Cuando CiU y PP agitan sus banderas nacionales no diferencio los colores, sólo el ancho de las franjas

El derecho a decidir

El ejército, para defender el ordenamiento constitucional, debería intervenir en Génova y Ferraz porque el bipartidismo practica el «fracking» constitucional.

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Aprovechando que era “tendencia” y “trending topic” en el último mes, decidí poner en práctica mi “derecho a decidir”, con un pésimo resultado, vaya de antemano. He reclamado mi derecho a decidir si trabajaba únicamente las horas establecidas por contrato o seguía haciendo horas por el morro, y el jefe me ha recordado su derecho a decidir mi excedencia. He comunicado al banco mi derecho a decidir sobre el pago o no de mi hipoteca, y un flemático oficinista me ha recordado el derecho del banco a decidir mi desahucio. Para más inri, Gallardón ha decidido que las mujeres no tenemos derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos. Y así, se me ha ocurrido invocar el derecho a decidir en las más variadas circunstancias, sin éxito, o me he dedicado a observar su evolución en terceros, llegando a la conclusión sociológica, después de una buena muestra de campo, de que los trabajadores en general, y las trabajadoras en particular, no tenemos derecho a decidir sobre casi nada. Eso sí, no todo son frustraciones. En la cena de fin de año y como colofón del 2013, he podido disfrutar del derecho a decidir: entre el blanco y el tinto, me he decidido por el tinto. Y en una casuística inclasificable, mis sobrinos han decidido, como la mayoría de sus coetáneos, que entre Papá Noel y los reyes magos prefieren los regalos por duplicado, sin sectarismos.

A pesar de ello, en un contexto histórico donde los derechos y libertades individuales valen muy poco, y cada día menos, algunos han decidido que su principal problema es el derecho colectivo a decidir, y otros, el de negárselo. El nacionalismo no alimenta bocas, pero alimenta burguesías.

Artur Mas y Mariano Rajoy pidieron conjuntamente a los reyes (los magos en camello, sin muleta) un juego de vacilar trabajadores. Consiste en seguir fielmente las instrucciones de la Troika a través de privatizaciones, subvenciones a la banca, contrarreformas laborales, liquidación de las pensiones y demás recetas neoliberales.

Y, como buenos socios, se han repartido los papeles para aprobarse mutuamente las leyes antisociales que promueven sus gobiernos desviando el foco de atención hacia la identidad nacional: uno reclama la independencia de Cataluña y el otro defiende la unidad de España. Que me disculpen los catalanes, pero cuando CiU y PP agitan sus banderas nacionales no diferencio los colores, sólo el ancho de las franjas.

No es un procedimiento novedoso. Por ejemplo, es de sobra conocido que el recurso de los presidentes de los EE.UU., cuando están agobiados por alguno de sus frecuentes escándalos, consiste en la invención de un conflicto armado para luchar contra un sátrapa en cualquier lugar del mundo. Un recurso tan práctico que, además de reforzar la moral y el espíritu nacional blandiendo sus barras y estrellas, los yanquis de a pie aprenden geografía: Granada, Irak, Serbia, Kosovo, Afganistán, Libia…

Las y los que pertenecemos a la patria de los explotados miramos perplejos los excesos teatrales del nacionalismo central y periférico. Lo peor es que para este teatro, además de contar con sus actores principales, siempre encuentran títeres imprevistos dispuestos a bailar al ritmo de los himnos. El nacionalismo se caracteriza, entre otras cosas, por otorgar certificados de pureza nacional: o conmigo o contra mí; español o antiespañol; marciano o antimarciano. Pero también por su imaginación a la hora de interpretar la Historia, su razón de ser y estar. El nacionalismo español, el peor de nuestros nacionalismos por experiencia histórica, aquel de la “unidad de destino en lo universal”, enseñó durante cuarenta años que los romanos conquistaron España, y coronó como sagrados próceres de la Patria a los Reyes Católicos, Felipe II, Hernán Cortés, Francisco Pizarro y otros respetables genocidas. Es la misma España roja y gualda que alienta el boicot al cava catalán, considera un tongo el fracaso olímpico de Madrid, califica de robo la renacionalización de Repsol en Argentina o se emociona con la imagen de una zodiac recuperando el peñasco de Perejil. “Burla a España”, rezaba el titular de un diario irracional tras la rueda de prensa de expresos de ETA reivindicando también, cómo no, el derecho a decidir.

Es curioso el esquema discursivo del nacionalismo en general, siempre presto a lecturas interesadas de los más diversos acontecimientos. Más allá del Título VIII de la Constitución, el number one de los instrumentos mortificadores del nacionalista periférico es aquel artículo 8 de la norma suprema que designa al “Ejérsito egpañó” como garante de la integridad territorial de España. Un precepto que PNV y BNG no tuvieron objeción de reivindicar al reclamar la intervención del Ejército para defender los buques atuneros vascos y gallegos de los supuestos ataques piratas somalíes. Sin importarles un pito que Somalia también tenga derecho a decidir; y especialmente a decidir que los buques extranjeros no esquilmen sus costas y sus playas con toneladas de residuos radiactivos.

El Ejército, que también tiene el mandato de defender el ordenamiento constitucional, quizá debiera intervenir en Génova y Ferraz para salvaguardarlo, porque el bipartidismo practica desde siempre el “fracking” constitucional. No voy a dar ideas, no sea que un día nos envíen los tanques por rojos.

— Y digo yo… ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?

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