Se presentó en la Fiesta del PCE la reedición de La mina, de Armando López Salinas

La mina: rescate de la verdad en la ficción

La tarea de Salinas con La mina es mostrar…que existe un futuro anticipado a través de la utopía concreta, que en él es la suma de vida consciente y literatura…de los desheredados.
Presentación de la edición de La mina en Fiesta PCE 2013 | Foto: José Camó

El joven investigador David Becerra Mayor ha puesto a disposición de los lectores esta reedición de la novela de Armando López Salinas, La mina, al fin sin censura.

Si no fuera por las alusiones y citas que la crítica literaria española le ha dedicado como apéndice de una literatura “social” del medio siglo, pensaríamos que La mina pasaría por ser una novela actual en tanto que refleja aspectos de la historia contemporánea como la explotación, la pobreza, la emigración, el antagonismo de las clases sociales, la soledad del derrotado y otros aspectos que identificamos en nuestros días, hasta el punto de servir de reflejo vivo, dadas las tristes circunstancias del presente, de los tiempos de ayer en los de hoy.

Es cierto que la novela de López Salinas desvela en el diálogo de personajes y en la itinerancia de su protagonista una realidad descarnada frente al triunfalismo impostado de los primeros años de posguerra, semejante a la desmemoria contemporánea, y podría ser leída al cabo de los tiempos en clave de anticipación, ya que, como asegura el investigador David Becerra, desventuradamente para el lector y venturosamente para la novela, los dilemas sociales expresados en La mina, persisten medio siglo después de su edición primera. Basta con realizar un análisis comparado del marco en que estos personajes actúan para hallar modelos de conducta que identificamos con el presente.

Aunque la literatura es el discurso del otro lado frene al discurso de la historia, con la nueva edición de La mina de Armando López Salinas se nos propone subvertir la impostura de la historia a través de la profundización de las llamadas contradicciones sociales. Los desposeídos de todo bien que surcan sus páginas liberados de ataduras estratégicas, le valió al escritor la expulsión del canon, un canon que marcaba las distancias con la literatura de tema político y social, como demuestra David Becerra Mayor al presentar el texto.

Y es que, cuando cesó la propaganda de los primeros años de la aviesa “cruzada”, la realidad histórica, cotidiana y personal, se impuso como un imperativo moral de autor: «La realidad es para mí la única fuente viva de la obra literaria», afirmaba Antonio Ferres. «Intento, como otros hombres de mi generación, testimoniar e inquietar… Adopto una actitud de denuncia y desde luego engagé», aseguró Alfonso Grosso. «Desvelar las relaciones sociales y mostrar el mundo tal y como creo que es», eso es lo que procura Armando López Salinas en La mina. “Desvelar” como rescate de la verdad en la ficción. Dar una nueva imagen de lo real, que se ha prestado a ser explorado. Iluminar lo oscuro y poner en evidencia los nudos de la dominación.

Ante el grupo de narradores amigos se alzaba el caos de la posguerra, pero, a diferencia de la escena recreada por autores del lado vencedor, la realidad aparece vista por «la otra zona», el ámbito de los derrotados que nunca se han de considerar vencidos. Los personajes, pese a su edad temprana, son herederos de la derrota, suelen pertenecer a la clase de los desposeídos, pero se consideran a sí mismos poseedores de un legado moral irreductible. Son ellos quienes desfilan por La mina (1960), de Armando López Salinas, como por La zanja (1961), de Alfonso Grosso, por Central eléctrica (1958), de Jesús López Pacheco, o por Los vencidos, de Antonio Ferres (1965), publicada esta última en París por no obtener permiso de impresión en España.

El mismo o análogo fenómeno se advertirá, mucho más tarde, en las obras de autores de otras generaciones, como Juan Marsé, Umbral, donde se ven en profundidad las consecuencias del conflicto bélico, o Ángel María de Lera, donde vemos el estricto reverso grisáceo de lo que para otros narradores había sido una gesta. Son novelas que, o bien retratan últimos días de la guerra en Madrid, o ésta se mantiene en sus referencias, como vivencias que penetran en el clima emocional de los derrotados del interior.

Pese a que continúan las consecuencias del conflicto armado, irrumpen en la década de 1950 por primera vez organizadas, actitudes culturales opuestas a la llamada cultura oficial que se hacen protagonistas de encuentros de escritores, conversaciones de cine, etc., comienzan a sentirse puntualmente beneficiarios de la última narrativa norteamericana y del neorrealismo italiano; se sienten por primera vez llamados a expresar la tragedia vivida. Como bien ha contado López Salinas, fueron años en que incluso la España oficial -al menos en parte- comenzaba a querer olvidar la sangre derramada y el trauma social subsiguiente. Sin ir más lejos, se llega a narrar la lucha cotidiana, el antagonismo de clase, las secuelas sociales y psicológicas de las pérdidas de la guerra. Fueron años en que la censura del Ministerio de Información y Turismo se atrevió a recomendar a un semanario de sucesos no publicar más de dos crímenes por número. Era, en verdad, tiempo de perder definitivamente la memoria triunfal, que iba a ser sustituida por el análisis minucioso de las viejas heridas, con el fin de cauterizarlas. La apuesta de López Salinas era hacia el lector, convenciéndolo a través de los diálogos y de una historia íntima, de que era necesario un cambio expresivo de dentro afuera, un cambio en la mirada del narrador, con el fin de contribuir a quebrar la losa de la posguerra, como en poesía hicieran Blas de Otero y Gabriel Celaya.

El grupo de Armando López Salinas presenta la guerra de manera tangencial o indirecta, como harán más tarde Juan Goytisolo en Duelo en el paraíso (1955), Jesús Fernández Santos para su libro de relatos Cabeza rapada (1958), o Ana María Matute con Los hijos muertos (1958), con proporcionales dosis de memoria y autobiografía, que existen maneras de abordar por la generación del medio siglo las consecuencias históricas del trauma padecido por quienes se han sentido apartados de la historia pero no del lenguaje, y no encuentran espacio para desarrollarse, para amar, para crear un sueño colectivo.

Durante años estuvo vigente la afirmación de Juan Benet cuando, hace algún tiempo, planteaba que «todavía está lejos el día en que los hombres de esta tierra se puedan sentir libres del peso y la sombra que arroja todavía aquel funesto conflicto». Y el trabajo de López Salinas en La mina colabora en aliviar esta carga. Y anticipa también el porvenir: aquello que decía Gorki acerca de ese modo de estética en la que se encarnaría la ética del porvenir, La mina nos inquieta al poner delante de los ojos lectores la tradición realista con una fuerte dosis de verdad.

Seguramente, los novelistas españoles han tenido que cubrir con un millón de títulos el espacio marcado por la historia para el genocidio español y la subsiguiente resaca. La tarea de López Salinas con La mina es mostrar, como leemos en Bloch, que existe un futuro anticipado a través de la utopía concreta, que en López Salinas es la suma de vida consciente y literatura de la mano que escribe de los desheredados de nuestra tierra. Como sus personajes, López Salinas no cree que haya plenitud futura, sino que ese futuro ha de ser anticipado por el presente narrado en cada una de sus páginas. Lo hace verosímil. Por eso su creación cultural en esta novela emblemática, La mina, tiene fuerza de anticipación y su lúcido editor David Becerra Mayor nos vuelve a convencer de ello. No es la primera vez que lo hace. Gracias a miradas como la suya asistimos a un levantamiento de planos que nos pone en las manos un núcleo de memoria.

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