No es fácil escribir en momentos como éstos, pues tratando de evitar lugares comunes y de ser original, se corre el riesgo de caer en vacuos ditirambos.
Tal vez podríamos preguntarnos por el porqué del silencio, cuando no del menosprecio, que lleva años rodeando a su labor literaria. Tal vez podríamos hablar de las lágrimas que afloran al terminar de leer La mina, lágrimas nada sentimentales, sino de rabia, nacidas de las entrañas ante el relato de una injusticia que, lejos de ser cosa del pasado, sigue viva –y bien viva– en cualquier periferia de cualquier ciudad, en todas las vallas y muros que separan sueños y protegen desigualdades. Tal vez podríamos hablar de lo inapropiado de esta literatura incómoda para una época que ha hecho del entretenimiento su bandera cultural y que, feliz en su alienación, considera que todo lo que no concurra a este fin debe ser puesto en cuarentena; y con La mina aciertan, pues el sufrimiento del pueblo –cuando no está edulcorado– no vende, de él no se va a sacar ninguna serie televisiva. En fin, tal vez bastaría, simplemente, con un gracias.
Estimado Armando, fue un privilegio publicar de nuevo La mina. Fue un honor reivindicar tu dignidad en estos tiempos de impostura. Fue un regalo compartir tu lucidez y coherencia. Descansa en paz.






