Nacionalismos

La música, al contrario que otras prácticas muy habituales como el fútbol, es el ejemplo perfecto de convivencia entre pueblos. Al escuchar un disco que nos gusta nos olvidamos de dónde provienen esos músicos o de si canta en tal o cual idioma. Al acudir a un concierto, disfrutamos de un arte sin importarnos el color de piel de quienes están sobre el escenario. Y asistiendo a uno de los múltiples festivales de cualquier género musical que se dan en toda nuestra geografía, convivimos con personas de muy variada procedencia unidos por el hilo común de la música. Incluso mucho más: los estilos de música unen a artistas de pelaje aparentemente opuestos. Por ejemplo, las fusiones de electrónica y música celta, el jazz latino, el flamenco rock, etc.

Si me centro en nuestro país, esta sección es ejemplo de que el mapa geopolítico se reduce a una sola línea: el ser humano. Por aquí han pasado músicos de todos los continentes y de todas las regiones de la península ibérica. Y ese seguirá siendo el propósito mientras aquí esté. Todo lo demás es ponernos vendas en los ojos y tapones en los oídos. Tanto es una gozada, por ejemplo, escuchar en gallego a Luar na Lubre, el vasco en los temas con letra de Kepa Junquera, a Llan de Cubel en bable, a María del Mar Bonet en mallorquí, a Lluis Llach en catalán, a Ixo Rai! en aragonés,…, como a La Musgaña en las tonadas castellanas, a Miguel Poveda sacando brillo al flamenco contemporáneo o a Extremoduro extrayendo vida de la cruda Extremadura.

En los conciertos, aún tengo grabados los pitos que recibía Joan Manuel Serrat cuando cantaba temas en catalán en Madrid. Eran unos pocos, unos ortodoxos del nacionalismo centralista, cuya despreciable actitud era rápidamente silenciada por el resto. Serrat, siempre un hombre con sensibilidad y tacto, introducía los temas contándonos la historia de esas piezas. Y, qué deciros, casi me gustaba más esa voz narrando a modo de trovador que luego la música en sí. Otras veces no ha habido tanta suerte; si no, que se lo digan a Fermín Muguruza o a Albert Plá. Quizá, el ejemplo perfecto de internacionalismo musical, de rupturas fronterizas y de mezcolanza al estilo borgiano es Manu Chao. No hace falta recordar que sus canciones eran todo menos nacionalistas, ni en lo temático ni en el idioma de sus letras.

Claro que, por desgracia, hay una serie de prejuicios también en lo musical que pesan demasiado. Uno de ellos, en lo que a la lengua se refiere, es que el idioma inglés copa el un porcentaje excesivo de las ediciones discográficas. La mayoría de los que escuchan música en inglés no entienden lo que dicen las canciones, aun cuando hoy en día están a un click de ratón para obtener las traducciones en internet. Dicen que no les preocupa porque lo que valoran es la melodía. Sin embargo, este mismo criterio no se aplica a las músicas que se hacen en nuestros países vecinos: Portugal o Francia. Y lo mismo sucede con las emisoras de radio, que se balancean hacia “todo en español” (en realidad, deberían decir “todo en castellano”) o hacia “casi todo en inglés” (pop y rock).

Hago votos porque se mantenga la hermandad entre músicos, la fusión de los estilos, los conciertos y festivales multirraciales, las discográficas en España que todavía se atreven a editar discos en lenguas ajenas al inglés y al pop, las emisoras de radio que se salen de lo archiconocido, las publicaciones en papel y en internet con el abanico abierto a géneros y músicos de cualquier parte del mundo. Me reafirmo en la música como puente entre culturas. Por cierto, la portada del disco de este mes ya salió en su día, pero la traigo de nuevo porque es un ejemplo elocuente de todo esto.

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