Como dice Edward Hugh, España es el país donde la deflación es una buena noticia. Cuenta el Banco de España que el PIB creció en el primer trimestre de 2014 un 0,5% respecto al mismo trimestre del año anterior. Pero si miramos el cuadro donde aparecen los datos, veremos tres líneas más abajo que el indicador de los precios ha caído un 0,4%. Como la variación del PIB real es igual a la variación del PIB nominal menos el incremento de los precios, la conclusión es simple; en 2013 se ha producido apenas un 0,1% más que el año pasado en términos monetarios. Si nos adentramos en los sumandos que determinan ese escuálido crecimiento, nos encontramos con que la inversión ha caído, lo mismo que las importaciones, lo que indica que se ha fabricado menos. De hecho, siguiendo con información oficial, ahora del INE, la cartera de pedidos de la industria ha disminuido respecto al año anterior. En definitiva, que el fin de la crisis se ha diagnosticado sobre la base de unos indicadores contradictorios y distorsionados por la deflación. Con el margen de error estadístico y sabiendo que en unos meses vendrá una revisión a la baja, tal diagnóstico es todo menos creíble. Pero el titular ya se ha dado.
El déficit, la otra gran conquista de Rajoy, ha terminado provisionalmente en un 6,6% cuando su objetivo era del 6,5%. ¿Cómo se ha conseguido? Un 2% se ha sacado del fondo de reserva de las pensiones. Otro porcentaje, por determinar, se ha logrado anticipando el cierre presupuestario al 25 de noviembre, un mes antes de las navidades. Y ahora viene lo más gracioso: se cierra el año antes de tiempo para cuadrar la cifra de déficit pero como los compromisos están contraídos, ese dinero se gasta en el primer trimestre del año siguiente. El resultado de este truco contable es el dato positivo del crecimiento en ese primer trimestre, alimentado artificialmente por un gasto público que se habría contabilizado en los tres primeros meses de 2014.
Razón no le falta a de Guindos cuando dice que el crecimiento es débil y frágil. Pero como hemos visto podría ser que no fuera ni siquiera crecimiento sino pura deflación. ¿Por qué es mala la deflación? En una economía capitalista, el que los precios no suban es indicador de que hay un exceso global de oferta, o lo que es lo mismo, un estancamiento. Es normal, por tanto, que se frene la inversión y con ella el empleo; por eso la deflación es un mal síntoma. Para las personas y familias endeudadas, la deflación no es sólo un síntoma sino una maldición pues les resulta más difícil pagar la deuda. Así la encuesta financiera a las familias del Banco de España muestra como el porcentaje de hogares más pobres cuyos pagos por deudas superaban el 40% de sus rentas pasó de un 46,5% en 2008 a un 57,6% en 2011. Por el contrario, para los perceptores de dividendos e intereses la deflación es una bendición: sus ingresos no pierden valor con el tiempo. Y es que, se mire como se mire, la recuperación de la que se vanaglorian siempre va de lo mismo.







