Introducción al marxismo #marxismodesdecero

Marx y las crisis

¿Cómo se establece la supervivencia de los seres humanos a través del dinero? El dinero no se encuentra en la naturaleza, no se puede recoger en las huertas, ni cosechar en las viñas, ni extraer en las minas. La palma, el racimo de uvas o la mena de un metal pueden intercambiarse, pero no son dinero. Y, sin embargo, el dinero se ha convertido en piedra angular para la satisfacción de nuestras necesidades. Los científicos, desde Euclides a Newton, investigaban la naturaleza, se preguntaban por las leyes a las que responden los fenómenos. Mas ¿cómo es posible que haya leyes del dinero? Adam Smith, por una parte, y Karl Marx, por otra, trataron de comprender esa «cosa» llamada dinero, capaz de convertir las piedras en pan sin ser el Dios verdadero, inventada por los hombres y a la que se sometían sacramentalmente. Habremos de suponer, entonces, que el dinero conforma un sistema (ontológico, dirían los filósofos), con sus elementos, sus operadores, sus teoremas… Y también con sus crisis, como ocurre en la naturaleza misma, en la que se producen rupturas, singularidades o catástrofes motivadas por parámetros que, al aumentar o disminuir drásticamente, perturban al sistema hasta hacerlo desaparecer o, por el contrario, hacerlo subsistir con renovadas fortalezas.

Marx encuentra la propiedad específica de ese sistema tal como se manifiesta en la modernidad: todas las cosas que existen —entes, objetos, organismos…— son mercancías. Y todo lo que no sea mercancía pertenece a la barbarie o a lo salvaje, que puede ser civilizado si se sabe incorporar al mercado. King Kong o el Hombre-elefante dejan de ser seres bárbaros o salvajes cuando se los exhibe en un espectáculo circense por el que se cobra una entrada. Todas esas cosas, valgan para lo que valgan y se usen como se usen, adquieren un valor de cambio, que es lo que importa al sistema monetario.

¿Por qué todas las cosas son mercancía y por qué cada mercancía tiene un precio? Porque hay una entidad —El Capital— que se hace cargo del trabajo humano, del trabajo de los seres humanos de carne y hueso. Pero el Capital no es monolítico; hay muchos capitales en liza, lo que obliga a que los precios no sean proporcionales exactamente a las cantidades de trabajo realizadas: la escala de explotación es muy variada, aunque, en todo caso, el hombre como mercancía produce más producto social del que consume, y permite incrementar los beneficios del Capital. Así que al principio tenemos un Capital —varios capitales— y al final del proceso seguimos teniendo también Capital. ¿Qué hay en medio?

En medio se encuentra la manifestación del beneficio. Los hombres y las mujeres de El Capital publicitan su éxito en forma de palacios, de fiestas, de «cultura», y presumen de mercancías fabricadas con el exclusivo fin de mostrar su Poder: mansiones, joyas, músicas… y de todo eso dan noticia los medios de comunicación históricamente desarrollados: monumentos, revistas, televisión…, a los que financian generosamente. Marx denunció ese estado de cosas y alcanzó el límite conceptual de su tiempo. Para superarlo propuso la humanización de todos los hombres: el comunismo habría de sustituir el valor de cambio por el valor de uso de las cosas. Y su mensaje y su ejemplo se injertaron en la sociedad hasta hacerse parte integrante de ella A la muerte de Marx ocurrieron dos acontecimientos singulares: Uno: ensayo de eliminación del Capital; dos: guerra entre diferentes capitales.

Al reemplazar el Capital por la Nación, la Raza o la Ideología, los hombres se quedaron sin un mediador claro y distinto de vinculación como lo era el dinero. Y los cuerpos de los hombres: sus necesidades, sus pasiones, sus deseos… ofrecieron una gran resistencia a la organización de los estados nacionalistas, racistas o ideológicos. Para derrotar a esos cuerpos desorientados, se puso en marcha una maquinaria de violencia contra los cuerpos que aún nos hace estremecer: campos de concentración, desplazamiento de poblaciones, exterminio de pueblos, holocausto…

