El vaiven de la deuda

Pasada la preocupación por la prima de riesgo, parecía que la deuda pública había dejado de existir a pesar de que los intereses que se pagan por la misma ascienden a la exorbitante cantidad de 40.000 millones de euros al año, más que el presupuesto para Educación de todas las comunidades autónomas juntas. Pero ahí sigue; casi un billón de euros en números redondos. Y no es sólo un problema español; la deuda pública de las economías capitalistas avanzadas asciende a la friolera de cuarenta billones.

Que estas magnitudes son impagables es algo que no se le escapa a nadie, y así en los círculos pensantes del capitalismo globalizado le están dando vueltas a cómo salir del lío. El FMI, ya en noviembre, publicó algunas hipótesis para descartar una parte de la deuda, de manera que lo que quedara fuera digerible. Se sugieren varias vías: una quita controlada, posibilitar una inflación moderada que erosione el valor real de la cantidad adeudada o, y ésta es la novedad, un impuesto especial sobre la propiedad cuya recaudación se destine a cancelar una parte de los préstamos. Por esta vía, propuesta en la propia Alemania –que también tiene una deuda pública excesiva-, se podrían recaudar más de 230.000 millones de euros en el país germano; en el caso de España estaríamos hablando de la mitad. Se trata de un impuesto que se cobraría una sola vez, con un tipo del 10% sobre el patrimonio neto de las personas físicas a partir de un mínimo exento que allí se propone fijar en 250.000 euros. Un impuesto a los ricos, ¿curioso, no?

Otra de las vías que se propone, esta vez desde determinados centros “progresistas” europeos es una modalidad sofisticada de los eurobonos. En este caso se trata de que el BCE compre deuda pública a los países del euro en proporción al peso que cada uno tiene en la eurozona, sin exigir que se devuelva a su vencimiento. Para financiar la compra, el BCE emitiría unos bonos por los que debería pagar intereses y que le ocasionarían pérdidas. Como los accionistas del BCE son los países de la Eurozona, en último extremo acabarían pagando. Evidentemente, la contrapartida de este favor sería un aumento del control del BCE sobre los países agraciados; dicho de otro modo, la troika corregida y aumentada.

En el fondo tanto los dirigentes como los técnicos a su servicio se debaten en una contradicción: cómo salvar el valor del capital ficticio que representa la deuda cuando cada vez se ve más difícil que llegue a pagarse. La primera medida que he explicado, aparentemente, carga la mano sobre los más ricos; pero no es más que una redistribución pues la recaudación del impuesto se revierte a los accionistas de los bancos que tienen la deuda, o sea los propios ricos. La segunda medida cambia deuda mala, de los países, por deuda buena, del BCE. Pero sigue siendo deuda. Lo que está fuera de la cuestión es que deje de pagarse, probabilidad que les horroriza pero que sigue atormentándoles. Pero sin una devaluación radical de la deuda no hay salida a la crisis. Así de simple.

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