Venezuela y la astuta voracidad del capital

División

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Hace poco me reencontré con una amiga venezolana. Tras haber pasado un año en su país, había decidido regresar a España porque allí la situación se había vuelto insostenible, “una vaina bien arrecha, pana”.

Me contó que había viajado con su hermano mayor que ahora andaba por Europa. Tenía una suerte de curioso trabajo que consistía en sacar dinero en diversos cajeros de varios países con tarjetas de crédito que sus contratadores le habían confiado, dado que en Venezuela, me dijo, “estaba prohibido sacar más de 1000 dólares y la gente quería su plata”. Todo hay que decirlo, mi amiga, como buena hija de la burguesía caraqueña, es profundamente antichavista, así que yo evité discutir acerca de la ética o decencia del trabajo de su hermano. Me dio su número de móvil para que nos llamáramos y, cargados de buenas intenciones, nos despedimos con un hasta pronto aunque yo sabía que, a no ser que fuera por casualidad, no iba a volver a verla.

Me fui pensando en la astuta voracidad del capital. En cómo aprovechaban todo para ganar esta guerra que han declarado contra la Humanidad. Una medida adoptada por el gobierno democráticamente elegido para evitar la fuga masiva de capitales, se había convertido, gracias a su estrategia, en una forma de descapitalizar al país, el mismo al que dicen querer tanto. No es de extrañar pues el desabastecimiento en las tiendas venezolanas, ni la inflación, ni los apuros de liquidez que ponen en peligro los logros en lo que se refiere a la justicia social, logros que son indiscutibles. A partir de ahí, es lógico que, dentro de los beneficiarios y artífices de la llamada Revolución Bolivariana, surjan divisiones. El fin es claro. Se ajustan de más los cinturones, se estrechan los márgenes del reparto y la población se olvida de los beneficios de la sanidad, la educación, la reforma agraria o el internacionalismo, porque los estómagos mandan. Y si a eso le sumamos la financiación de bandas callejeras que aumentan la inseguridad ciudadana, el plato está servido. Los ciudadanos dividirán sus opciones entre aquellos que más les prometan, por más que la ideología de muchos de éstos les resulte aberrante.

Mientras, los medios de comunicación internacionales, hablarán de graves disturbios, multitudes contrarias al gobierno y callarán que, cuando hablan de estudiantes en huelga, éstos son mayoritariamente de universidades y liceos privados o que los muertos que ha habido –que los ha habido– son en un gran tanto por ciento, chavistas. Y la opinión pública, la de a pie de calle, que veía con agrado las conquistas de un país sacudiéndose el yugo del imperialismo, empieza a dudar.

No estoy descubriendo nada nuevo. Ya pasó en el Chile de la Unidad Popular y hoy en día en Cuba, con el cruel, obsoleto e injusto bloqueo.

Tampoco quiero decir con esto, ni que el gobierno venezolano sea perfecto, ni que el socialismo que actualmente se está construyendo en varios países de América Latina y el Caribe sea algo así como el paraíso de la humanidad, ni que haya que cercenar las críticas, ni nada por el estilo.

Sólo que se trata del viejo divide y vencerás. Y eso vale para todo. También para nosotros, habitantes de este empobrecido mundo rico.

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