Los actos de la conmemoración del setenta y cinco aniversario de la muerte de Antonio Machado han insistido más en su obra poética y en la ejemplaridad de su vida que en su ineludible obra en prosa. Las mitologías en torno de Antonio Machado como poeta orillaron, antes y después de su muerte, el conocimiento de sus libros en prosa, como Los complementarios, Abel Martín o Juan de Mairena. Hoy día no deberíamos separar al poeta del prosista, porque sería amputar, además de la totalidad de su escritura , un compromiso político y estético.
Sobre esta situación, son muchos los argumentos que nos la podrían explicar, entre los que hay que señalar su temprana vocación filosófica y su reticencia a entrar en el terreno de la filosofía. Algunos datos de su biografía nos ayudan a esclarecer esta situación.
Después de obtener la cátedra de francés en 1907 –entonces no era indispensable tener el título de licenciado-, en 1911 la Junta para Ampliación de Estudios le otorgó una beca para asistir a cursos de filosofía en París sobre los filósofos Berdier y Henri Bergson.
Y ya en Baeza, comienza los estudios de filosofía no solo con el fin de conseguir el título que le posibilitara el traslado a Madrid, licenciatura que obtiene en 1918, sino también proseguir los estudios iniciados en París. Más allá de estos hechos y argumentos, Antonio Machado no deja de frecuentar el territorio de la escritura poética, aunque es cierto que a partir de 1924 no publicará más ninguna colección de poemas y, una vez que obtuvo la cátedra de instituto, concilia sus trabajos docentes con publicaciones en diarios y revistas con asiduidad, una actividad que se remonta a los años de su juventud.
La gran novedad del periodo posterior a Nuevas canciones es la creación de los apócrifos que podríamos considerar como una culminación del carácter dialogístico intrínseco en muchos poemas y que, por ejemplo, explícitamente podemos advertir en el siguiente proverbio:
Esta búsqueda del “otro” se produce tempranamente en Soledades donde encontramos el germen de su idea singular del apócrifo y que explica en el artículo “Problemas de la lírica”, recogido en Los complementarios. En él leemos: “Mi sentimiento no es, en suma exclusivamente mío […] noto que en mi sentir vibran otros sentires y que mi corazón canta siempre en coro”, palabras que nos recuerdan el poema “El canto de los niños”: “Yo escucho los cantos / de viejas cadencias / que los niños cantan / cuando en coro juegan […] En los labios niños / las canciones llevan / confusa la historia / y clara la pena”, poema de donde surge otro problema: el poeta ha adquirido su lenguaje, lo ha aprendido de los demás, ideas que conecta con las bases de su poética, “palabra en el tiempo,” en la que se conjuga la temporalidad y la comunidad.
Esta concepción insinuada o apuntada del apócrifo se corporeiza con la publicación de De un cancionero apócrifo (1926), libro en donde se entrecruzan reflexiones filosóficas y poéticas realizadas por “Abel Martín, poeta y filósofo. Murió en Madrid (1888)” y que sorprende por su contenido metafísico.
José María Valverde nos habla del papel de este apócrifo que perseguiría exorcizar la pesadilla de que el pensamiento tenga razón y que sea imposible salir de sí mismo, de “lo Uno”. Abel Martín, para el citado profesor, sería el chivo expiatorio que utiliza Machado para librarse de esa formulación filosófica y de otras, al tiempo que debe quedar claro que las más hondas fuentes de creencia siempre manan en lo hondo de la vida. No conforme con estos argumentos, y como para zanjar todas las interpretaciones sobre la invención de los apócrifos, el citado profesor sostiene que Antonio Machado, en su lucha con la metafísica se libera de ella en cuanto hombre y en cuanto poeta para tomarla en lo sucesivo con irónica independencia.
