Lo reconozco. Estoy hecho un lío. No acabo de comprender cuál ha de ser mi actitud ante la reformada ley de seguridad para no incurrir en abultadas sanciones económicas o evitar que el castigo de los jueces caiga sobre mi atribulada persona. Como todas las leyes me causa una gran inseguridad, pero es que la nueva que se ha inventado el clon de Fraga Iribarne –cuando habla se le entiende tan poco como poco se le entendía a aquel asesino fascista-, además me deja perplejo, sobre todo cuando aduce que está pensada para garantizar la libertad de la inmensa mayoría.
Y claro, cuando uno advierte a su alrededor que, dado la vida que nos dan, quien más y quien menos se caga en los progenitores de gobernantes y demás representantes del poder establecido y precisamente eso va a estar penado, pues entonces ¿quiénes son la inmensa mayoría?. O si un mocetón integrante de las fuerzas de seguridad te aporrea por reclamar tus derechos y le sueltas el primer improperio que se te viene a la cabeza, ¿cuál es la garantía que te brinda la ley si encima de apaleado te multan con unos miles de euros? ¿En vez de cultivar mi propia marihuana, tengo que comprarla al primer mafiosillo que trafique con la complacencia de esas mismas fuerzas de seguridad a las que tengo que llamar de usted y con cuidado? Y si no me gusta España, esta España que parece solo suya, y digo libremente que no me gusta, también me multan con otros cuantos miles. Se penaliza el maltrato animal, a la vez que a esa cruel barbarie llamada Fiesta Nacional se la protege elevándola a la categoría de Patrimonio Cultural. No me puedo cagar en Dios porque se considera ataque a la Religión, ni puedo protestar contra una procesión que me impide el acceso a mi casa porque se supone que es una agresión al oficio religioso. Tampoco acercarme a la supuesta Casa de todos, donde reside eso que llaman la Soberanía Nacional –con el permiso de Coca-cola, Sony, Nokia y Microsoft, entre otros– si es que no voy a aplaudir al Rey y a su impresentable familia. En fin, curiosa seguridad para la inmensa mayoría, a no ser que donde dijo mayoría, quiso decir inmensa minoría, tal vez bajo los efluvios del vino tomado en ayunas en la misa diaria a la que acude el ministro rey de bastos.
Pero no sólo estoy hecho un lío con esa ley. Lo mismo me pasa con la que llaman ley de calidad de la enseñanza. Se supone que está hecha para paliar el fracaso escolar y mejorar la educación. Hasta ahí vamos bien. Pero claro, ¿en qué mejora la enseñanza el hecho de equiparar la religión –católica, faltaría más– a las matemáticas?. Dado que ambas materias van a contabilizarse en el curricullum del alumnado, ¿quiere decir eso que, al hacer la nota media, se podrá acceder a la carrera de ingeniería o medicina al sacar un sobresaliente en religión por creer mucho en dios y saberse las leyes de la santa madre iglesia, aunque se haya suspendido matemáticas? ¿Mañana van a construir un puente o a curarme basándose en la fe?. ¿Qué postura debo adoptar ante la educación de mis hijos a partir de la nueva ley de la enseñanza que ese ministrillo con cara de rata pedófila se ha sacado de la manga con el consabido beneficio de los obispos y demás multinacionales de la perversión en la enseñanza?.
Tal vez por nombrarle así me caiga una multa de mayor cuantía que la que me caería si hubiera construido con dinero público un aeropuerto sin aviones, ni pasajeros, ni nada, excepto una descomunal estatua de mi persona. Pero es lo que tienen los líos, uno se enreda y no sabe bien cómo salir de estos a no ser que se tengan un buen par de tijeras.
Así que lo mejor es que no obedezca ninguna de estas leyes y cuando me lleguen las multas me declaro insolvente como Mario Conde o Díaz Ferrán.
O mejor, me voy a vivir a Suiza con la Infanta, que además me sale gratis.







