Reformismo constitucional de dos velocidades

No estaría de más reclamarle a Rubalcaba celeridad política para romper el yugo de la reforma que PSOE y PP hicieron en agosto de 2011 del art. 135 de la C.E

Alfredo Pérez Rubalcaba quiere ahora impulsar una reforma constitucional por la vía rápida. Su objetivo es que la Constitución se flexibilice para posibilitar la construcción de un modelo de Estado federal “al estilo alemán”, tal y como ha dicho el líder del PSOE. La urgencia de Rubalcaba a la hora de proponer un Estado federal tiene que ver con el creciente sentimiento independentista que se respira en Cataluña y con el desafío institucional que ha planteado el presidente de la Generalitat, Artur Mas, estableciendo una fecha para la consulta sobre la independencia para el próximo mes de noviembre.

El Estado Federal (y republicano, y laico, y socialista) es una de las reivindicaciones históricas de la izquierda que hasta la urgencia planteada desde Cataluña nunca ha sido ni siquiera contemplada por el PSOE y mucho menos por el PP, adalid de la unidad e indivisibilidad de España y vehículo político de una idea monolítica del Estado que nada tiene que ver con la realidad plural en la que vivimos.

Pero no es el Estado Federal lo que pretende ser el tema de esta columna, sino lo fácil que parece ser impulsar un cambio constitucional cuando se tiene voluntad política.

No estaría de más reclamarle al señor Rubalcaba la misma celeridad política a la hora de romper el yugo que supone la reforma que PSOE y PP hicieron en agosto de 2011 del artículo 135 de la Constitución Española, ya que dicha reforma pone el pago de la deuda por delante de cualquier política de crecimiento económico y social lo cual impide cualquier tipo de acción de Gobierno contraria a los dictados del gran capital nacional y extranjero.

Tampoco estaría mal, dicho sea de paso, pedirle al líder del PSOE que exhiba ese mismo fervor reformista respecto a la Constitución a la hora de dotar al ordenamiento jurídico español de las herramientas necesarias y accesibles para plantear un referéndum que permita a los ciudadanos optar por la república si así lo decidiese la mayoría y acabar de una vez por todas con una institución caduca, corrupta, anacrónica y símbolo del ‘statu quo’ diseñado por el dictador Francisco Franco, el mismo ‘statu quo’ que ahora sufrimos mientras se resiste agonizante a desaparecer.

Pero en estos casos la respuesta, cuando no es un bloqueo absoluto escudándose en que cambiar la Constitución es muy difícil, consiste en el deleznable “no toca” como si las aspiraciones democráticas de un pueblo se pudiesen someter a un sistema de turnos no establecidos por el propio pueblo.

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