En De un Cancionero apócrifo, Juan de Mairena tiene su primera aparición como discípulo y objetante de Abel Martín, pero el tiempo y la historia se encargarán de su evolución. Su inicio como apócrifo independiente tiene una fecha concreta, el día 5 de noviembre de 1934 en el que Machado publica su primera colaboración de carácter misceláneo que titula “Apuntes y recuerdos de Juan de Mairena” en el Diario Madrid. En este diario solo va a tener dos años escasos de vida. Una segunda etapa la inaugura en el diario El Sol y abarca desde noviembre de 1935 a junio de 1936, fecha en que nuestro poeta va a cerrar, por ahora, este ciclo cuyo conjunto suma cincuenta entregas o capítulos que van a constituir el único libro en prosa en vida del poeta: Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, editado por Espasa-Calpe en 1936, cuyo proyecto fue anunciado por su autor en marzo del mismo año en una entrevista a un diario madrileño, en la que explicaba que el origen de su composición fue dar a conocer las “notas” o apuntes que tuvo que redactar sobre literatura española para sus clases, al carecer de un manual que expusiese las ideas elementales de esta materia, realidad que le sorprendía al no producirse el mismo fenómeno en lo que concernía a la literatura extranjera.
El libro no tuvo la distribución ni la recepción que se merecía, porque apareció al poco tiempo de estallar la guerra civil. Oreste Macrí, editor e introductor de sus Obras completas, subraya la dimensión de su estilo con su ritmo de prosa característico: diario, y al mismo tiempo, distante, retrospectivo y como acolchado a través de apócrifo para, desde el distanciamiento y las nuevas perspectivas, evitar así la solemnidad académica para poder desarrollar su pensamiento o filosofía con la posibilidad de diálogo que “el otro” le pueda ofrecer en un tiempo en el que Occidente se encontraba en la aurora de un tiempo nuevo, pero también en el principio de un apocalipsis. Se ha dicho que es un libro profético y que era una preparación para una guerra que en España tardó muy poco en estallar.
Como no puede ser de otra manera, como ejemplos, enunciaremos algunos de sus temas: Sobre la política y el hombre público reflexiona: “Al político hay que exigirle que posea las virtudes públicas, todas las cuales se resumen en una fidelidad a la propia máscara […]y procurad, sin embargo, los que vais para políticos, que vuestra máscara no la hagáis tan rígida e impermeable que os sofoque el rostro, porque, más tarde o más temprano, hay que dar la cara”.
Además el libro está lleno de reflexiones sobre estética, movimientos literarios como las referentes al barroco, al autodidactismo, cuya opinión está muy cercana a la de Bertold Brecht, sobre teatro, el marxismo y la burguesía, la función de la cultura, pero es muy significativa la que titula “(Sobre el tiempo poético)” que transcribimos: “la poesía es –decía Mairena – el diálogo del hombre con su tiempo. Eso es lo que el poeta pretende eternizar, sacándolo fuera del tiempo, labor difícil y que requiere mucho tiempo, casi todo el tiempo de que el poeta dispone…”
El apócrifo como “juego” está plasmado en el capítulo que el profesor Juan de Mairena discute y dialoga en su clase sobre el amor con poemas del propio Machado, humor que paulatinamente desaparece. La guerra civil le obliga al poeta estar a la altura de las circunstancias. Y es en este tiempo en el que aparece el llamado Mairena póstumo, que se compone de textos que escribió durante la contienda en varios medios: la revista Hora de España (Valencia, entre enero de 1937 y septiembre de 1938), Cuadernos de la Casa de Cultura y en el Servicio Español de Información (1937, Valencia y Barcelona, diecinueve apuntes de carácter artístico literario) y, por último en La Vanguardia, artículos escritos en Barcelona -finales del 1938 y primeros meses del 1939-, trece de los cuales llevan el epígrafe “Desde el mirador de la guerra”, sobre el acontecer de la realidad, el Comité de No Intervención y el comportamiento de las democracias occidentales que pactaban con la Alemania nazi y otros de cercana actualidad.
En estos artículos, lo metafísico ha desaparecido porque había llegado el momento de la verdad. Ahora la reflexión se aúna con el lúcido aliento: Si la guerra viene a vosotros tomaréis partido sin vacilar por los mejores que nunca serán los que la hayan provocado, y al lado de ellos sabréis morir con una elegancia de que nunca serán capaces los hombres de vocación batallón.
Antonio Machado había tomado partido por la República y en contra de la barbarie fascista hasta la extenuación, y moría con una conciencia luminosa –“Estos días azules y este sol de mi infancia”– en el exilio, algo que los oportunismos no pueden amnistiar.








