Manifestación reivindicativa y muestra de la Cultura

Lo del 9 de marzo

La defensa de la Cultura pasa por defender la dignidad de sus trabajadores pero también la dignidad de los ciudadanos que la consumen.

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No sé si merece la pena decírtelo y que tomes nota y se la envíes a tus fuerzas represivas de pensamiento, palabra y obra. Que ya trabajan de oficio porque lo tuyo sí que es «comunión de los santos» con hostias como ruedas de molino. Pero siempre me digo que, ya que me meto en la batalla de las ideas, conviene que la pelea sea elegante y limpia, al menos por nuestra parte, porque lo que está en juego no se gana de cualquier manera.

El caso es que el pasado 9 de marzo se llenó el Paseo de Recoletos, desde Colón a Cibeles y un trozo de Alcalá, desde Cibeles a la «Mírala, mírala, mírala…» con una abundante y variopinta fiesta, manifestación reivindicativa y muestra de la Cultura y del buen hacer de sus gentes, los que contribuyen a ella desde las artes y los conocimientos, los que la disfrutan porque la usan como el «aire que exigimos trece veces por minuto», que decía Celaya refiriéndose a la Poesía, y hasta los que escriben en prosa sin ser conscientes de ello.

Había mucha Cultura representada en aquellas calles: músicos, titiriteros, teatreros, plásticos, humoristas, poetas… hasta arqueólogos y bibliotecarios; artistas conocidos y reconocidos y trabajadores sin más glamour que su oficio bien hecho. Y voluntarios. Todos ellos habían sido capaces -negando leyendas urbanas negativas sobre su secular individualismo, sus ombligos desmesurados y sus egos hambrientos de autosatisfación egoísta- de organizar escenarios y espacios sobre los que ofrecieron a la ciudadanía varios mensajes que tu tropa mediática trató de ignorar primero y luego reducir miserablemente a reivindicaciones (nada despreciables en sí mismas) concretas y económicas: Un IVA por aquí, una privatización por allá.

Pero lo que ocurrió allí fue que las gentes de la Cultura y los ciudadanos se encontraron, que una Plataforma que agrupa a un buen número de asociaciones profesionales y de consumidores con todos los matices técnicos, ideológicos y económicos capaces de juntarse en una «reivindicación de mínimos», pudieron llegar a la máxima conclusión: Hay que defender la Cultura como se está defendiendo la Sanidad o la Educación.

La defensa de la Cultura pasa por defender la dignidad de sus trabajadores pero también la dignidad de los ciudadanos que la consumen voluntaria o inconscientemente. En unos desgraciados casos aumenta la dificultad para consumir productos culturales que contribuyen al enriquecimiento inmaterial de la sociedad, en otros casos aumenta la indefensión de los que se ven bombardeados con propuestas culturales que reafirman el dominio ideológico de nuestra subdesarrollada y subsidiaria clase dominante. No hay más que compadecerse de los sufrimientos de la Gramática en labios de nuestros gobernantes para comprender que nos están robando hasta la Elocuencia.

La Plataforma en Defensa de la Cultura ha dado un primer paso espectacular, como corresponde a los oficios y habilidades de sus componentes. Sabe que ha entrado en contacto con los ciudadanos y sabe que no puede conformarse con una estupenda mañana de domingo en la que se terminó cantando, con ironía culta aunque no novedosa, el “Coro de los Esclavos”.

Es deseable que lo del 9 de marzo sirva para que cada asociación representada adquiera más presencia y experiencia en la defensa de sus intereses y en su contribución a los objetivos comunes. Es no menos deseable que lo del 9 de marzo sirva para que los partidos políticos (sus aparatos de pensar, porque sus militantes ya estaban allí) reflexionen sobre si van a ser eficaces a la hora de escuchar y asumir las reivindicaciones de los movimientos sociales.

Es posible que lo del 9 de marzo sirva para sentar las bases de un intenso y profundo debate que debe extenderse, a través del tejido asociativo, a todas las capas sociales para que repensemos qué “repertorio” cultural queremos que nos sirva a todos para entendernos y para representar nuestras relaciones.

Es imprescindible que se repiense y se reorganice la inversión pública en Cultura y que lo público y lo privado no se esgriman demagógicamente como armas letales de los especuladores que reducen lo cultural al consumo alienante en tiempo de ocio y de los manipuladores de conciencia y entendimientos que recubren la Cultura de banalidad.

Es urgente que, por lo menos, se saneen las reglas que rigen el mercado cultural.

Pero, de momento, la Plataforma en Defensa de la Cultura ha levantado el telón y se ha presentado en público. La función va para largo y, entre acto y acto, hay que repensar muchos elementos escénicos. Ya hay varias libretas de apuntes y no faltan ponentes. El espectáculo está garantizado.

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