El 22 de marzo amaneció sobre Madrid un ambiente electrificado. Las diez columnas procedentes de todas las partes del territorio español se encontraban ya a las puertas de la capital, literalmente, transitando por las seis carreteras secundarias que confluyen en Madrid, y obteniendo el apoyo y el reconocimiento de millones de ciudadanos conscientes del esfuerzo movilizador que estaba aconteciendo.
Precisamente este éxito, probablemente dio lugar al posterior desatino con el que han actuado las FCSE y los grupos de comunicación a la hora de abordar esta realidad. Pocas veces hasta la fecha habíamos contemplado de manera tan nítida la pinza represora que se articula frente a la reivindicación democrática, representada por la coacción física y la agresión intimidatoria correspondiente, y la manipulación mediática que representará ese hecho justo a la inversa, y además desenfocando el ángulo al convertir una demostración multitudinaria de rabia popular y legítima en una performance marginal de violentos y perro-flautas.
Algo debimos imaginar. Y a buen seguro que lo hicieron, quienes pronto comprobaron que no eran invitados deseados por parte de las autoridades. Las últimas etapas del trayecto fueron amenizadas por constantes sabotajes y pellizcos de monja a cargo de las FCSE, pendientes de desviar a los caminantes por los peores caminos posibles, o de detener autobuses a discreción para las averiguaciones más peregrinas. Se trataba de estorbar, ya que eran conscientes de que aquello no podía ser detenido por completo. En total, más de 100 autobuses repletos fueron sometidos a estas prácticas. Ladraban tanto que ya era evidente, no quieren que entremos, y una vez dentro, no querrán que salgamos…al menos con la misma determinación de regresar en posteriores reivindicaciones.
Pese a los palos en las ruedas e incluso a las ruedas directamente pinchadas, casi 800 autobuses llegaron hasta Madrid acompañando a los cientos de miles que lo hicieron caminando o por otros medios. “No al pago de la deuda, ni un recorte más, fuera los gobiernos de la troika, pan, trabajo y techo para todos y todas”, era el poco sintético pero desde luego nada amenazante lema que presidía la movilización desde el comienzo, desde el manifiesto inicial. Bajo esas exigencias escrupulosamente democráticas, se desplegaron cientos de miles de personas por Madrid. Más de 300 colectivos se sumaban a la iniciativa. Y por un instante, cualquiera hubiese podido evocar a los hambrientos rusos que marchaban un siglo antes por las calles del futuro Leningrado, bajo un lema muy similar en el fondo y casi en la forma, y con un desenlace afortunadamente diferente en el fondo, pero similar en la forma. Casi cinco horas llevó el trayecto desde Atocha a Plaza Colón, en las que una marea digna de ascender a océano transitó sin incidente alguno. Con la disciplina propia de las grandes movilizaciones de la izquierda. Y con la resignación propia de esas movilizaciones, a la espera de que algún misterioso grupo de ideología y filiación desconocida agite el capote rojo, dispuestos si hace falta a recurrir a las banderillas con tal de lograr la reacción deseada.
Esta tuvo lugar alrededor de las 20:30h, cuando alguien decidió que se acababa la fiesta y tocaba la moraleja. Se concentraban en Madrid más de 1.700 antidisturbios dispuestos a manejar el asunto como procede. La delegación del gobierno ponía su parte, los voceros del PP, la suya. Para esa hora y ese día, todo aquel que hubiese escuchado a cualquier portavoz popular era consciente de que el centro de Madrid estaba tomado por una especie de columna Durruti, lista para comenzar el saqueo. Y con todas las piezas sobre el tablero, comenzó el operativo destinado a restituir el orden y proteger a los viandantes que en esos momentos se encontrasen en los alrededores. Para ese propósito se apalizó a 108 personas, incluyendo un ojo y un testículo que fueron destrozados por las balas de goma, eufemísticamente llamadas pelotas para dotarlas de un componente inofensivo, lúdico, como si botaran. Pero no botan, al menos no están diseñadas para eso. Lo están para que, en caso de que te plantees confrontar las políticas del capital, seas consciente de que puedes perderlo todo, comenzando miembro a miembro, órgano a órgano.
Mientras tenía lugar esa agresión, otra se estaba gestando al minuto, a golpe de “actualidad”. Los 2.000.000 de personas que inundaban Madrid se convertían en…50.000, o si nos enfadamos aún más, 36.000. Los heridos reales, sin protecciones ni cascos, pasaban a formar parte de la no-historia, para dejar sitio a los 55 antidisturbios que debieron chocar con los ejércitos de Jerjes mientras sus compañeros se daban un festín. Y para la hora del telediario teníamos la composición perfecta; una movilización de la ultra izquierda, minoritaria y residual, degenera como no puede ser de otra forma dada su naturaleza antisistémica, en actos de violencia indiscriminada contra el patrimonio público y sus garantes las FCSE.
Y es que nos hemos dejado para el final la clave de todo, el rosebud de esta crónica; 2.000.000 ciudadanos en pie de lucha. Una marcha que ha recorrido el país de manera transversal, dejando tras de sí miles de asambleas, miles de horas de trabajo y elaboración colectiva, y sobre todo muchas redes tejidas y reforzadas. Tanto empeño y tanta razón sólo podían germinar. Y lo hicieron con tanta fuerza, que esta vez no pudieron ser amables con nosotros. La marcha negra, rodea el congreso, ahora esto…cada vez más, cada vez más cerca, cada vez con más razón. Desgraciadamente, una acción de esas características conlleva una reacción como la que hemos contemplado.
El equipo jurídico de las marchas de la dignidad 22-M ha emitido un comunicado al respecto en el que amplían estas informaciones, con profusión de datos acerca de las ilegalidades cometidas en los actos represivos. En el mismo exigen una investigación profunda y la consiguiente depuración de responsabilidades. Diez días después sigue habiendo un manifestante en prisión preventiva y 18 con cargos.