El Capital no es un bloque compacto. En el Capital también se produce la lucha, el combate y la autodestrucción. No es interpretación ideológica, sino acontecimiento histórico el que las burguesías europeas entablaran una guerra feroz a principio del siglo xx, prolongada en otra segunda guerra tan brutal y tan horrorosa que asustó al mismísimo Capital. Tras la barbarie, los estados europeos se humanizaron hasta un cierto grado: la cultura burguesa se popularizó y se hizo presente en la calle: se crearon escuelas, universidades y centros de salud; los cuerpos humanos parecía que alcanzaban en Europa cierta dignidad… Y los nuevos ciudadanos nos olvidamos de Marx y hasta de Adan Smith. La clase obrera pudo organizarse y luchar para mantener una proporción más adecuada del producto creado para su consumo; los trabajadores pueden conformarse con un salario menor si ganan un salario real creciente y tienen mayor acceso a bienes y servicios (aumento del nivel de vida absoluto). Pero ¿hasta cuándo se habrá de mantener ese estado de cosas? Por toda la eternidad pensaron los políticos y los líderes sindicales con mayor ascendencia. Pues no: sólo mientras dure la expansión de la acumulación del capital. El proceso concluye cuando la acumulación entra en crisis: aumento del desempleo y aumento de la competencia entre los asalariados-mercancía.

El Capital, enseñó Marx, se regula según leyes espontáneas, de acuerdo con su naturaleza. Las leyes imponen límites y regulan los sistemas de manera nada arbitraria ni aleatoria; por tanto, hay que descubrir esas leyes o tendencias necesarias: ese fue su legado. El marxismo exige el aprendizaje de las ciencias, obliga al trabajador a ilustrarse. Y, a la vez, la ciencia y el desarrollo de la productividad exigen capitalizar la producción, y convierten la acumulación en acumulación de medios de producción cada vez más rápida y compulsivamente. Una dinámica que afecta a los trabajadores y a los empresarios que entran en competencia. La crisis les recuerda a estos que están en permanente peligro si sus rivales se adelantan e introducen mejoras técnicas que les permita abaratar su producto y les arrebatan la cuota de mercado de la que disfrutaban. Por eso los políticos de derecha que no están al tanto de las leyes del Dinero creen que es suficiente su fe para que los mercados derramen en ellos sus gracias. Falsa es su esperanza y ruin su caridad.

La acumulación de Capital es compulsiva y desequilibrada, absorbe a todos los entes que con su fuego transverbera en mercancías. Desquicia a los trabajadores y a los capitalistas que no estén alerta, y hace añicos cualquier decisión individual sometida a las fluctuaciones del mercado, ajenas al control y planificación, a los planes y a los programas. Cuando la acumulación adquiere un ritmo vertiginoso y excesivo, el crecimiento parece no tener fin, se entra en la fase en la que se generan los efectos que solo estallarán más tarde repentinamente, cuando el proceso de sobreacumulación llega a un punto de catástrofe. ¿Y por qué sabemos que las crisis de sobreacumulación funcionan como leyes en las sociedades del dinero? Porque ya lo detectaron los griegos, los primeros que vivieron en una sociedad del dinero. El siguiente texto de Platón parece escrito ayer mismo:

Tú también, Calicles, haces ahora algo muy semejante. Elogias a hombres que obsequiaron magníficamente a los atenienses con todo lo que éstos deseaban, y así dicen que aquellos hicieron grande a Atenas, pero no se dan cuenta de que, por su culpa, la ciudad está hinchada y emponzoñada. Pues, sin tener en cuenta la moderación y la justicia, la han colmado de puertos, arsenales, murallas, rentas de tributos y otras vaciedades de este tipo. Pero cuando, como se ha dicho, venga la crisis [katabolé] de la enfermedad, culparán a los que entonces sean sus consejeros y elogiarán a Temístocles, a Cimón y a Pericles, que son los verdaderos culpables de sus males (Gorgias, 519a).

A Marx le debemos el optimismo histórico de confianza en el hombre para que encuentre una solución, por medio del arte de la prudencia política y económica. El reto para salvar los dos acontecimientos a que hemos hecho referencia vendrá de saber vincular a los hombres a través del dinero pero sin que éste absorba las dimensiones corporales, pasionales… de los seres humanos. Pero eso ya no lo puede hacer Marx; es nuestra tarea y la de nuestros hijos.

Universidad de Alicante

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