que fomente la investigación y el desarrollo, la educación integral de la persona, la inteligencia. ¿Por qué no acabar con esta otra burbuja? España debería repensar su propia diversión. El modelo de fiesta non-stop fomentado desde las instituciones seduce por la presunta bondad económica para la ciudad que las organiza pero obvia sus graves consecuencias”.
Se está haciendo necesario un coaching para aprender a disfrutar sin perder la cabeza (¿la conciencia?), o sea, manteniendo la identidad. Y eso incluye vigilar el bolsillo porque ya no podemos decir, como antaño, “sobró de todo”, para dar idea del tamaño de la diversión. Y hay que comprobar que las fiestas te representan verdaderamente, que eres partícipe. Porque de cómo se participe también depende la identidad propia. Yo no me fío de la sobrevaloración del individuo por encima de la comunidad. La fiesta o es de todos o nos quedamos reducidos a elegir entre lo que nos ofrecen en vez de decidir lo que queremos y lo que nos interesa realmente.







