Introducción al marxismo #marxismodesdecero

Leer a Marx desde cero para no partir desde cero

Uno de los problemas del pensamiento marxista en la actualidad (a sumar a una larga lista) es la forma de exposición que recibe en el marco de la educación secundaria y universitaria. En la mayoría de los casos, ésta aparece no sólo excesivamente simplificada, sino presentada desde una perspectiva que dificulta la ligazón de la teoría con la práctica en quienes lo estudian. Así, el pensamiento de Marx y Engels no aparece como esfuerzo de teorización –con doble aspiración política y científica- al servicio del movimiento obrero, sino como una especie de religión laica en donde los profetas de la revolución expanden su palabra entre sus seguidores proletarios. Este modo de caracterizar el marxismo muestra buenos tics del hiperclasismo propio de la academia burguesa, así como de su esencia ideológica idealista, en ese empeño permanente en la separación radical de la teoría y la práctica.

Esta formación supone una transmisión ideológica que mediatiza el modo de entender a Marx de las capas populares, especialmente entre los trabajadores de cualificación media o alta que han pasado por esas etapas formativas. Y sin duda alguna, tiene consecuencias en los debates acerca de la política de formación que deben emplear las organizaciones que se reclaman marxistas.

La formación comunista depende, en primer lugar, no sólo del ámbito de lo planificable por las Secretarías de Formación, sino también (y de modo esencial) en la práctica política, elaborada y ejecutada colectivamente por el conjunto de la organización. La práctica no es simplemente el modo de llevar la teoría a ejecución: esta concepción se deriva de una comprensión idealista del marxismo consecuencia de un estudio incompleto. La práctica es también fuente de conocimiento, como señala Marx en sus Tesis sobre Feuerbach y desarrolla Adolfo Sánchez Vázquez. De ahí que la teoría no pueda entenderse como una doctrina academizada y catequética, aunque nuestra preconcepción heredada nos haga tender a exponerla de este modo. Menos aún como un compendio de verdades absolutas y eternas, al gusto de los escolásticos medievales. Como explica Lenin brillantemente, y cómo recuerda Sacristán en un material de estudio del Manifiesto Comunista que circuló clandestinamente bajo la dictadura: la esencia del marxismo es el análisis concreto de la situación concreta.

Esto lógicamente no justificaría la negación de una política de formación, sino todo lo contrario. Precisamente los cortocircuitos generados por la divulgación académica del marxismo exigen una política de formación seria y constante. La teoría, los clásicos, son útiles porque nos ayudan a comprender nuestra realidad sin partir desde cero. Cualquier persona que militara en los movimientos sociales antes de la explosión del 15-M (y muchos de los que se han integrado a partir de dicha explosión) entiende perfectamente qué significa afrontar la movilización social sin formación teórica: desorganización, desunión, espontaneísmo, incoherencia, caos.

Por estos motivos, la reedición del Manifiesto Comunista es siempre motivo de celebración. Más aún si esta reedición se realiza en el marco de la edición de otros materiales formativos introductorios (escritos y audiovisuales) que persiguen precisamente la exposición no dogmática, breve y dirigida al debate más que a la deglución mental.

Difícilmente puede encontrarse un texto que cumpla mejor las características más deseables de un material escrito comunista. Leer el Manifiesto Comunista es acceder a la piedra angular del pensamiento marxista, es conocer a un clásico directamente. Su sencillez y brevedad son características extraordinarios porque hacen que no necesite intérpretes, catedráticos ni especialistas para su comprensión. Como quería Francisco Fernández Buey: “siempre que uno hable del Manifiesto, tendrá que cuidarse de no ser ni cura laico ni comentador pedante”.

Incluso podríamos llegar a interpretar el Manifiesto como parte de una política de formación emprendida por Marx y Engels, en el marco de una Francia con un proletariado grande y organizado, que había tomado parte en la revolución de 1848 pero que se encontraba influida por todo tipo de socialismos utópicos. Frente al carácter mesiánico de dichos socialismos, que no eran capaces de superar el terreno de la admonición o el del mitin romántico, el Manifiesto se presenta con aspiración científica y realismo político. Marx y Engels unifican en este escrito análisis sociológicos e históricos, estrategia política y apuesta por la clase obrera.

Su importancia histórica no es desdeñable. Durante mucho tiempo fue el texto común a todo el movimiento obrero revolucionario, incluido el anarquismo (Bakunin lo reconoció como un texto aceptable hasta 1879, llegando a traducirlo él mismo al ruso). Su aportación principal es la idea que Marx y Engels reconocen como núcleo: el concepto de modo de producción y las relaciones de producción que de él se derivan, que dan lugar a la idea de que la historia es la historia de la lucha de clases.

En definitiva, en un presente donde los movimientos emancipatorios comienzan a salir del letargo, es necesario articular de nuevo una concepción del mundo no fijista, que tenga el potencial de unificar a los movimientos antineoliberales en una estrategia común. El Manifiesto es un punto de inicio privilegiado. La clave para nuestro tiempo: leer a Marx desde cero para que nuestras luchas no partan desde cero.

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